Puntos débiles de la democracia – ensayo completo-

Partiendo de que la democracia actual es una cualificación que recae en la forma de gobierno de la mayoría de los países occidentales siendo reconocida desde la ley fundamental respectiva junto con una serie de valores bajo la forma de derechos o garantías; he observado, no obstante, que algunos de estos supuestos contemplados y respaldados por la vía legal-reglamentaria no han sido suficientemente acusados en importancia y con un discurso razonador.

De los valores de la democracia que, a mi parecer, no han sido eficazmente transmitidos en punto a la razón sino, más bien, han sido en cierta medida supuestos en su aplicación son tres: libertad, tolerancia e información. Trataré de demostrar que la capacidad razonadora de estos, y otros valores, es la clave para interpretar y resolver ciertos problemas actuales que amenazan al sistema democrático mismo, a pesar de que varios de ellos se originan en su propio contexto.

Libertad

Sé que la palabra libertad encierra una complejidad tremenda que va desde la discusión del término así, sin más, de forma abstracta en el pensamiento filosófico como facultad inherente ya sea por esencia, sustancia o accidente a la voluntad, hasta la discusión filosófica, (incumbe secundariamente a las demás ciencias sociales), que trata de situar su aplicabilidad en la antigüedad, en la modernidad y como causa, o pretexto, para iniciar desde el movimiento del Renacimiento y la apertura a la duda metódica, hasta el inicio kantiano de la Ilustración, pasando por las revoluciones que reivindican, junto con el valor de la igualdad, las tendencias socialistas de interpretación de la historia y del acontecer cotidiano del hombre como su sujeto.

Pues bien, no siéndome ajeno el contexto histórico que, por mis circunstancias, he de darme cuenta como un testigo de segunda o tercera mano sintiéndome en vez de sujeto un sujetado por él, explico de lo que por observación he captado sobre la aprehensión y toma de conciencia del valor mencionado por vía del trato interpersonal de quienes, falsamente he supuesto como capaces, han estado en contacto en el mismo nivel testimonial que yo, pero, no solo eso, además disponen de una información y facilidad para su encuentro que, no obstante, penosamente han interpretado y aplicado de forma limitada, de lo que advierto ciertos riesgos que explicaré.

La libertad es uno de los puntos que se desarrolló antes y luego después, a la par, con la democracia, basándome en lo que dice Sartori en el libro “Cómo hacer Ciencia Política”. Entiendo que la libertad haya sido buscada de forma consciente por los sujetos de la historia, por aquellos hombres y mujeres que debían y tenían que cambiar su situación cotidiana no solo por la libertad en sí misma, sino por motivos de sobrevivencia. Esa es la lección que, independientemente de otras, he aprendido sobre este valor que históricamente se ha conseguido, causa y fruto de la independencia de las Trece Colonias de Norteamérica, su influencia ilustrada, la Revolución Francesa, las -revoluciones- que atañen a las colonias Latinoamericanas, etc. Pero hay otra cara de la moneda que me permite ver que la libertad encontrada ahora, interpretada y re-interpretada (cuestión distinta y que no supongo) fue una traición a la Ilustración y todo lo que en el siglo XIX arrastró. Esa traición se concreta en las dos grandes guerras del siglo XX y en la imposición por la Guerra Fría del socialismo marxista literal, por decirlo de algún modo; sin dejar de lado el capitalismo que, a su modo juega, y sigue haciéndolo, con el concepto de libertad tratándolo no como una relación de exclusión del grillete o la cadena (en sentido figurado) sino como una imposición mercadológica que cosifica sin necesidad de estar amarrado.

¿Qué he captado por simple observación en referencia a la libertad?

Desde lo simple, un término que no se sabe bien a bien cómo definir pero que, sin embargo, se sostiene a capa y espada. Una idea vaga desligada del aprendizaje histórico y que se utiliza como cliché para comprar y vender cualquier producto.

En efecto, pregunto ¿qué es la libertad? Y la peor respuesta que he encontrado es: “consiste en hacer lo que me dé la gana” o, menos peor, “hacer lo que quiera siempre y cuando no dañe a los demás”, lo que algunos han llamado simplemente libertad negativa. Esta concepción, que parece no inmutar a nadie, es un peligro cuando se maneja a escala comunitaria, aparentemente inofensiva cuando es la expresión “espontánea” ante la pregunta sorpresiva.

Tal concepción de libertad, que se define popularmente a medias, es reinterpretada por diversos actores sociales como los medios de comunicación y la escuela en ámbitos distintos que hasta, en veces, parece que son excluyentes dejando como víctima y final resolvente a la familia por las contradicciones en su aplicación, a tal grado que la libertad forma parte del contexto de lo que llaman “democracia-familiar” en la que se ve disminuido el rol de autoridad de los padres o, en el ámbito educativo, forma parte de una descripción de la personalidad (por ejemplo: abdicrática, democrática, autocrática, etc.) como una forma desesperada de incorporación a la agenda académica que se roba terminología filosófico-política para “formar” a la generación llamada Millennials.

Saltando la interpretación netamente histórico-política y en consonancia con la filosófica, el pensamiento y aplicación de la libertad en una buena parte de los ciudadanos es solo de carácter psicológico pobre, lo que he llamado antes como “psicología barata”, donde la libertad sirve como un concepto auxiliar que soporta, al igual que otros, la conducta cotidiana de lo que Heidegger llegó a decir en su libro Ser y Tiempo el “estado de interpretado” de la “existencia inauténtica”. De esta forma la palabra libertad resulta ser un comodín explicativo junto con otras como: igualdad, tolerancia, diversidad, educación, cultura, familia, etc., hasta la misma palabra democracia es supuesta como concepción ajena y netamente parcial.

Entonces, como por vía de observación he captado directamente y a través de diversos medios de comunicación, el término que estoy discutiendo es dado por supuesto, es decir, se emplea de forma ambigua y charlatana, siguiendo al autor alemán comentado. No existe un esfuerzo de interpretación de la palabra libertad porque la persona cree que ya la tiene, preguntándose posiblemente ¿para qué la pienso, si ya sé de qué trata? O ¿para que la busco si ya la tengo, es más, si soy así: libre?

Vuelvo a la advertencia, parece que es inofensivo que un estudiante universitario o de nivel medio, fijándome en los que grupalmente tienen más alta probabilidad de leer y escribir por pertenecer a tales instituciones, no tenga un concepto claro de la palabra libertad, hasta en tanto esa dejadez interpretativa se hace sentir como indiferencia conceptual comunitaria.

Parece que es explicable, no por ello justificable, que aquellos que no han luchado en nombre de la libertad no la busquen o la reinterpreten, por la sencilla razón de que su zona de confort en cuanto cosmovisión del mundo, “el Uno” heideggeriano, los atrapa sin presentarles la búsqueda, ya que el consuelo interpretativo es fácil de encontrar en nombre, precisamente, de la libertad tan puesta como pretexto juvenil de rebeldía desde los años sesentas, pero sin salir del contexto pre-establecido. De esta forma, la libertad de pensamiento se traduce en la posibilidad de escribir en las redes sociales una mentada de madre al presidente en turno como rebeldía que, a la vez, no se rebela de la forma de expresarse. Se me haría dable suponer, sin conceder, tal conducta en alguien de 15 años, pero resulta común en quienes ya tienen cerca, o más, de tres décadas de existencia.

