La degradación de los valores

Los valores en sí mismos cumplen o exigen una función porque sirven de vínculo entre la actividad humana, sus propósitos con el bien, con aquello que necesitamos para llegar al perfeccionamiento o, lo que es lo mismo, para llegar a Dios, ente perfecto que ofrece el complemento que es justamente lo que necesitamos y que nos da en forma de sentimiento o de intuición interna en cada uno de nosotros, previo develamiento de nuestro ser o conciencia estimativa, una serie de criterios llamados valores. 1

Ahora bien, los citados valores tienen diversas funciones o, mejor dicho, impregnan con carácter peculiar al sujeto destinatario o depositario de los mismos; cada uno de ellos tiene su propia esencia o características. De este modo es que se pueden establecer diferencias entre ellos y, además, su jerarquización.2

Sin meterme en el problema de cuál es -o debe ser- su jerarquía, simplemente explicitaré una interrogante que incumbe a cualquiera que previamente haya hecho el esfuerzo por dar una clasificación a los valores que “se supone” rigen su actuar desde el punto de vista de la bondad inmaterial o espiritual -no me refiero a los beneficios que se desprenden de las cosas sensibles, captados con los sentidos que, si valen, han de ser medios- independientemente de la dedicación o esmero que cada cual da para justificar su modo de ser, de ejecutar, su causa o razón. La pregunta es: ¿pueden los valores ser cambiados de posición jerárquica?, Esta interrogante la planteo no solo a quienes ven el problema desde el punto de vista abstracto e ideológico, sino aquellos que por tener alguna experiencia en ese sentido son candidatos para emitir opinión, aquellas personas concretas que, al ver esta pregunta, se acuerdan de aquella o tal experiencia que precisamente pudiese, en base a reflexión, desembocar en la interrogante planteada.

Supóngase el siguiente esquema o jerarquía de valor, que cito sólo como ejemplo:

1º. Vida (hombre: materia y espíritu)

2º. Salud (física y mental, para otros también se incluiría la espiritual)

3º. Familia (todas aquellas relaciones de parentesco consanguíneo, civil, etc.)

4º. Amistad

5º  Dinero (todo lo relacionado con los bienes que son objeto de intercambio)

6º  Demás…

Imaginémonos un sujeto que tiene o se ha formado la idea de que su escala de valores es la anterior. Dicha persona cree que su escala es inalterable, porque no creo que haya personas que piensen que su escala de valores es modificable; de hecho la mayoría de las personas no acepta, en un determinado momento de ecuanimidad, el que la jerarquía que se piensa controla sus vidas –o las orienta- se modifique de la noche a la mañana, siempre se trata de estar en contacto con lo que causa certidumbre, y precisamente la causa de la misma son las personas, excepto cuando se depende de las situaciones para actuar y sin estar, por decirlo de alguna manera, dispuestos a reflejar la educación dada con base a las enseñanzas que, del bien y del mal, nos han inculcado desde pequeños lo que no es sino una ideología relativista que trata de negar la tradición que reconoce cualquiera en su sano juicio, claro, sin descuidar el aspecto de auto-critica que considero sano.3

La pregunta, reiterando, es ¿la escala de valores es inalterable?, Es una cuestión que se debe de plantear el sujeto en su interior porque, si no lo es, estaríamos ante una estrechez axiológica -como dirían otros-, es decir, el sujeto se cerraría a toda posibilidad de aceptar el error en su determinación, a no descubrir las demás esencias de valores, a parte de demostrar falta de humildad, obviamente a mi juicio, porque el sujeto jerarquizante no se daría cuenta de lo anterior.

Hablo de humildad porque parto del supuesto de que, en parte, la conciencia estimativa de los valores es social, es decir, se aprende y, por otra, lo que se aprende es a develarse, o sea, a captar por sí mismo el desarrollo de nuestro potencial, es decir, nosotros tenemos en potencia la captación de los diversos valores. La potencia se desarrolla con ayuda de lo social.

Según lo anterior, conviene más creer o pensar que los valores tienen una procedencia, en cuanto a la estimación o captación, que no depende del arbitrio del hombre, es decir, éste no es quien inventa los valores sino que los descubre porque, de no ser así, estaríamos dando la pauta para la violación de los diversos sistemas normativos que regulan nuestra conducta lo cuales, en efecto, cambian pero por virtud de varios elementos extrínsecos, citando como ejemplo las famosas fuentes del Derecho, hablando de valores sustentados por normas jurídicas, como son las reales, las históricas y las formales, a su vez las primeras dependen de un conjunto de circunstancias y de esencias, o sea, de la realidad cambiante y de la realidad inmovible del ser humano. Más conviene lo anterior, reiterando, que aceptar la anarquía como fuente, término que designa no la ausencia de valores, porque ser anarquista es ser partidario de un sistema de valores pero cuya peculiaridad es negar los imperantes. 4

