De la Estética, la Belleza y el Arte

Una cuestión que se hace interesante al respecto es: si la apreciación estética de algo depende del individuo, de la persona aisladamente considerada o, si por el contrario, tal apreciación es un criterio enseñado, es decir, total o preponderantemente social. Esta inquietud la responderé después y, por lo pronto, necesito precisar algunas palabras en relación a su alcance.

Para empezar diré que la estética originalmente en griego significa sensación –considerando la terminación “ica”- ahora bien, la definición etimológica sugiere lo que tendría de contenido substancial la definición real, el meollo del asunto es poder plantear válidamente una de este carácter.

Siguiendo con la tentativa de la conceptualización, un diccionario de uso ordinario definiría a la estética como la ciencia que trata de la belleza y de la teoría fundamental del arte. Pero la respuesta a la interrogante –implícita- anteriormente planteada no se desprende de este concepto. Por lo que se hace necesario inquirir sobre el significado que se puede dar a la palabra belleza y a la palabra arte, para saber si se relacionan con algo llamado “sensación” o no. Ni siquiera me voy a aventurar de si es una ciencia, para ello se requiere un largo camino como, por ejemplo, analizar la metodología misma, algo apresurado tratándose de este simple ensayo.

Una respuesta tentativa a la interrogante antes aludida será después de analizar el papel de los conceptos en este tipo de áreas: si los conceptos de belleza y arte que se han hecho mención en el concepto primario apuntado dependieran de cada ser humano, sería evidente lo imposible de establecer una visión, doctrina o modos de pensar en relación con los mismos, porque un concepto o definición por su naturaleza exige universalidad, es decir, que su aplicación fuese general, y no es creación meramente personal porque si así lo fuera, automáticamente dejarían, entonces, de ser conceptos -o ideas generales por así decirlo- relativos a las personas que aprecien o “sientan” algo.

El fondo entonces no son los conceptos, si es que se parte de algo relativo con ellos, de tal suerte que cada persona tuviese los suyos, y que, por coincidencia, aparecieren varios con características comunes. Si como algunos suponen -hipótesis que de plano desecho- los conceptos así de las cosas, repugnan con su propia naturaleza, entonces de plano no existiría la conciencia estética partiendo de lo entendible, razonable, común o, si se quiere, partiendo de la enseñanza del concepto “estética”. Es absurdo, tener la conciencia de apreciar algo real pero, por variedad de conceptos, se llega a tener discrepancia en ellos –algo todavía entendible- pero hasta se dude de la existencia del objeto captado, algo, a mi modo de entender, repugnante.

Dejada a un lado la creación relativista de los conceptos, se establece entonces que, sobre lo que se crean, exigen universalidad de aplicación y conocimiento,  lo que precisa a la vez uniformidad en cuanto a su estudio, lo que vendría ser la autonomía del estudio de lo estético.

De lo anterior se desprende que los conceptos de belleza y arte se pueden establecer y si difieren es porque aquí entra lo relativo por las diversas aportaciones de otros más, sin embargo, el contenido captado es y será el mismo. Si es lo mismo y no origina un concepto uniforme es porque la manera de ver lo mismo es pensada de distinta forma.

Lo bello es una cualidad de algo, es un predicable. Sin duda existe, lo que no existe es la uniformidad acerca de que tal o cual objeto merezcan ser llamados con tal calificativo, a lo sumo se da la coincidencia.

La cuestión es si basta la coincidencia, será más bien que ¿es la cultura o grado de educación, la forma enseñada de percibir los objetos, la costumbre y demás cosas las que influyen en su apreciación y distingo de otras cualidades?

Aunque no soy especialista en decir las características de tal o cual obra considerada, por algunos, obra de arte o bella, me parece que es válida la interrogante y la investigación introspectiva que presento.

La pregunta sigue estando, entonces, en el tintero: ¿Qué es la belleza?