La zona de confort o, siguiendo al pensador alemán, el “estado de interpretado” del término en comento no va a ceder frente a la espontaneidad del pensamiento, aunque se trate de una rutina sofocante, pero auto-justificable, del ciudadano promedio; excepto cuando se trate de experiencias personalísimas como la muerte, el amor, el ser, Dios, etc., que remiten a un cuestionamiento profundo sobre el tener y el ser en el aquí y ahora, pero esta solución es parcial y sigue los mismos caracteres de individualidad soportados por el capitalismo de nuestro tiempo, aunque el pensarse como ser y/o en el papel de hijo (de Dios) puede ser todo un reto de cambio y re-pensamiento de cualquier persona. Añado otra excepción que permite la salida del estado de interpretado más allá de los alcances de iniciativa individual como los anteriores, consiste en situarnos en la demanda social ante un acontecimiento que inicialmente es manejado por “el Uno” en forma de paquetes noticiosos lejanos a la experiencia individual e interindividual, es decir, noticias que se ven de lejos, sin ni siquiera sentirse ya que la descarga de la conciencia es manejada con un consuelo psicológico barato y conformante a la rutina, me refiero por vía de ejemplo al clic del “me gusta”, el re-tuit, etc., manejados tan comúnmente a través de las llamadas redes sociales virtuales; tales acontecimientos impactan comunitariamente a la sociedad cuando los alcances afectan la cotidianeidad grupal, de ahí la excepción. Tal cambio de gradación en importancia se observa en América ante la ola de crímenes cometidos en Medio Oriente entre Israel y Palestina, lo que algunos ni siquiera les merece, muy a mi pesar, ni un comentario, hasta el grado al que se llegó con el ataqué terrorista en el que la víctima fue Francia, grado mayor de consideración aunque “el Uno” se encarga de interpretar la vida para que cumpla su funcionamiento normal, no tanto lo puede con los palestinos, israelíes y franceses,  sí y en forma desahogada en el resto de los países cuya distancia es mediada por el océano.

El problema de “el Uno” heideggeriano y que es necesario traer de forma explícita, es suponer toda una red de relaciones tanto de objetos a la mano, como de relaciones junto a otros y para otros dadas de golpe, en el contexto del capitalismo actual, como si el “estado de interpretado” fuera siempre el mismo de acuerdo con el tipo de economía dando la impresión de que es una interpretación de la cual no queda de otra, pero esto es un auto-engaño tratándose en general y en particular en el tema de la libertad.

El “estado de interpretado” se mueve en un círculo de posibilidades de expresión en el que participan diversos agentes de forma grupal: gobierno, iglesias, sindicatos, medios de comunicación (incluidas las redes sociales virtuales) tanto de forma intra-estatal como interestatal. El ciudadano promedio está acostumbrado a tomar como fuentes de referencia, tanto positiva como negativa, a estos actores que le hacen el favor de descargarlo de pensar por sí mismo. El estado de interpretado surge de fuentes que tienen el poder institucional y que se imponen en lo que se llama “espacio público”, expresión engañosa que tiende a prestarse a la confusión cuando se emite la opinión como pública junto con la publicada y que, antes de la expresión, es reconocida por el estado comentado como si fuera de acceso realmente público, siendo que son unos cuantos los que tienen la capacidad real de interpretar y seguir interpretando los conceptos a nombre de los demás.

Sería un error pensar que el “estado de interpretado” se hace valer en un espacio público cargado de valores que ya han dado de sí en su búsqueda, porque tal espacio público no es estático, sino que es constantemente provocado en su quietud por los mismos agentes que se encargan de interpretar la realidad individual. De esta manera vemos como, de pronto, llega en época de elecciones una especie de “mesías” salvador de la “esclavitud” y, por ende, un representante muy a su modo de la libertad que por vía de identificación por la causa personalista de quien es candidato, busca en el público afinidad. Tal necesidad de identificación, a través de un salvador de una esclavitud interpretada a medida, responde sin miramientos a una necesidad interna de identidad que supla la aplastante cotidianeidad de quien se siente inútil en la historia, casi como si ésta estuviera muerta en lo cotidiano, por eso los votantes lo reflejan con un “sí se puede” en su necesidad de formar parte de un simple cambio, por patético que sea, aunque limitado tanto como al simple sufragio: votar y ser votado. La necesidad de identificación surge, además, para suplir la deficiencia en la interpretación dinámica del concepto de libertad que padece la mayoría de las personas las cuales, sabiendo leer y escribir y estando en nivel educativo medio o, de plano, superior, no la hacen, sino que la suponen de forma estática como ya dada. En la actualidad es común el caso del candidato por el partido republicano de Estados Unidos, Donald Trump, quien representa de forma unipersonal una reinterpretación del concepto, entre otros, como supletorio del deber ciudadano de razonar el término libertad de forma dinámica. Trump representa, a su vez, la necesidad de un buen número de personas que en su cotidianeidad no hacen más que la rutina diaria en medio de una historia llena de sujetados interpretados desde el ambiente familiar en el que acceden los medios que ofertan productos, hasta el ambiente escolar en el cual se suponen los derechos que otros activa e históricamente buscaron.

Lo curioso en aquellos que controlan la interpretación del espacio público a través del poder que tienen, ya sea de forma unipersonal o grupal-corporativa, es que hay sucesos que desafían su capacidad interpretativa y de influjo, de tal manera que en el esfuerzo por captar y asimilarlos provocan que una parte de la masa (el Uno) empiece a sacar sus propias conclusiones, independientemente de qué tan verdaderas o verosímiles sean, caso concreto: el ataque a las Torres Gemelas, hecho que despertó un sinnúmero de conciencias, similar a otros acontecimientos, donde la capacidad interpretativa de quienes tienen el poder del espacio público fue a la par de un buen número de ciudadanos quienes formularon desde pequeñas hipótesis hasta teorías de la sospecha, aunque, en realidad, el manejo afortunado de la información de la que disponen los medios masivos de comunicación y ciertas estructuras de gobierno permite tener en sus respectivos agentes un mayor margen de maniobra interpretativa.

¿Pueden nuevos agentes entrar en el espacio público para desafiar la interpretación oficial de la historia?

Mi pregunta es, en cierto modo, ociosa porque la respuesta es obvia. No solo es afirmativa, sino que siempre lo ha sido; pareciera ocioso, entonces, plantearse lo del “estado de interpretado” en el que actúa la masa, el Uno, lo cual niego.

Los que hacen la labor de pensar, catalogados como pensadores en su acepción más general que engloba, a mi juicio, a pintores, músicos, escultores, escritores, científicos sociales, filósofos, etc., siempre, ya sea de forma evidente o no, han planteado sobre la mesa de cualquier ambiente de discusión, en veces con el riesgo de la propia vida, aquellos temas que hacen despertar del letargo incluso a los más despistados. Pero lo que he notado es que, en la actualidad, con el nivel de interpretación pobre de la realidad en forma de discursos cortos, memes, emoticones, tuits, etc., los discursos que invierten la dinámica de pensamiento son cuestionados ante la incapacidad de interpretación y la desesperación por obtener un mensaje corto.

Ante este panorama los pensadores que toman una pequeña porción del espacio público, concretamente algunos medios de comunicación y sobre todo las escuelas, tienen una labor ineludible para excitar el pensamiento dinámico, más allá de las necesidades regionales-empresariales o de utilidad esperada bajo un cierto perfil de egreso. Tales pensadores ya no se pueden dar el lujo de interpretar la realidad a la luz de ciertas teorías que reflejan, a lo más, la interdisciplinariedad sino, más bien, tienen que empezar como hace más de dos mil años lo hizo Sócrates, con el método de la mayéutica. Si hacemos las preguntas correctas en lo que se ha llamado la “era de la información”, entonces, dejamos la inquietud de que sea respondida de forma contestataria al espacio público dominado, aunque sean teorías que, al final de cuentas son cosificantes como las de la sospecha, pero el meollo es que las preguntas no sean limitadas sino planteadas como un flujo constante.

