De las palabras prohibidas

Considero que en la actualidad se ha abusado del uso de determinadas palabras que no hacen sino reflejar aquella parte de la realidad ideológica insertada en muchas personas, las cuales no son sino víctimas de alguien anónimo, al menos no se le puede achacar su creación a una persona determinada; la responsabilidad del uso es personal, aparentemente, y la responsabilidad de la creación e implantación de principio de las mismas se diluye en factores económico-sociales, lo cual indica lo anónimo de tal situación. Lo anterior no se aplica a todo lo que voy a explicar enseguida, sólo a aquellas palabras que tienen contenido netamente del siglo y no a otro de tipo sobrenatural donde sí se puede atribuir cierta responsabilidad directa a la persona implicada en su ideación y pronunciación.

Las palabras que mencionaré de forma no-limitativa se refieren a un contenido muy marcado en la mentalidad de muchas personas que responden a la ideología de consumo-producción como finalidad esencial, aunque se encubren con la apariencia de ser un estándar social de felicidad ¡Vaya, ni que la felicidad fuera medible¡ al menos es el supuesto en que descanso. Las dichosas palabras son, entre otras: ‘éxito’, ‘fracaso’, ‘mediocridad’ e incluso, la que mencioné, es decir, ‘felicidad’. Las anteriores palabras muestran en la práctica un contenido meramente económico y de estándar social, es decir, me refiero a que estas palabras suelen ser utilizadas por el común de las personas para calificar la actuación de otras pero recalcando el aspecto económico.

Para juzgar a una persona, según el punto de vista anterior, las palabras se han de basar en determinados hechos para que las mismas –palabras- sean expresión o representen a un estado de cosas. Por ejemplo, aquella persona que tenga en su haber una casa, un automóvil, etc., con determinadas características, se hace digno o merecedor del título ‘exitoso’, no así aquél que, tal vez, habiéndose esforzado mucho para la consecución de determinados fines de carácter económico, no los haya obtenido en comparación con el primer caso del ejemplo que estoy presentando, en tal supuesto el calificativo mencionado para la persona no es digna de llamarse ‘exitoso’, sino al contrario ‘mediocre’ o, en último sentido, ‘fracasado’. Las consecuencias sociales y que implican de alguna manera el ámbito psicológico son varias, las cuales no me atrevo ni siquiera a describir de manera somera pero, a lo que quiero llegar, es que la sociedad cuenta con determinadas estructuras para catalogar a sus miembros, lo cual en cuanto a su esencia no contradigo sino que, al contrario, considero que son básicas en cuanto a lo cognoscitivo y, además, me parece que es la manifestación social de individualidad el mostrarse y el catalogarse de determinada manera pero, y he aquí el meollo del asunto, al menos en esta primera parte, es que si nuestra esencia como seres humanos es una determinada individualidad que se manifiesta en diferentes y muy variados actos y, por ende, de naturales categorías, especificaciones, generalizaciones, etc., en lo que difiero es que tales generalizaciones o especificaciones se hagan solamente tomando en cuenta uno de los estratos del ser humano: su capacidad creativa-productiva, hablando en sentido económico y desgraciadamente utilitario. Las palabras que a título de ejemplo cité en supra-líneas nos indican lo limitado en que se está ejerciendo el acto de juzgar a los demás pero, a la vez, también indica la necesidad, por parte de quien juzga, de poder llenar algunos huecos que en la actualidad se han dejado sentir en muchas personas que están o se ven desesperadas por encontrar un consuelo que contenga su “frustración”, ahora sí utilizando esta palabra en un sentido que considero más elevado, es decir, el existencial.

La frustración se refleja en la necesidad de encontrar un sustituto, que para el caso en cuestión es típicamente de orden material y utilitario; la mayoría de las cosas que abarcan lo anterior se consiguen con dinero, el cual provoca un determinado status social, así lo ven muchos, donde se asignan títulos o determinadas denominaciones a las personas en cuestión. El miedo a sí mismo y todo lo que este conocimiento implica (punto que no desarrollaré) y su correspondiente evasión es lo que provoca un hueco que lleva al individuo a conformarse con la parte que, siendo de sí mismo, le lleva a tener algo en las manos seguro en lo presente y, hasta cierto punto, confiable: los bienes materiales.

Para juzgar verdaderamente a una persona me parece que no es suficiente con la primera impresión material, aunque de hecho influye y lo reconozco, se haga a una persona sobre la base de sus haberes sino que, la actitud de la persona que ha de juzgar es la que se sitúa en un plano de comprensión lo más profunda del otro para así poder llamar, tal vez y sólo como sugerencia, ‘exitoso’ a aquél que siendo coherente consigo mismo ha conseguido sus propias metas y sorteado sus propias y determinadas dificultades. No hablo de las metas que de manera automática se imponen o, mejor dicho, les imponen a las personas sino de aquellas que van de acuerdo con la persona en sí misma. La referencia para calificar el éxito y el fracaso es la persona misma, a partir de allí, y no como si fuera el último eslabón en la cadena de juicios, o tal vez y en concordancia con lo expresado, de prejuicios.