Si como he explicado, es un concepto universal, entonces no me queda más remedio que aprehenderlo, pero, tal vez no puedo sentirlo, ya que lo primero que expuse es que la estética se refiere a la sensación y esta palabra es el género de la de belleza y de la de arte según un concepto breve de la palabra “estética” en un libro “abc” de Filosofía, si esto es así, trataré entonces de inquirir en el significado etimológico de la palabra primeramente apuntada –estética- y tratare de deducir, en base al concepto de arte y de belleza, sendos objetos de estudio. Mi intención no es el de copiar los conceptos de otros, es buscar por mi mismo las respuestas porque sé que actualmente existen muchas maneras de concebir esta parte de la realidad.

Creo que la belleza es un sentir, pero esta belleza es de doble sensación, la primera es de tipo espiritual, es el impacto que la contemplación del mundo de este tipo ofrece, y, la segunda, se refiere al impacto que el mundo físico ofrece y causa un gozo derivado de la sensación.

Digo que la belleza es un sentir, para dar coherencia -y porque así lo creo- con la palabra estética, pero la sensación es sólo el primer paso del proceso, claro, si nos quedamos en él entonces no es necesario atender a lo racional para entender lo que apreciamos, no es indispensable saber la historia, la forma, la teoría, etc., que envuelve la obra del que enseña la estética y la belleza, o sea, el artista. Lo que apunto es que primero se debe dar el sentir, el cual invita de forma no indispensable a la racionalización de dicho sentimiento pero, lo que no puede ocurrir es que, previo concepto de algo bello, partiendo de lo racional, se pretenda captar lo sensitivo, ya que dejaría de ser espontáneo, característica esta que atribuyo a la experiencia de gozo de lo estético. No me es dable pensar en la racionalización de lo bello antes que la sensación en quien produce belleza en cuanto a su propia obra, ni tampoco me es dable pensar lo mismo en el receptor; hablando de cuestiones meramente concretas, objetos concretos. Tal vez en quien produce lo estético, es decir, el artista, haya un contexto que influya, sin dejar de ser preponderantemente espontáneo, en la forma de hacer y sentir la obra de arte, lo mismo con el receptor.

Hablando del gozo provocado, este no es predeterminado –en los dos tipos mencionados-, debe, al igual que los demás valores –en parte-, ser espontáneo  en el sujeto receptor, mas en el emisor, es decir, otra persona, puede ser natural -física- y de modificación –artística o humana- donde en la primera no interviene la intencionalidad del hombre, en la segunda interviene con la finalidad de, primero sentir él o plasmar lo que él siente y, luego, de provocar dicho sentimiento al receptor para quien, repitiendo, es espontáneo; para el primero puede ser aprendido, aquí es donde hablamos de arte, la manera en como se propone, previa experiencia repetida de la sensación, por medio de aprendizaje y enseñanza lo que se considera bello.

De lo anterior se deduce que existe solo una fuente de conocimiento de lo estético que es la sensación. Entendida como la impresión que un ente real deja en cualquiera de los sentidos, esto en general, porque la sensación estética al ser de dos órdenes, la espiritual y la material, la forma de captarlos varía un poco, es decir, en la experiencia espiritual el medio para llegar a lo estético es solo eso: un medio, lo corpóreo deja una impresión en el receptor, pero de tal forma que el medio puede ser fácilmente prescindible, es cambiable, es situacional en cierto sentido. Me refiero a la impresión de la belleza de un comportamiento, por citar un ejemplo. En cambio el orden material necesita, para seguir impresionando al receptor, del bien objeto de tal impresión; aquí, trátese de un fin y no un simple medio.

También, se deduce, que existen varios elementos para que se dé la experiencia en comento: un emisor que, como verbo, solo puede ser ejecutado por un ser humano o por Dios y un receptor,  otro ser de la misma naturaleza y, la materia que, como fin o medio, impresiona nuestros sentidos y produzca un gozo estético. El emisor no siempre, mas por facilidad, se le designa porque tenga voluntad, es decir, encuadro en tal palabra incluso a entes que no la tienen -voluntad- para su mejor comprensión, me refiero a los diversos seres irracionales que logran una impresión estética. Aquí parece ser que lo que causa la tan mencionada impresión son simplemente objetos, no hay que perder de vista que, dentro de la teleología del “todo” en consonancia con la voluntad del Creador, la experiencia dicha es transmitida sí directamente por objetos pero, de forma indirecta, deja entrever la voluntad de Dios de aprehender tales experiencias, pero, se preguntarán, ¿con qué finalidad? creo que la respuesta cada quien la resuelve teniendo, como dije, en cuenta la teleología impresa directa o indirectamente en el todo.