El riesgo de no plantear dinámicamente la libertad, es decir como una conquista histórica que otros ganaron pero que, en el presente, es una materia pendiente y que tanto personal como comunitariamente se debe de obtener, es que las fuerzas dominantes del espacio público se encarnan en ciertos sujetos que personalizan la interpretación denigrando contenidos históricos y a los sujetos actuales de ellos. La coyuntura que forma la base de conquista de poder solamente es cuestionada cuando llega el “mesías” de forma evidente, pocos son los que cuestionan el proceso de llegada.

Aunque la solución que propongo en la interpretación de la libertad por parte de quienes ocupan un espacio público escolar es de aplicación constante, de tal forma que no he descubierto el hilo negro, cabe destacar la necesidad, no siempre reconocida, de que sean los estudiantes y profesores de filosofía, en primer lugar, seguidos de quienes tienen la misión de transmitir conocimientos de ciencias sociales quienes deben interpelar, cuestionar hasta el cansancio, a la sociedad e implicar en tal labor a los educandos, incluso sin esperar la adaptación del saber del estudiante a los nuevos conocimientos de acuerdo a una visión contextual (según el sistema de competencias basado en el constructivismo que supone un estado de interpretado y que en realidad no llega al nivel teórico, como aparentemente lo hace creer), sino a través del miedo. El miedo a perder lo que otros obtuvieron es un arma imprescindible que es catalogada, al día de hoy, como un elemento tabú en la educación. Es el miedo a la muerte lo que despertó a varias personas que se hicieron pensadores en el siglo XX, junto con el miedo a perder la poca libertad que se poseía. Tal miedo si bien es verdad que procede del contexto, me atrevo a decir que se inculcaba en el aula. No me refiero al miedo psicológico de suyo limitado como el lector de estas líneas puede observar. Las estrategias para infundir miedo, al tratarse de un tema tabú en la educación, son escasas y las que se efectúan comúnmente obedecen a intereses personales, fallas en la personalidad de quien es docente, siendo que las estrategias a las que me refiero pueden tener tintes políticos generales sin necesidad de que sean interpretadas a la luz de la psicología educativa como defectos en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Si la estrategia para infundir miedo es de carácter político y se instaura a través de asociaciones civiles entonces, irónicamente, estaremos utilizando el espacio público en el que suele darse evidentemente el “estado de interpretado” para beneficio de quienes son sus receptores, en vez de esperar, como da a entender Heidegger en la obra antes citada, que cada quien salga de “el Uno” al confrontar por sí mismo su ser-ahí, con y para otros, con la muerte y su respectiva libertad. Entre más miedo se tenga por perder la libertad, más consciente de ella se estará. Pero trátese de una libertad comunitaria amenazada en forma grupal, para que su defensa sea más allá del despertar netamente individual. El miedo se inculca, no al profesor, sino a la forma social por él enseñada, de ahí la estrategia que permite cuestionar la libertad a través del miedo a aquello que de forma latente se corre el riesgo de perder y que se debe conservar como un interés supra individual.

Esta aplicación del miedo como factor de aprendizaje en el sistema educativo en realidad no es nueva, los ejemplos de carácter político-histórico sobran y también aquellos que no ponen el foco de atención en este tipo sino en otros cuya naturaleza es, aparentemente, distinta; por ejemplo, dos temas que se han inculcado a través del miedo: el cambio climático y la apariencia personal donde, en el primero, he observado un miedo que va desde el punto racional como a perder las bondades que ofrece la naturaleza física a través de sus diversos recursos: agua, árboles, animales (biodiversidad) etc., a causa de la contaminación generada por el hombre en sus múltiples actividades que afectan el clima; hasta un miedo, o angustia, por la misma pérdida pero con una actitud francamente derrotista con respecto al futuro, a tal grado que dentro de la posible agenda medio-ambiental parece encontrarse una política demográfica oculta con tintes maltusianos, dándose pensamientos que fingen decisiones libres: no comer carne y hacerse vegano, no tener hijos (neo solteros o nuevos matrimonios) hasta para promover el aborto socialmente selectivo. En el segundo tema, el de la apariencia personal, el miedo a perder una apariencia que se ha perfilado como un ideal en sí mismo bajo el pretexto del cuidado a la salud, ha sido una política declarada abiertamente por los gobiernos que se dicen con problemas relacionados: mala nutrición, obesidad, diabetes, hipertensión cuyo combate junto con la iniciativa privada han implementado ciertos sistemas de control que van desde la propaganda netamente enfocada a aquél que “libremente” decide cuidarse hasta programas reguladores y asistencialistas del cuidado a la salud; aunque la iniciativa privada aprovecha la agenda gubernamental para imponer su razón muy a modo, como el consumo de agua embotellada, con el mismo pretexto a ciudadanos que teniendo la posibilidad de consumir agua a través de la infraestructura pública no hacen ni el intento de obtenerla como servicio público; esto lo digo del agua, sin hablar de pastillas para adelgazar, aparatos para hacer ejercicio, galletas “nutritivas” y un largo etcétera.

Como se puede observar, el factor miedo no solo va incluido tácitamente en el sistema actual de enseñanza-aprendizaje de diversos niveles educativos tanto públicos como privados formando parte de una agenda de temas “preocupantes” que promueve el gobierno sino, además, a través de la libre empresa los particulares aprovechan las ventajas de la explotación del miedo en este tipo de temas sacando frutos netamente económicos, igual de forma tácita. Por ejemplo, ¿A quién le teme alguien que dice que no quiere tener hijos porque este mundo se va a convertir en una “porquería” ambiental? No, no es al profesor de Ecología (Medio Ambiente) ni a la universidad a la que se le va a temer, sino a la idea misma que fue enseñada, pero es asimilada suponiendo la libertad. Este es un ejemplo de cómo el miedo se puede inculcar en el sistema de enseñanza-aprendizaje a través de un agente personal, llámese profesor o universidad, quien traslada dicho miedo inculcado hacia la idea en sí misma provocando un cambio en la forma de pensar la realidad donde el miedo no desaparece porque cambie el agente, clásica interpretación psicológica-individual, ya que son muchos agentes que aprovechan la autoridad moral para dar a conocer el mensaje dejándolo, por decirlo de algún modo “vivo” con independencia del agente que lo emite. El miedo del que hablo se inculca veladamente en forma comunitaria, admitiendo que se trata de una asimilación a través de un “estado de interpretado” de la libertad en un inicio. Es donde los filósofos pueden ahondar para diferenciar el miedo como reacción individual de la social y enfocarse, a través de la Filosofía y otras ciencias, a la libertad como fenómeno dinámico cuya conquista no termina. Por esto debe de haber un tronco común filosófico que aglomere en torno suyo a la Filosofía y al resto de las ciencias sociales a través de una agenda interdisciplinaria que funcione por iniciativa de las organizaciones civiles que agrupan a tales académicos, al menos es esta mi propuesta.

Alguien podría argumentarme que el miedo no es el único factor, con lo cual concordaría, la caridad y esperanza, por ejemplo, también lo son, pero, seamos sinceros, el miedo surte efectos rápido y va más ad hoc con la globalización actual. Como antecedente del miedo impulsado implícitamente en una causa social tenemos a la misma religión antigua, a la medieval, al movimiento de la Ilustración por parte de los conservadores primero, de los liberales después para no perder lo supuestamente ganado; en forma de incertidumbre y angustia existencial después de las guerras mundiales del siglo pasado y el miedo colectivo que estuvo detrás del sentido de previsión en la Guerra Fría.

Tolerancia

Antes de desarrollar este subtema, pongo la definición básica a partir de la cual haré mi interpretación. Entiendo por el término en concordancia con la Real Academia Española, según el sentido número dos:

“2. f. Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.”