Voy ahora a referirme a otra palabra cuya naturaleza es totalmente distinta en cuanto a su contenido, aunque lamentablemente de origen es similar. Lo que quiero decir con tal distinción es que el contenido es de orden espiritual, pero que el origen se da en aquellas personas que sin pensar por un momento en su significado al que puede llegar tal palabra simplemente se utiliza de manera indiscriminada, igual o peor que en el caso de las palabras que he citado anteriormente. La palabra que considero y que solamente enuncio es por ejemplo las que se derivan de la básica: “maldecir”. Esta palabra no se crea que su significado se encierra solamente en lo que, a primera vista, parece: -decir mal- o –mal decir-. Literalmente no hay concordancia de significados cuando se entiende de estas dos posibles y primeras maneras, o sea –decir mal- es precisamente cometer un error de forma, no de fondo, en la utilización de las palabras, una equivocación tal vez sería lo más correcto para calificar tal hecho. “Decir”, expresar en primer término y, el calificativo ‘mal’ cuando se agrega al ‘decir’, es solamente algo impropio pero, si se invierten las palabras quedando ‘mal-decir’, y que me parece es lo que literalmente concuerda con la palabra en cuestión es lo que se parece a lo que posteriormente en cuanto al alcance me referiré, implica un significado totalmente distinto. Aquí el orden de los factores sí altera el producto.

Analizando: la palabra ‘mal’, precede al verbo ‘decir’. Explico, el adjetivo –tomado sustantivamente- conecta, de allí la gravedad, tanto a la persona o al sujeto en cuanto tal como, a la vez, conecta al verbo, lo que califica en primer lugar tanto a la persona en sí misma considerada como aquella parte del sujeto que ejerce la acción de decir, de comunicarse o expresarse; lo anterior no sucede con la primer interpretación ya que cuando se ‘dice mal’, la maldad solamente radica en el decir, o sea, en aquella parte del sujeto que no es, digámoslo así, esencial.

Si, como he dicho, la gravedad en decir-mal y mal-decir, es en grado totalmente distinta, la extensión en cuanto al significado a la segunda denominación expresa, a manera de ejemplo, tal gravedad. Lo explicaré enseguida: El verbo ‘maldecir’ y los sustantivos que se derivan como por ejemplo ‘maldito’ tienen una implicación mucho más grave y complementaria que la que he mencionado a propósito de la literalidad de tal palabra. Decirle a tal o cual persona tal palabra equivale no a un simple error, motivado tal vez por coraje u alguna otra pasión negativa sino que va en contra de todo un orden establecido primeramente por Dios. Expresar tal palabra calificando a alguien es sinónimo no solo de querer la peor de las desgracias en su vida sino de que también se le desea que Dios se aparte de él. Esto último se interpreta porque tal palabra está mencionada en algunos escritos religiosos (Biblia.)

Desgraciadamente, esta palabra se utiliza como si su significado dependiera solamente del momento en el que suele ser expresada, de la ira o coraje que identifique a la persona que osa en decirla; aunque también, algunas personas se han habituado a manifestarla en momentos de ‘supuesta’ alegría, mostrándose no solamente como ignorantes sino como si realmente lo dijeran sin malicia. Y es que hay palabras o frases que, aunque no sepamos que significan, tienen un determinado significado por sí mismas y sus efectos van a veces más allá de nuestra comprensión, que suele ser de ordinario muy limitada. La palabra aludida resulta ser una ofensa directamente al ser humano al que se le expresa, indigno para el que la dice pero, indirectamente, se ofende a quién le debemos la vida: a Dios.

Todo lo contrario sucedería si nos acostumbráramos a expresar nuestros deseos a los demás en las situaciones de llegada o de despedida y que popularmente se denomina ‘saludar’, así: ‘la paz esté con ustedes’; por lo menos se nota que deseamos algo y que a nivel consciente queremos conseguir. Aunque, lamentablemente, sucede en nuestros días que por hábito decimos ‘salud’ sin ni siquiera pensar que en realidad le deseamos salud a una persona, que se recupere de tal o cual alteración física. Lo contradictorio es que sólo decimos ‘salud’ a alguien que estornuda, más no a alguien que tose o se duele de algo. El hábito inconsciente, automático, provoca evidentemente que las personas dejen de percatarse de los significados de las palabras que comúnmente suelen utilizar.