Otro elemento, no debía de faltar, es la “impresión” que provoca el “gozo”. Se podría establecer la diferencia entre estos términos en el orden de cualidad, es decir en cuanto a la materialidad – o sustancialidad- y en cuanto al tiempo. En el primer aspecto refiérase a la naturaleza que dos entes tienen para presionarse, de alguna manera, mutuamente; de donde resulta el primer encuentro entre emisor y receptor. El gozo es la diferencia de orden sustancial y a la vez de orden temporal, en el primero porque es de naturaleza espiritual, dependiendo del sujeto cognoscente -receptor- y del orden social en el que se desenvuelva, la intensidad de la experiencia; la diferencia en el tiempo es que necesariamente debe de haber un plazo entre la impresión, el gozo y la conciencia de tal gozo, por no decir que, como elemento adicional y no necesario que también la racionalización o conceptualización de lo vivido va, por decirlo de alguna manera, al último en cuanto al tiempo se refiere. Obviamente que el gozo sucede después que la impresión, ya sea de orden material o espiritual; sería absurdo “sentir” algo de la nada. Como conocimiento el gozo es posterior pero, como objeto inherente en nuestra propia naturaleza es anterior, es decir, como capacidad es a priori a la experiencia.

La sociedad no controla la sensación, no puede decirle a un sujeto cómo experimentarla en sí misma pero lo que sí puede hacer es presionar para reunir las condiciones  temporales, espaciales, ideas -o prejuicios- etc., que pueden incitar a despertar tales o cuales sensaciones de belleza.

El arte es el conjunto de conocimientos que, por concreción, son los más idóneos para acercar a otros a la experiencia estética -belleza-. Ésta no se difunde por el arte, repito, no se nos puede enseñar a sentir, lo que se difunde son las condiciones para sentir pero no el sentimiento mismo. Pero los prejuicios o las ideologías hacen que nos prohibamos la apertura, no de la sensación sino de las condiciones que la promueven, pero eso es un gran problema, a veces de origen relativista, tratar de precisar lo que es el arte y más aún lo que consideramos como una obra de arte, y ni qué hablar de la belleza y la fealdad porque las condiciones, muchas de ellas, no dejarán de ser sociales y, por lo tanto, manipulables.

Si digo que el arte es el conjunto de conocimientos, etc., me refiero a los de tipo discursivo, a lo racionalizado, no me refiero al otro conocimiento planteado, es decir, a la sensación que, al final de cuentas es un regreso al origen etimológico de la palabra. Tal vez cabría más decir “intuición” que “sensación”, de todas maneras el debate, me parece, sigue abierto.

Entonces el arte tiene por objeto a la belleza, su cultivo, su enseñanza, suponiendo una previa experiencia “estética”, aunque a menudo se puede enseñar algo teóricamente y, de momento, no se aplique, o sea, el artista puede decir cómo hizo tal o cual obra aunque en el momento no sienta o intuya él mismo la belleza, incluso, de su propia obra.

El sentir la belleza depende de cierta disponibilidad del receptor para con ella, disposición que tiene que ver con una apertura indeterminada en lo personal y determinada en lo genérico social.

Sobre cuáles son los sentidos que privilegian el placer o gozo estético, tal temática la dejo para otros pensadores que explican la preponderancia de determinados sentidos sobre otros, por ejemplo la vista y el oído por sobre los demás. Dado el alcance de este escrito me limité a mencionar lo anterior, habrá quienes ahonden en este aspecto.