Esta es la definición que se ha ido aceptando regularmente desde finales del siglo pasado. Aunque parece que la misma se confunde con la indiferencia, lo cual explicaré.

Como se puede observar, la definición inicia con un acto voluntario: respeto, basado en un conocimiento: ideas, creencias o prácticas, además de que deben ser conocidas de tal manera que sean distintas de las que el sujeto tenga como para considerarlas diferentes solamente o, como lo dice el concepto, contrarias.

Esa es la distinción con respecto a la indiferencia, en esta no existe tal conocimiento que obligue con presión interna, por sí, a desplegar el respeto por vía de la voluntad; o bien, puede existir el conocimiento, pero es prejuiciado de diversas maneras, resultando ser incompleto en la captación, de acuerdo a la circunstancia, de lo real. La cuestión es que el respeto a las ideas de los demás, en forma concreta de la tolerancia, se permite de forma negativa, como un no hacer o abstenerse de cuestionar, por no decir de molestar, a quienes se “supone” piensan distinto. Este es el punto de confusión que radica en la suposición de lo real del pensamiento ajeno sin ser analizado previamente; tal suposición se deja sentir por medio de un conocimiento ligero de la realidad al ser pensada como diferencia social, de tal manera que se atribuye el término de “tolerante” a alguien que respeta las opiniones, por no decir que en realidad se aparta, de los demás con tal de no salir perjudicado en una posible confrontación de ideas, lo que revela una especie de sumisión al qué dirán o, en otros términos: pusilanimidad, que se muestra bajo la apariencia de frases como las siguientes: “cada quien tiene su verdad”, “cada cabeza es un mundo”, “nada es absoluto, todo es relativo”, “cada quien tiene derecho a pensar distinto”, etc., frases que ya había analizado en otro lugar.

La verdadera tolerancia, sostengo, no es de carácter solamente negativo, el cual no niego, sino que se complementa con la actitud positiva de, en efecto, conocer el pensamiento del otro lo más completo como sea posible y, a la vez, reconocer qué aspectos positivos o negativos tiene con relación a la propia jerarquía de valores e intereses y, como compromiso ciudadano, hacer la comparación con la jerarquía valorativa que impera en nuestra sociedad. La primera distinción es alcanzable por cualquier persona y depende de su contexto cotidiano de aprehensión, aunque no es tan fácil porque para distinguir el pensamiento ajeno es necesario distinguirse a sí mismo de los demás, digo, atendiendo a la frase básica del autoconocimiento socrático (“conócete a ti mismo”), lo cual es impedido de forma constante por tantos rasgos evasivos que muestra el capitalismo actual, a la vez, reconozco, que la segunda distinción en cuanto a la aplicación del término no es del todo alcanzable por cualquier persona, es donde se aprecian con más claridad las limitaciones de una parte del sector educativo y de sus diversos agentes por mostrar la importancia de las cosas que afectan a la comunidad en distinción con las cosas que le interesan, le agradan o, simplemente, le distraen en cuanto personas aisladamente consideradas.

Es común que la tolerancia se espere como reacción ante una información captada y que socialmente requiera de una mínima comparación para demostrar el valor practicado y que no es exclusivo de la democracia. Otra actitud sería, en vez de practicar la tolerancia como una reacción ante la captación de un contenido, se procurase captar voluntariamente los conocimientos que a posteriori requieren del ejercicio de dicho valor, cuestión ésta más difícil porque el común tiende a confundir, como ya decía, la información importante con la interesante, el gusto con el interés, el gusto con la habilidad. Esta es otra de las caras de la indiferencia que simula, solo ante algunos, el valor ya varias veces mencionado. Por ejemplo, de “x” circunstancia que política y económicamente afecta a “fulano”, quien a pregunta expresa decide descargarse de la responsabilidad de tomar una posición al respecto desde diciendo “…no me enteré”, hasta un “…no me interesa”, la cuestión es ¿no te interesa porque no es importante, es decir, no te afecta? O ¿no te afecta, no importa, porque no te interesa?

Existe un buen número de personas que no se enteran suficientemente de ciertas situaciones que les afectan en su vida cotidiana y que, sin embargo, no les interesa saber de ellas derivado esto de algunos prejuicios, o bien, de la acción inhibitoria de información de los medios que la disponen. En el primer caso tenemos un nivel de indiferencia que muchos toman como tolerancia pero que es peligrosa no tanto a partir de un sujeto aislado sino de la conducta observada de forma comunal o grupal; es aquí donde la democracia, que exige transparencia y acceso a la información, corre cierto peligro porque el contrapeso del ciudadano promedio no se deja sentir ya que espera la información con una actitud pasiva reaccionando solo en el caso de que algún medio de comunicación o circunstancia, en varias ocasiones de tipo personal, se la presenta, cuando en el proceso del acontecimiento de no prestarse el interés subjetivo puede resultar, al final de cuentas, una conducta comunitaria cuya respuesta es tardía.

Aparentemente no hay problema alguno cuando la posición personal es distinta o contraria a la de otro, de esta forma el ejercicio del valor mencionado es, hasta cierto punto, fácil de aplicar; pero parece que el punto de facilidad disminuye cuando se masifica un punto de vista individual y forma parte, incluso, de la identidad grupal de las personas. No falta que, según este último aspecto alguien diga que es lo mismo y que, simplemente, se trata de la coincidencia en las personas. Pero esto ya no es sino un engaño en el que se fuerza la interpretación de dos fenómenos distintos bajo la misma palabra.

La masificación de una determinada cosmovisión o, dicho en términos sociológicos, ideología, supera el simple respeto como acto voluntario inicial de la tolerancia. La masificación de una ideología por parte de quien está interesado en difundirla depende en buena medida de factores de poder, mismos que pueden ser de diversa índole en relación a la consideración social de la fuente del mismo, por ejemplo, no es igual la masificación a partir de una conferencia en la que veladamente se puede sostener una ideología como accesoria a ella,  a otra en que la ideología sostenida en un salón de clase los estudiantes pueden tenerla por referencia de autoridad o por propia convicción, otra es la que procede de los medios de comunicación en relación a los productos que ofrecen y otra más es la que procede de aquellos cuerpos políticos cuyos destinatarios son desde los conglomerados sindicales, partidarios, hasta la agenda educativa de todo un pueblo a nivel nacional o internacional.

Por lo expuesto, claramente notamos que la masificación de una ideología por parte de sus agentes exige respeto, tolerancia, en el proceso, es decir, en la masificación misma cometiendo, en la mayoría de las ocasiones, la falacia de confundir el grupo con el individuo que forma parte, cuando se exige el cumplimiento del valor citado como si fuese solamente un movimiento intelectual individual cuando, lo que no se suele decir, es que se trata de la tolerancia no tanto al movimiento ideológico sino a la masificación y llegada al poder. Pongo un ejemplo para ilustrar lo que menciono, en el caso del tema del aborto, palabra de por sí discutida, hay dos posiciones genéricas, sin entrar a detalles, en forma de dilema y como pregunta: o ¿estás a favor del aborto- en tal o cual situación- o no lo estás? La pregunta refiere una respuesta individual que perfectamente reclamaría, cualquiera que fuese, tolerancia de quien pregunta. Otra cosa sería cuando un grupo de personas tiene la misma intención valorativa al sostener tal o cual posición, y es que la conducta grupal organizada no es solamente la suma de las individuales, sino que comúnmente tienden a conquistar el poder político para que tal posición se afirme en respaldo de un interés general que, originalmente, va más allá de quienes la sostienen. Es en este momento donde se comete la falacia mencionada, ante la pregunta ya pluralizada ¿están ustedes de acuerdo con el aborto en tales circunstancias? Exigirían, quienes respondan, la tolerancia de los demás como efecto “erga omnes” pero enunciada como si fuera un pensamiento individual.