Otra palabra, que va más allá de desear simplemente salud física a alguien o salud espiritual, refiriéndome aparte de la expresión ‘la paz esté con ustedes’, es aquella que constituye totalmente lo contrario de la palabra ‘maldecir’ y sus correspondientes derivados, me refiero a la palabra ‘Bendecir’. Un análisis similar se puede hacer y como sigue: ‘Bendecir’ se compone de dos partes entendiéndose como Bien-decir o como decir-bien. De manera analógica a como he interpretado la palabra contradictoria se puede predicar de la que nos ocupa, o sea, decir-bien equivale a que la persona que expresa o que manifiesta tal o cual mensaje lo dice con corrección, atendiendo a la forma y, en algún sentido, al fondo pero de manera secundaria. El verdadero significado por principio se desprende de las palabras ‘Bien-decir’. Aquí es donde el calificativo ‘Bien’ sirve de puente o de conexión a la persona como tal y también al acto, al verbo ‘decir’, que representa solamente una de las funciones que ejerce el sujeto. Se aplica en un momento, lo que no implica que tales efectos solamente duren dicho instante, en el que la persona lo dice y se califica integralmente con lo concreto de la sustancia ‘Bondad’, por eso, en tal momento es buena, a parte también de que lo que expresa o dice se ha considerado ahora en cuanto al fondo como precedido por lo bueno in concreto. La forma en este caso sí interesa, pero de manera secundaria. Primero hay que Bien-decir, y luego ocuparse del decir-bien.

Un significado más amplio que se le puede atribuir a la palabra ‘Bendecir’ y a la palabra ‘Bendito’ es la de que en el momento en que una persona ‘Bendiga’ o diga ‘Bendita seas’ a otra, es que, y como complemento del significado anterior, se quiere que la persona aludida sea Bien recibida por Dios, en ese momento y para después, siendo equivalente tal expresión a decir: ‘…que Dios te acompañe…’La palabra ‘Bendita’ tiene como respaldo tal significado el que es utilizada en varias oraciones, súplicas, rezos, que en determinadas religiones la utilizan para designar sobre todo a la Virgen María y en diversos documentos de tipo religioso denotando esta palabra una importancia que va en contacto con lo sobrenatural. Y es que, reiterando, las palabras conservan su significado independientemente de que nosotros lo conozcamos, incluso que ignoremos parte o en todo el idioma en el que hayan sido manejadas, y no solamente porque está respaldado en la historia del hombre y en sus escritos -libros, diccionarios, tradiciones, etc.,- sino porque algunas de ellas tienen una conexión especial con lo que es más allá de lo natural y humano, frases y palabras que, aunque no se sepa su significado, de todas maneras surten sus efectos.

Lo que es lamentable es que las personas en su afán por cumplir el estereotipo que socialmente se les impone, solamente se contenten con frases o palabras mecánicas en su expresión y huecas en su intención y significado. Saluden sin saber que se trata de salud, digan ‘buenas noches’, sin saber que en realidad no se trata más que de una despedida sino de un deseo bueno hacia el otro. Las frases como estas parecen que tienen más por objetivo contentar o ver ‘con buenos ojos’ (¡otra expresión de esas…¡) a las personas que las dicen y que se puedan apreciar como si tuvieran ‘educación’ o actitud positiva que a quienes originalmente van dirigidas. Por ejemplo, si digo ‘¿Cómo estás?’ no es tanto, -cuando se hace la pregunta sobre tiempo, cuando hay prisa- saber en realidad sobre el otro sino más bien es un signo de simple cortesía que califica así a quién lo expresa y no a quién tiene la licencia para responder. Quién dice en estas situaciones forzadas ‘¿Cómo estás?’, lo que quiere en primer lugar, aunque parezca lo contrario, es que sea escuchada y vista como atenta aunque tal vez quién tenga mucho mayor necesidad de ser escuchado sea la persona a la que se le preguntó.

La rutina en el empleo de tales palabras que solamente enuncié nos muestra que las apariencias para las personas son de suma importancia aún y cuando se trate de manifestaciones tan simples como los llamados ‘saludos’. Tal vez de lo que se puede inducir de lo anterior es que el lenguaje nos revela qué tan alejados estamos en realidad tanto de nosotros mismos como de los demás.

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3 comentarios en “De las palabras prohibidas

  1. Magistral, formato de tu blog! ¿Cuanto tiempo llevas bloggeando? haces que leer en tu blog sea divertido. El uso total de tu web es currado, al igual que el material contenido!
    Saludos

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  2. Pingback: El verdadero éxito cueste lo que cueste  – ¿Qué dicen?

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