Respondiendo a la primera cuestión que apunté en este ensayo. La apreciación estética de un individuo en parte puede ser enseñada, porque cuando se transmite la sensación que produce tal o cual obra natural o hecha por el hombre se puede notar el cambio en el comportamiento con relación al ente llamado bello y no solo porque se presenta la sugestión proveniente de un individuo o de un colectivo que se preste a una introyección en virtud de la influencia que ejerce sobre el sujeto perceptivo dada la calidad moral atribuida de éste a ellos sino que, independientemente de tal sugestión, es dable pensar y observar una modificación en el comportamiento del sujeto. Precisando, lo que se transmite no es la capacidad de apreciar sino la de fijarse en aquellos ambientes o entes concretos que pueden motivar la sensación. La coincidencia en la sensación permite vislumbrar el carácter social a que tiende el considerar tales o cuales objetos como bellos pero, no obstante lo anterior, no es dable solamente pensar en esta situación de “convención” porque el contenido social se cierne sobre algo que le es anterior, y no pensar que es la sociedad la que crea inicialmente lo bello, dado el caso de una especie de relativismo.

Las formas de enseñanza de los objetos considerados como bellos han de variar dependiendo de los aspectos que, en determinado tipo de sociedad, se inculquen en el educando. No voy a tratarlos, francamente no soy competente para tal empresa. Más bien voy a apuntar, aprovechando, una clase de injusticia social, que recae en la ausencia de la enseñanza desde casa antes y desde la escuela después, de contenidos relacionados con la materia que estoy analizando.

Esta ausencia que denuncio me parece que es por la tecnificación de la ciencia, de la preocupación de la sociedad industrial actual de satisfacer las necesidades más elementales y productivas de los consumidores que escapan las miradas a los beneficios que, a largo plazo, se podrían vislumbrar del cultivo de lo estético. Lo central en la sociedad actual es incrementar la utilidad de las personas desde el punto de vista netamente económico.

También una de las posibles causas de la negación del cultivo de la estética en sus diversos matices es la inserción política de los países en vías de desarrollo a la “democracia”, me explico: la democracia parte de diversos supuestos teóricos y prácticos, sin el ánimo de meterme en los primeros diré que, en cuanto a los valores desarrollados en pro de la democracia hay uno que es de vital importancia y es la “tolerancia”. Lamentablemente, en nuestras sociedades actuales -en vías de desarrollo o actualmente llamadas “economías emergentes”- la tolerancia no puede ser soportada más que en la forma negativa, es decir, bajo la forma de omisión de opiniones bajo el pretexto de respetar las de “otros”; prefiere el ciudadano común inclinarse por el silencio. Tal actitud negativa de la filosofía democrática provoca muchos cambios pero, en cuanto al tema en cuestión y sin desviarme, diré que en el terreno de la estética la manifestación de la tolerancia en el arte, la belleza y demás conceptos y sensaciones relacionados es oculta, negativa y callada, bajo la apariencia de que las cosas son preferentemente bellas y, callando, para despistar, una especie de culpa propia o ajena “anónima” sobre lo que nos puede causar repulsión, es decir, la fealdad.

En una sociedad que se precie de adelantada, la tolerancia en los temas estéticos debe de reflejarse tanto en el sentido negativo como en el positivo, o sea, en el primero se calla u oculta la fealdad y se habla menos de la belleza y en el plano positivo se habla, con toda claridad, sobre aquello que es considerado bello y, aún así, lo feo. En nuestras sociedades cuya democracia es un artículo novedoso tenemos por valor fundamental a la tolerancia para protegernos de los comentarios -sentido negativo- relacionados con la belleza y principalmente de la fealdad, evadiendo el tema con la yuxtaposición de otros valores democráticos como la libertad de expresión, queriendo limitar los juicios de belleza y fealdad en pos de la mencionada libertad. Este problema provoca la manipulación –supuesta- de algunas conciencias, especialmente por los medios de comunicación para limitar la apreciación estética y dejar a un consumidor con una satisfacción conformista. Aún hay más, los temas apuntados se desvanecen en presencia del clásico machismo, el cual justifica que a las mujeres se les llame “bellas” y a los hombres se les llame “feos” por naturaleza -recuérdense las clásicas tres “f”- agregando la palabra “vanidad” en el circulo femenino y soportado por el masculino; jugando, entonces, con las palabras que banalizan la experiencia estética, tratándose de simples categorías que se utilizan para diversos fines, entre ellos la explotación económica que arriba mencioné. Es inevitable hablar de belleza y de fealdad, fuera ¡claro está! de prejuicios.

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4 comentarios en “De la Estética, la Belleza y el Arte

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