El fenómeno de poder que acompaña la masificación de una ideología encuentra en aquellos que no ejercen su libertad, porque la suponen, una especie de caldo de cultivo donde la tolerancia solo es aplicada en sentido negativo y solamente como reacción ya que se confunde, repitiendo, el proceso de masificación con la opinión meramente personal e individual. El poder que acompaña y afianza a la posición masificada requiere de un discurso inicialmente dado como referencia positiva a quienes lo sostienen y como referencia negativa como respuesta a los posibles objetores. La ideología masificada exige, por vía de sus representantes, tolerancia por una simple expresión personal, falacia que trata de confundir a los posibles objetores con un enfoque que no va a poner a dudar o cuestionar la jerarquía de valores propia o individual. Así, mientras el discurso de la ideología es protegido por la obsesión -democrática- de la tolerancia de los demás va afianzándose sin contrapesos no tanto ideológicos sino racionales en el discurso. De esta forma el espacio público en la democracia actual es vulnerable a discursos que se masifican bajo el amparo del silencio no tolerante sino indiferente porque lo poco que se sabe del otro, aunque, en el fondo son los otros, es visto como inofensivo.

¿Cómo es posible que a través de los cauces democráticos se expresen intenciones que atacan los principios básicos de la democracia que rigen la convivencia?

A nivel grupal, las ideologías se respetan, toleran, cuando ninguna de ellas ha tenido el acceso directo al poder político para generalizar sus pretensiones, en vez de luchar en una dinámica para evitar las situaciones reales de acceso a tal poder; al menos, este es el enfoque de actuación que demuestran a los sujetos aisladamente considerados a quienes usualmente se no se les toma en cuenta a través del manejo transparente de la información. Los ataques se recrudecen cuando uno de los grupos ideológicos logra conquistar el máximo poder, por ejemplo, tener representatividad a través de diputados o senadores; el grupo que es minoría actúa en franca pugna con aquel que legítimamente, ese es el discurso, ha obtenido la posición querida por ambos. Aquí es donde se muestra la información incompleta pero que exige de los grupos contendientes la tolerancia hacia el individuo aislado, en forma de la falacia comentada, el proceso de llegada al poder solo es discutido por un grupo minoritario en comparación con el grueso de ciudadanos que van a ser los destinatarios de “x” legislación que en un futuro impondrá por el voto, por la publicidad, por aparente convencimiento pues, el grupo empoderado. La racionalidad del discurso solo existe, en su forma más completa o plena, entre quienes piensan debatir con sus adversarios, pero es ausente para el grueso de la ciudadanía que tolera negativamente. No es de extrañar que ante la falta del hábito de la cuestión partiendo de la cotidianeidad y sin menoscabo de lo que va más allá de lo contextual personal, haya quienes adoptan ideologías para tener una forma de explicarse su existencia y su utilidad ante sí, sean contrarias a los fundamentos básicos de la democracia, donde, en ocasiones, lo irónico es exigir tolerancia al propio pensamiento de ideas francamente intolerantes. La legislación regula mínimos, dentro del sistema liberal, dejando de lado la sanción de tipo moral, solo la ley es ejemplar para evitar no tanto para procurar. A la vez, la interpretación legalista en la que se teme errar solo desde el punto de vista netamente jurídico es de suyo tan limitada ante el discurso antidemocrático que solo provoca una reacción política-judicial cuando el discurso promueve lo estrictamente prohibido, como las conductas agresivas ante quienes piensan distinto a la ideología y grupo empoderado. Por esto, es posible que en la democracia actual un individuo se aísle del resto porque crea que es su derecho, adopte una ideología como forma de explicarse el mundo bajo el amparo de la tolerancia, en su sentido negativo, visto como inofensivo hasta en tanto no se vea involucrado jurídicamente, eso sí, en el plano de la seguridad nacional o no dañe la cotidianeidad grupal de los demás. El sentimiento de inutilidad y vaciamiento existencial es compensado de forma preponderantemente psicológica-afectiva para quien, lo único que quiere, es aceptación, bajo la forma de la tolerancia negativa no tanto a través del discurso razonador que unifica, a quien trata de ser distinto inicialmente dentro de los cauces democráticos pero, al sentirse unificado o, mejor dicho, uniformado y aprisionado por la ideología dominante que lo subestima recurre a explicaciones de la realidad que contrarían los avances que ha registrado la historia y que se concretan en la república liberal y democrática. Tal aislamiento es soportado como inofensivo, pero resulta que estamos en una época en que la tecnología aísla solo en el plano físico, porque en el tecnológico lo que hace, por ejemplo, a través de las redes sociales virtuales, es buscar un soporte bajo las más variadas formas dentro de las cuales es la identificación con quien tiene, inicialmente como opción, una forma distinta de ver el mundo que brinda identidad psicológica y distinción de la propia circunstancia porque el discurso es, aparentemente, reaccionario, contestatario del sistema al que se pertenece por no quedar de otra.

El discurso, por ejemplo, de Donald Trump no rompe las reglas que son mínimas, al parecer, pero incita a la discriminación. Por otra parte, el discurso extremista de grupos radicales se inicia al hacer la comparación de estilos de vida entre quienes, al menos teóricamente, se suponen iguales, esto es lo que sucede con la forma de ver Occidente de aquellos que tratan de seguir los cauces democráticos pero que, en el fondo, tal asimilación es superficial porque no se sienten integrados al sistema pues provienen de otro lugar cuya cosmovisión es distinta, posible razón del origen de los mismos.

La tolerancia requiere, como he dicho, de un discurso que está compuesto de dos partes, la principal es la razonadora y la otra es la afectiva-emocional. El discurso como tal no puede carecer de la segunda porque le resta motivación, aunque sea de tipo externo, pero indudablemente que no debe carecer de la primera porque en la democracia de nuestros días se trata de convencer con argumentos (y con hechos) sobre la conveniencia, o no, de la visión o ideología de lo real. La convicción sobre lo real como lo mejor, o lo menos peor, como se dice del mismo sistema democrático todavía, se afianza a través de varios agentes que permean la ideología. Lo real abstracto no es posible concebirlo de forma social, lo real socializado es lo que llamamos democracia, no estoy definiendo este último término, estoy enunciando la condición que hace posible pensar lo real como ideología social en donde cabe en última instancia después de pensarse a sí mismo como alguien que actúa en medio de y con circunstancias netamente propias que individualizan y generan una actuación.

Todavía he escuchado, y visto, que la democracia es la menos peor manera de entender el gobierno, con lo cual indudablemente concuerdo pero, como he dicho antes, si esta forma, o modalidad, de gobierno pretende que se involucre a la sociedad en la toma de decisiones y control del poder es porque los agentes que se encargan de socializar a las personas a través de distinto roles pueden tener una perspectiva de comparación entre el antes y la democracia contemporánea, entre lo que se considera peor y lo menos peor, como popularmente se dice. Las comparaciones históricas de esta manera son un elemento indispensable para pensar en el papel que los ciudadanos tienen en la interpretación del mundo de hoy y no darla por hecha aparentándose libres, suponiéndolo. Entiendo que las comparaciones hace décadas eran más fáciles de aplicar que en la actualidad porque, por lo menos, existía el fenómeno de la “Guerra Fría” que identificaba con bastante claridad a quienes se decían partidarios de la libre empresa, o capitalistas, y a quienes se decía socialistas o, de plano, partidarios del control estatal de la economía. Al terminarse históricamente tal fenómeno y puesto fecha según los libros de texto, al ser evidente que la democracia ahora se entiende en una sola interpretación de acuerdo a quienes resultan sobrevivir a tal guerra la comparación ya no es tan obvia, a quienes son conservadores de una forma de pensar que quieren interpretar la historia como lucha de clases se ven a sí mismos aislados pero perfectamente identificables salvo aquellos que se disfrazan de socialistas empedernidos pero solo son objeto de cambio de quienes están detrás de una curul o escritorio.