Entonces, si partimos del supuesto de que los valores son algo objetivo, independiente del sujeto cognoscente y también de su ser, que no son entes materiales, ni tampoco que dependen de ser representados, es decir, ideas, sino entes que exigen ser representados en el sujeto, podríamos decir que son de naturaleza espiritual, accidental o esencial. Lo digo en estos términos para tratar de describir, a manera de tentativa, su naturaleza, y digo que son de carácter espiritual para oponerlos obviamente a los de contenido material o físico, lo que constituiría más bien el sustentáculo, a la vez se diferencian de lo psicológico o mental porque, si bien requieren ser re-presentados, no por ello su ser existe por la representación. Lo que se representa son sus conceptos, no su esencia, la cual se intuye de alguna manera e invita a actuar antes que a pensar y, por ende, conceptuar. Por lo anterior, prefiero llamarlos de naturaleza espiritual, en cuanto a su substancia. La categoría “accidental” no la marco como tajante porque dejo a libre discusión el que lo sean así, es decir, el dilema: son espirituales accidentales o espirituales esenciales ¿a quién? al hombre; es un hecho que el ser humano es el que los actualiza pero ¿los valores son accidentales, de tal manera que llegan y se predican en el hombre como si éste estuviese destinado a captarlos o son esenciales de tal forma que, ínsitos en él implícitamente, florecen cuando son conocidos por la intuición? excepto en el único valor que considero es explicito: la vida. Yo propongo una forma de ver el problema: la vida es un valor espiritual accidental, o sea, aún y cuando se refleja en un cuerpo material, el origen es espiritual y a través de la obviedad corporal, es el único valor que se explicita, se muestra a todos y, los demás valores dependen de la vida pero, está en la libertad y conciencia de cada quien el desarrollar la capacidad de intuirlos, es decir que, una vez dada la vida por accidente, es esencial en ella la capacidad para captar los demás valores que, mientras no se ejercite tal aptitud, siguen estando implícitos y no se exteriorizan pero, entonces, la capacidad de la que hablo es esencial a la vida pero ésta es accidental.

Si la escala de valores es objetiva y si es posible el conocimiento de cada uno de los valores y su jerarquización, ésta independientemente de cómo esté estructurada, ¿sigue siendo inalterable? Mi respuesta es sí, es inalterable de la misma manera en que el fin al que llevan lo es, si el fin es el bien –en última instancia, Dios-, el Bien dispone de cómo el hombre ha de portarse (a través de valores) para llegar a Él; esa disposición no cambia porque los modos (distintos valores, individualmente considerados) son distintos, al ser distintos son clasificables, y no serán iguales en cuanto, entre otras cosas, a la preferencia del sujeto en la hora de su ejecución o realización, por lo que los valores son distintos en la conexión participante entre éstos y el hombre. (Varios autores han señalado diversas clasificaciones de los valores como Max Scheller, el Catolicismo con las virtudes cardinales y teologales, etc., entre otros.) Apunto que la preferencia del sujeto no depende de éste sino el mismo valor exige ser preferido, pero el acto mismo de la preferencia es particular a cada sujeto, por eso es posible que no elija el valor sino más bien un contra- valor porque, en el fondo, la citada preferencia implica la libertad que tiene el individuo de escoger entre realizar o no el valor. Ejemplo: un juzgador (no en Derecho solamente) donde cuyas partes dispuestas a someterse a su raciocinio, tenga una de ellas un vínculo de amistad con él, no puede optar por uno ellos solo porque lo liga tal relación. Es decir en este ejemplo vemos que, aparentemente, hay en pugna dos valores que el llamado juzgador ha de decidir por cuál ejercitar: 1) el acto de juzgar, o sea la justicia aplicada o, 2) La amistad. Si elige la segunda y no aplica la primera, la segunda realmente no será amistad, será otra cosa menos esa porque entre dos valores buenos, la justicia y la amistad, no debe de haber contradicción ya que ambas se dirigen a un solo fin: la bondad. Así que, el sujeto que respeta la amistad, le procurará al amigo, antes que nada, hacerle justicia aunque inmediatamente no le depare consecuencias positivas sino, y esta es la justificación, que se hacen las cosas en vista de un fin, la Bondad. La amistad es relativa, en comparación con la justicia porque depende de una relación especial por la cual calificamos en términos generales al amigo -amante, en sentido general- y al amado, requiriéndose conocimiento, una cierta clase de empatía, etc., pero con la justicia no sucede así, ya que se le puede aplicar, incluso, a cualquier extraño.

El sujeto experimenta valores, todo un abanico que, sin embargo, es limitado. Solo la conciencia abierta permite su captación. Esta es la verdadera mente abierta.