Al no haber referencias evidentes de comparación entre la democracia liberal y lo que puedo llamar antidemocracia ajena, digamos, al ámbito de aplicación de la primera, queda la duda, en veces ni eso, entre quienes se decían sujetos de la historia, es decir, las generaciones que vimos lo que era la desintegración de la URSS, por ejemplo, de cuál era el papel de los valores democráticos que intentaban ser la bandera para afianzar el (neo) liberalismo económico de forma comparativa con el otro sistema como son los que aquí he mencionado: libertad, tolerancia, igualdad, propiedad individual, etc., (el derecho a la información es un valor nuevo no incluido en el paquete ideológico original) que se ofrecían ideológicamente para que desde los estudiantes, pasando por reporteros, compraran la ideas, por decirlo de algún modo, de que la democracia, o liberalismo democrático en realidad, fuese aceptada sin lugar a dudas. Tal aceptación fue dada generalmente a partir de la caída del Muro de Berlín, pero el problema fue extender en dos ámbitos: interno, entre ciudadanos occidentales y externo o internacional, incluso a nivel gubernamental, la idea de la tolerancia positiva entre quienes son sujetos de la historia y negativa entre quienes solo se limitan a respetar al otro, pues la primera es de quienes son miembros activos de la sociedad, lo que corresponde con la realidad de aquel tiempo, mientras que la segunda es una posición negativa de la tolerancia, cómoda para quienes solo se aprenden un mero concepto, a quienes pertenecen a países declarados democráticos que vivían la serie de cambios como meros espectadores, tratando de forma consuetudinaria como referencia negativa el socialismo ya no tan representado sino sobreviviendo a través de Fidel, simulando una democracia en que la tolerancia fuera positiva cuando, más bien, los paquetes de información dados a dichos espectadores corresponden a la negativa. El error es la falta de renovación de la tolerancia desde el punto de vista activo en la que se hace sentir al ciudadano que forma parte de la historia, como parte de una sociedad a quien le importa lo que diga y su circunstancia, más allá de los requerimientos económicos básicos que el discurso oficial trata de colmar.

La tolerancia como valor se debe de renovar, al igual que la libertad, de forma tal que no sea supuesta, sino que activamente sea buscada lo que no se logra si se le enseña al educando, por ejemplo, que la democracia es la mejor forma de gobierno en la actualidad o, peor aún, que es la única forma de gobierno sin importar el discurso razonador de comparación histórica actualizada, es decir, hablar de la tolerancia de la misma forma cuando los hechos son distintos es no adecuarla a las necesidades del presente, por ejemplo, no es lo mismo hablar de la tolerancia cuando el capitalismo se comparaba con el socialismo de los años ochenta del siglo pasado a sostener la misma idea de la democracia, tolerancia en particular, pensando que todavía existen bloques lo cual evidentemente es falso.

¿Cómo ejercer la tolerancia cuando los interpretes de la historia pertenecen, en esencia solamente, al mismo paquete ideológico del neoliberalismo o democracia liberal? ¿Cómo ejercer la tolerancia cuando el reto principal es la inclusión de aquellos cuya situación reclama atención vital y proceden de ambientes en los que la democracia es un artículo novedoso?

Tratando de contestar a la primera pregunta que planteo. Los agentes que proclaman la democracia deben de hacer entender a los ciudadanos que tienen un papel activo en la historia y que el discurso razonador está garantizado en el espacio público, no para suponerla, repito, lo que es usual en los medios de expresión, sino para luchar por ella. Por eso, es un error fatal para el sistema democrático hablar de que la Historia y la Filosofía como ciencias no son indispensables o, peor aún, de que la primera ha muerto, como si no quedara otra forma de interpretar el mundo aunque sea dentro de sus cauces; de ahí la labor activa, de convencimiento, de los agentes de que la interpretación libre se puede hacer en la democracia a través de los instrumentos que brinda, pero dada la ausencia de información de la posición contraria, la democracia en Occidente tiene huecos de poder, de influencia, porque se subestima el papel pensante de los ciudadanos tratándolos religiosamente como niños aunque éstos mismos ciudadanos se supongan, en el debate, maduros en sí mismos, lo cual es erróneo porque no interpelan al propio pensamiento sino que hablan de forma hueca de la libertad como ya dada siendo el caso, por ejemplo, cuando se discute el tema de la legalización, mejor dicho aprobación, de la marihuana para uso recreativo: “cada quien tiene la libertad de elegir si la consume, o no” expresión que refleja la tolerancia en su sentido negativo y que no es capaz de pensar, ni mucho menos asumir, los retos que plantea la masificación y posterior empoderamiento de quienes representan la ideología debatida. Fue fácil, hasta cierto punto, convencer a toda una generación previa a las redes sociales virtuales, de lo afirmado oficialmente a través de libros de texto, de que el socialismo de la URSS y de Cuba era una influencia negativa para el resto de los países, también fue fácil, para quienes no lo vivieron en carne propia, juzgar la Guerra Fría después de la caída del Muro de Berlín, es más, tales generaciones le dan la bienvenida a la democracia. Pero no es nada fácil, en las condiciones actuales, advertir el desarrollo de alguien que muestra signos de xenofobia y que aprovecha los cauces legales-democráticos para afianzarse o llegar al poder, en medio de la tolerancia inicialmente exigida en sentido negativo y la tardía respuesta de quienes no debieran haber permitido su llegada. Tampoco es fácil hacer entender que el país anfitrión tiene una forma de pensar el diálogo, tolerancia, inclusión, etc., a quienes, siendo inicialmente refugiados no sienten que los ideales de la democracia les hagan justicia, aunque sea solamente para sobrevivir. De estos dos ejemplos de dificultad para suponer, sin tratar de demostrar, la bondad que encierran los valores de la democracia, el primero es repugnante, por no poder decirlo de forma más cruda, porque ante la mirada ajena y pasiva llega una especie de mesías cargado con un discurso barato pero muy motivador. Puedo comprender, hasta cierto punto, lo que replantea la segunda problemática, concretamente la migración masiva provocada por tantas y terribles tensiones en Medio-Oriente, la falta de adaptación de los países occidentales que sostienen la democracia como forma de vida, donde el reto no es la libertad de ellos mismos, en lo que limitadamente el concepto dice, sino la conciliación con la igualdad del extranjero y su correspondiente fraternidad, parece que la libertad de unos es una carga para otros que no piensan en la tolerancia en los mismos términos, por no hablar de la libertad en su sentido netamente económico.

Cabe destacar que últimamente la tolerancia negativa se difunde para no expresar terror ante una situación que vulnera la seguridad de los ciudadanos en general. Después de “x” acontecimiento en el que la salud y seguridad se ven fuertemente amenazadas el discurso oficial ha sido, a mi parecer, carente de madurez que ni siquiera supera las etapas del duelo: “… no nos van a amedrentar”, “seguiremos trabajando por los ideales de la democracia…, continuaremos con nuestro estilo de vida”. En efecto, se supone, a través de alguien que representa al pueblo, que forzosamente se debe mostrar entereza después de actos violentos masificados y provenientes del exterior, bajo la fórmula de la cotidianeidad, pero eso es querer “tapar el sol con un dedo”. Debemos de aceptar, sobre todo a partir del ataque a “Las Torres Gemelas” que la incertidumbre vital va a formar parte de dicha cotidianeidad en vez de excluirla de ella, esto así: en el mundo occidental. La tolerancia negativa, al suponer personas con madurez en sí mismas sin que la hayan alcanzado, ya ni siquiera históricamente como los agentes vivos y reales de la historia sino por vía del cuestionamiento constante, genera que el enemigo se encuentre en casa, me refiero al alcahuete que tolera el discurso que, siendo dicho por otro y sin tanto aparato motivador, sería fuertemente rechazado hasta la posición extremista de derecha, de izquierda o, peor aún, de radicalismo religioso.

Parece, entonces, que la agenda educativa de los países occidentales está virtualmente partida en dos; mientras que en Latinoamérica se trata de hacer productivos y eficientes a los jóvenes (estado interpretado), en los demás países tendrán que habérselas con una nueva forma de democratización de conciencias. Aquí es donde entra la información como uno de los valores ahora básicos y exigibles de la democracia contemporánea.

Información

Como valor característico de la democracia contemporánea, la información está empezando a ser reconocida como factor clave en el mantenimiento de cierta estabilidad del sistema gubernamental caracterizado por tal cualificación. A pesar de las múltiples interpretaciones que existen del término y de su correspondiente aplicabilidad, me referiré a la que tiene que ver con el valor de la tolerancia.

Si una de las notas principales del concepto de tolerancia es el respeto como acto de voluntad, ¿con cuántos conjuntos de notas bastará para que la inteligencia presione internamente a la voluntad para desplegar tal valor? Esto revela que, evidentemente, para poder tolerar, respetar, las ideas de los demás primero debo de conocerme distinto del otro y aprehender lo que el otro es para lograr a buen término tal distinción. Por eso es importante que se visualice la información no de forma abstracta sino como un derecho que, en este caso, es accesorio para ejercer efectivamente el valor de la tolerancia.

¿Cuál es la situación actual en relación al ejercicio del derecho a la información en pos de mejorar la aplicabilidad del concepto de tolerancia?

El derecho a la información está reconocido en la mayoría de las legislaciones que caracterizan a un gobierno democrático. Directamente, a través de la Constitución, los diversos ordenamientos prevén ciertos supuestos normativos que regulan su ejercicio. Pero el hecho de que el derecho y acceso a la información esté previsto en la ley no significa que, por decreto, la ciudadanía se va a interesar por la información directa o indirectamente relacionada con su cotidianeidad y contexto socio-político. Reconozco que, por lo menos en nuestro país, si bien se han hecho esfuerzos considerables en el tema de la rendición de cuentas, equilibrio de poderes, etc., falta aún mucho por hacer no solo en el ámbito legislativo sino en la actitud de los ciudadanos con respecto a la toma de consciencia del derecho comentado.

Para dar cuenta del enorme abismo representado entre la legislación y su ejercicio, el ejercicio del derecho a la información a través de los diversos institutos reglamentados es bajo, por no decir que prácticamente nulo, por parte de la ciudadanía en general. Resulta que quienes ejercen este mentado derecho son, en particular, los periodistas y personas relacionadas con la política que se dedican a triangular información entre sí para, para fines utilitaristas la mayor de las veces, aprovechar a corto plazo las ventajas.

La madurez en el manejo de la información por parte de la mayoría de los ciudadanos brilla por su ausencia. Las personas que padecen de avidez de novedades, característica heideggeriana del “estado de interpretado” de la existencia inauténtica, solo reaccionan a la información que se muestra con un perfil aparentemente elevado, lo que llama la atención para este tipo de personas es lo que motiva el escándalo, el chisme y el morbo, por un lado, y la información fácil, accesible, a través de las redes sociales virtuales (el meme es el clásico ejemplo) en el que cualquiera cree que tiene derecho a opinar sin tener la información suficiente y necesaria para tal efecto.

El manejo de la información es pasiva, similar a la libertad y a la tolerancia que antes he explicado. El típico televidente espera que le den la noticia en pequeños paquetes de información hecha a modo por la empresa, lo que ésta haga no es de extrañar sino la actitud de quien consume y que no se visualice como tal, como consumidor de ciertos contenidos. En las redes sociales virtuales, el criterio es similar tratándose de la información importante que se suele confundir con la interesante, es decir, se suele mezclar el criterio objetivo con el subjetivo en la apreciación de los contenidos pero que, en realidad, obedecen a lo que en televisión se llama “rating” o “nivel de audiencia” previo que sugestiona a quien se percata de “x” contenido de que es importante, por eso, si alguien que representa cierta autoridad moral para el consumidor dice algo noticioso, automáticamente se cree que es importante, lo mismo de la cantidad de veces que los contenidos se reproduzcan, tales falacias aunque sean conocidas no siempre se evitan derivadas de cierta presión social, esto sobre todo en las redes sociales virtuales.

Ante este panorama en el que la información fluye activamente para unos cuantos que aprovechan las coyunturas políticas para informar al pueblo, o para los que el derecho a la información es un artículo periodísticamente secuestrado bajo el pretexto de la libertad de informar; quienes no se logran identificar como consumidores de información actúan de esta manera con una actitud pasiva, donde no cabe esperar un nivel alto de tolerancia acaso solamente la de carácter negativo.

Reconozco que en la actualidad existen múltiples organismos que tratan de explicarle a la ciudadanía que tiene y puede exigir el cumplimiento del derecho a la información en sentido general y para su propio cuidado, como son las que vigilan los estándares de calidad de los productos que se ofrecen al mercado, y otros organismos que ofrecen vínculos para ejercer el derecho en forma política a través de la figura de la rendición de cuentas. Esto es un avance, sin duda, en la democratización de la sociedad, pero no nos vuelve invulnerables hacia lo que ya advertía antes al hablar de la tolerancia: el discurso antidemocrático, extremista y radical, en medio de cauces democráticos.

La mayoría de los grupos que sirven de puente como intermediarios entre el gobierno en sus diversos niveles y la sociedad, están constituidos para fines concretos que responden a las circunstancias y necesidades meramente locales o, máximo regionales y suponen el discurso de la tolerancia en general más no en los casos particulares que algunas de estas instituciones privadas promueven. Los grandes discursos antidemocráticos superan los alcances de tolerancia que brindan las instituciones intermediarias, superan la actual agenda del gobierno (México y otros países) y sus diversos operadores como escuelas y medios de comunicación oficiales.

Me atrevo a decir que, a partir del gobierno, no existe un bloque de información lo bastante eficaz en sí misma que sea un fundamento fuerte para presionar a los demás agentes sociales en el ejercicio de la tolerancia de forma activa. Pongo un ejemplo claro de lo que refiero: cualquier estudiante universitario sabe, a la luz de los acontecimientos perpetrados por los terroristas en España, Francia, Reino Unido, Bélgica, etc., que existen diferencias entre los musulmanes moderados y los musulmanes que son radicales; algunos de tales estudiantes, con un poco de mayor información que obtienen de la prensa en cualquiera de sus vías, distinguen varios tipos de extremistas, por ejemplo, los del EI (Estado Islámico) de otros grupos radicales. El manejo de la información es netamente pasivo, el escándalo que no deja inerte a nadie por la magnitud de los hechos justifica la puesta de atención y tanto la importancia como el interés por esta temática, pero, no obstante, y a pesar de eso, no deja de ser una actitud pasiva de tolerancia que, en su forma más patética, es expresada y aprendida a través de memes sobre lo ocurrido. Si pregunto ¿cuáles son las razones que llevan a un musulmán a hacerse extremista? ¿cuáles son las razones que impulsan a alguien que se ha desarrollado bajo la cultura occidental, a afiliarse a una organización cuyos discursos son netamente antidemocráticos? Y demás cuestionamientos que sería prolijo poner, las respuestas son escasas, repetidas y suelen ser cotidianas por el uso de palabras comodinas para zafarse de la necesidad de pensar y dialogar a fondo sobre la cuestión. ¿Qué es lo que se discute? Solamente aquello que aparece en el espacio público confundido con el publicado, la información retocada que es limitada para la teleaudiencia, el espacio virtual, el tiempo y nivel cognitivo-escolar de los ciudadanos.