Cuando hablo de juzgar lo hago en el plano meramente humano. Dios juzga al hombre; el hombre juzga al hombre pero jamás éste juzga a Dios.

Es mejor creer que los valores tienen una jerarquía y defender, a como dé lugar, el puesto de la justicia –humanamente hablando- sobre todo la derivada de las instituciones políticas que otros valores, excepto el de la vida que debe ser siempre respetada a costa de lo que sea, incluso de quienes atentan en contra de la propia.

Los actos de aplicación de los valores no deben de ser rápidos en el sentido del tiempo, requieren reflexión en la medida de lo posible. Lo que es espontáneo es la intuición de los valores que depende, en buena medida, de las relaciones interpersonales y ambientales en los que se desenvuelve el sujeto.

El ejemplo citado es fácil, dado en un plano de ecuanimidad; pero sé que no siempre actuamos en esta cualidad. La ecuanimidad es un estado de ánimo neutral donde se pueden tomar decisiones. De hecho, la decisión de aplicar un valor es consecuente a su intuición.

El siguiente es un ejemplo de cómo “aparentemente” el valor de la vida y la salud se subordinan a valores de índole no espiritual sino corporal, que defino como aquellos criterios que provocan bienestar psico-física, en los individuos que los observan y se caracterizan pos su inmediatez: Es el caso de una persona que se encuentra, según se puede observar, aunque médicamente no se tengan las palabras adecuadas, acostada en una cama, conectada a algunos aparatos de concreta denominación, mientras que escuchamos algo así : “se encuentra en estado vegetativo” o “ solamente sobrevive gracias a los aparatos de que esta conectada”, otro: “no puede realizar ya ninguna función propia si no es por la ayuda de tal o cual aparato”. En base a lo anterior, algunas personas piensan que es inútil seguir con tal o cual tratamiento, refiriéndose a la manutención con aparatos, medicamentos, costos de la vida de tal o cual persona, etc. La observación de esta clase de fenómenos hace suponer que, en la práctica es posible, por lo menos en algunas partes del mundo -siendo optimistas- que los valores se subordinen y cambien de jerarquía y dependan totalmente del sujeto jerarquizante y de un medio que le es propicio, sucede entonces que un valor de orden material que es soportado por la capacidad de cambio (material-pecuniario) sustituye al valor de la vida y al de la salud.

Este es uno de los principales problemas que desde mi punto de vista he detectado en la sociedad en la que vivo. Ya que la gente se ve impelida a suspender o extinguir la ayuda que en algún dado momento necesita tal o cual persona para sobrevivir alegando: “es que es muy caro su mantenimiento”, dicho tanto por familiares como por el lugar llámese sanatorio, hospital, etc. pareciendo ser que, entonces, la relación entre desconectar o mejor dicho entre mantener o no con vida a un ser humano va en relación directa con la capacidad económica del sujeto del cual depende la decisión de privarle o no la vida.

Si nos fijamos en la posición social y económica de los actores participantes de lo anteriormente descrito, se actualiza un antivalor el cual resulta ser la discriminación o la ausencia de igualdad, si ésta es una rama de la justicia, diré que finalmente resulta lo contrario a ésta, porque si la vida (aún cuando unos digan que vale por ser depositaria de los valores y otros que lo es por sí misma, en este caso da igual) es un valor del cual no se puede disponer porque es esencial para la existencia humana, conceptuando al ser humano como síntesis de cuerpo y espíritu, y resulta que dicho valor -la justicia- es universal y que sería una ausencia privarle el ser humano de la capacidad para realizarse como ente practicante en potencia axiológica -aquí tendería a que la vida es sólo depositaria de valores y por eso vale- la justicia  impregna al valor de la vida, las mismas características que soporta como son la universalidad que entiendo, la aplicación incondicional en relación a los sujetos destinatarios de la realización del valor por parte del sujeto activo de la relación. Esta universalidad de la justicia que se transmite a la vida hace entonces indispensable su intocabilidad o no perturbación humana. Ya que si se perturba al sujeto de la posible realización de la justicia (o de otros valores universales) entonces será justificada por vía natural, en cuanto que ésta no comprende la ausencia de esfuerzos humanos encaminados a protegerla en la medida de lo posible, lo posible a excepción de lo que aquí se critica, ya que dentro de lo imposible, o no en el sujeto concreto, es inadmisible la situación económica por discriminar, por no tratar igual a quienes tienen lo mismo, por tratar desigual a quienes tienen derecho de conservar lo que todos hemos recibido, desigualdad motivada por algo ajeno a la universalidad de la vida y de la injusticia, el dinero.