La falta de discurso propio, y posteriormente grupal, para afrontar los discursos antidemocráticos que proceden de quienes pertenecen al mundo occidental, o de aquellos que no logran asimilar los valores democráticos porque creen que los van absorber en su esencia personal siendo extranjeros y por falta de una auténtica justicia social, es resultado del carácter regional y utilitario de la información y de la pasividad de sus receptores que solo discuten lo que otros hacen en el espacio público. (confundido con el publicado)

Es el espacio público el ámbito en el que, al menos en teoría, se deben de confrontar diversas ideas tanto en su origen, proceso y destino de alcance grupal del poder; pero la realidad es que tal espacio esta mediado por intereses de poder de alcance personalizado y confiado. Los agentes que promueven la información, desde el gobierno, los organismos privados, etc., confían demasiado, o suponen una madurez, en que los ciudadanos tienen tal carácter de forma completa en todos aquellos supuestos que salgan de su respectiva competencia, de esta manera, por ejemplo, una organización civil que se dedique a promover el deporte es poco probable de que ponga en su agenda la tolerancia multicultural, lo que sí haría una organización que trate de resolver problemas de migrantes. Por su parte, las escuelas tienen cierta libertad para tratar el alcance de la información como la estoy tratando aquí, pero sigue estando sujeta al programa propio de la institución de la que forma parte, peor es en aquellas escuelas públicas en donde la tolerancia es netamente pasiva en los temas que se deberían de considerar de “seguridad nacional”. Por ejemplo, el tema de Donald Trump y sus discursos está por doquier, y este ensayo es fiel testigo de eso, pero otra cosa es preguntarse los porqués del proceso de llegada de alguien cuyo discurso es francamente antidemocrático.

Pondré el caso de México, tal vez pueda ser una base de interpretación en otras latitudes.

Hay una limitación a la actuación del gobierno impuesta por él mismo. Resulta que, en la Constitución al definir las características del tipo de gobierno, aparece la palabra “laica” en el artículo 40, en concurrencia previa con el artículo 3º que habla de la educación y el artículo 24 que habla de la libertad de creencias, de conciencia, etc., limitando la agenda del gobierno federal y, por consecuencia, los de los estados para abordar la problemática que estoy planteando en este ensayo en una de sus facetas: el origen del terrorismo religioso. El gobierno está maniatado para comprometerse a través del sistema educativo a plantear y generar información que dé pie al ejercicio de la tolerancia en su sentido activo en temas de índole religioso.

De esta manera, los programas de estudio no contemplan la posibilidad de un análisis concienzudo de la realidad del otro más allá de nuestras fronteras y del ejercicio preponderante de la religión católica. En estos temas solamente se analiza, grosso modo, hasta el nivel medio-superior, el sentido económico que envuelven las relaciones que tienen los demás países, el sentido histórico limitado hasta la desintegración de la URSS y dados de forma fragmentaria los contenidos posteriores y, en cuanto a la religión en comento, solo se aborda la guerra cristera y sus respectivas consecuencias igual, en sentido lato. Incluso, los que no son partidarios o que se muestran abiertamente en contra de esta confesión religiosa utilizan argumentos anticuados para, dizque, atacarla porque son los que usualmente, pareciendo más un consuelo psicológico barato, se encuentran en un espacio público hecho a modo y limitado en comparación con el espacio público real. Por esto, muy pocos, salvo quienes sean sociólogos, filósofos, historiadores, es decir, especialistas en este tipo de realidades sociales, pueden contestar o intentar de responder sobre las causas del discurso antidemocrático de grupos extremistas, pero a mi vez pregunto ¿será necesario atenernos a la explicación de quien consideremos es un especialista? ¿acaso la realidad no es tal que luego-luego invita o fuerza a pensarla en sí misma por su importancia manifiesta?

Conclusión

En este ensayo hablo de tres valores que mencioné como básicos de la democracia siendo que, en realidad, se pueden reducir a uno solo: libertad.

Necesitamos libertad auténtica para desarrollar la tolerancia activa -positiva- y, al desarrollar ésta es dable el manejo activo de la información concibiéndola no como derecho político-democrático solamente, sino por motivos de sobrevivencia. El meollo del asunto es que principalmente la libertad no debe darse por supuesta.

Estos valores no deben, a mi juicio, verse en el plano en el que actualmente son interpretados, es decir, el individual, sino que deben ser contemplados de forma común o grupal, aunque, en el inicio del cuestionamiento el factor individual esté supuesto como tal, pero ese no es sino el contexto previo que permite su socialización comunal y llegue posteriormente a considerarse como una “conquista social” pero no por supuesta para la posteridad. Propuse el miedo como factor desencadenante del cuestionamiento, pero solo como punto inicial y no permanente. Solución a corto y mediano plazo para prevenir la conformidad proveniente de un “estado de interpretado” que no contemple el terrorismo en Latinoamérica y el discurso antidemocrático, a la vez que re-ilustre a quienes son los países más vulnerables en Europa para evitar que quienes son ahora refugiados se integren a las filas del extremismo, lo mismo a jóvenes que crecieron bajo la forma interpretada de la democracia y que no valoran todo aquello que históricamente aconteció para llegar a ella. Además, la democracia debe ofrecer un soporte material para quienes no han estado en un sistema escolar netamente occidental porque, si no, van a seguir diciendo lo que actualmente sostienen ¿por qué creer en un sistema que no muestra un sentido de justicia social?

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2 comentarios en “Puntos débiles de la democracia – ensayo completo-

  1. Lúcido ensayo Miguel Angel. Es importante antes de promulgar la libertad como valor absoluto de nuestras sociedades saber a qué atributo nos estamos refiriendo. Según mi parecer, y de manera muy escueta, pienso que el concepto libertad solo debe ser inseparable del de consciencia, entendiendo esta última como la observación análitica (y lo más objetiva posible) de los procesos tanto internos como externos que nos definen y condicionan, valiendo esto tanto a nivel individual como a nivel social. Es decir, instintos, sociedad de consumo, normas, y otros cientos de patrones de conducta que nos son asimilados nunca van a permitir una libertad de facto en cuanto a actos o pensamiento. Si bien, tomar consciencia de estas limitaciones y condicionamientos se establece como primer y primordial paso paso liberarse de los mismos. Descubrirse a uno encadenado no libera, pero otorga la oportunidad de saber que cadenas deben romperse.

    Por último me gustaría dejar dos recomendaciones que seguro concerás, pero que me parecen obras cumbres.’Sobre la Libertad’ de Stuart Mill, y un artículo del mencionado Sartori (malformación de conceptos en política comparada), sobre los errores en la formación conceptual y la escala de abstracción en la formación de los mismos, que si bien no parece estar relacionado con tu texto, si creo que es útil para entender la importancia de conceptualizar correctamente en aras de que los encargados de divulgar el conocimiento tengan un marco para operacionalizar los conceptos de manera que estos respondan a lo que pretenden definir o medir.

    un placer descubrir tu blog.

    Un saludo,

    Le gusta a 1 persona

    • Agradezco el aporte hecho en el comentario.

      Quiero destacar algo que pusiste y que coincido plenamente: “Descubrirse a uno encadenado no libera, pero otorga la oportunidad de saber que cadenas deben romperse.” Excelente expresión clarificadora sobre la libertad.

      Nos estaremos leyendo.

      Le gusta a 1 persona

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