¿Lo anterior refleja un problema, entonces, de falta de conciencia en la cuestión planteada? Parece que no, ya que no creo que yo haya descubierto el hilo negro de todo esto. Si no hay falta de conciencia, ¿será entonces que la misma sociedad dominante invierta no para sí, sino para los otros, la jerarquía de valores? La sociedad dominante es la que tiene el poder político e impide que llegue otro y se lo quite. ¿Será pretexto para justificar tal estado de cosas que en la actualidad el problema central se encuentra en la falta de una buena distribución de la riqueza? Tal vez se respondería que si el problema se originase por la distribución de la riqueza nos haríamos depender de aquellos valores que consideramos como menores jerárquicamente hablando, admitiéndose entonces que el problema es originado por el dinero y solucionado por éste y, por lo tanto, concediéndole un estimable valor.

Pero alguien replicará que no se trata del dinero en sí, como valor último, sino que es un medio solamente y preguntaría ¿acaso los medios no son para el fin, y éste se dice con tal carácter solo porque hubo otros elementos que lo condujeron hacia él, y no sirviendo a su vez de medio? La respuesta inmediata a la interrogante sería: efectivamente, los medios, en este caso los pecuniarios se les debe de dar su justo valor para que sean eso, medios y, la vida (potencialidad de axiopraxis = axios, valor, praxis, aplicar, practicar) debe ser tratada como fin. Entonces, desde este punto de vista, el problema se debe de resolver en el sentido de aplicar una mejor distribución de la riqueza, para poder tener un buen camino para llegar al fin. Pero, por mientras, es vergonzoso sacrificar vidas porque no se tengan los recursos necesarios, sirviendo de cómplices aparatos burocráticos estatales, ideologías pro abortistas, pro-eutanasia, pro-decisión, etc., que subrayan la importancia de las decisiones del individuo por sobre todas las cosas, incluso de la vida.

¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar la ausencia de dignidad en las relaciones humanas? no sé, pero eso sí y como dicen, y ahora yo repito: “la esperanza muere al último”.

Apéndice: la dignidad

He recalcado el valor de la vida por sobre los demás, agregaré el de la dignidad. La conceptúo como el vivir en plenitud, me explico, la vida la vive un ser-humano, no solamente desde el punto de vista material, orgánico-biológico, sino como ente social, psicológico, como creatura, como creyente, como alguien que tiene proyectos, en síntesis, que vive en el sentido existencial. La vida tiene valor no solamente desde el punto de vista biológico, que he apuntado, sino porque el ser humano tiene muchas facetas o potencialidades que puede desarrollar y, tanto mayor es su desarrollo mayor será la plenitud de la vida, que unos identifican -con atrevimiento- con la felicidad. La dignidad consiste, entonces, en toda esa gama de posibilidades que tiene el ser humano y que de manera abstracta se denomina integridad, concibiéndose como un ente creado y multifacético. Atentar contra la vida es atentar contra la dignidad, la víctima del atentado tal vez no tenga culpa pero, es más indigno quien no reconoce la dignidad o integridad de la víctima porque no se sabe a sí mismo, en empatía, igual que la persona que recibe el atropello, se cree superior y actúa con egoísmo, incluso sucede que la propia víctima sea el victimario como en el caso del suicidio porque todos estamos llamados a desarrollar nuestra integridad en dignidad, porque hay que recordar, como he expuesto, que la vida es una sustancia accidental, es decir, es un don, la pregunta que nos debemos de hacer es ¿por qué he recibido el don de la vida?¿qué me puedo esperar de mi mismo?, y preguntas análogas.

Recalco, la dignidad es la expresión de la integridad que, como tal, nunca se pierde, siempre se conserva de forma potencial, ¡claro, estando vivo!

                                                      Notas

1 No me estoy refiriendo a la Revelación sino que, de alguna manera, estoy presuponiendo que los hombres ya llevan dentro de sí, muy en el fondo, el ser-creaturas, es decir, que en el interior del hombre se encuentra el germen del conocimiento de Dios. La Revelación tiene sus propias finalidades y, deduzco, que una de ellas es el saberse como creaturas.

2. Digo “destinatario” o “depositario” para diferenciar dos criterios, el primero se hace consistir en que la vida del hombre solo vale porque recibe a los demás valores, por eso es un destinatario; el segundo porque la vida del hombre vale por sí misma y los demás valores “valen” porque él les da vida, sirven de sostén a los valores y, entonces, lo que sirve así ya tiene un valor de primera importancia, sin el cual no es posible realizar los demás. A esta segunda posición se adhiere el autor de estas líneas.

3 Hablo de certidumbre desde el punto de vista de los actos humanos –teleológicos- es esta certidumbre que se basa en la humanidad, no en el capricho. No me refiero obviamente a la certidumbre que provoca el mundo físico y los demás seres humanos “otros” que sirve de presupuesto en estas líneas y que también lo es para del desarrollo de la Metafísica.

4. Tal vez tenga que apelar a razones de tipo pragmático que considero en el fondo superficial pero, a veces, no queda de otra.

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