Ella y yo – Incursión en el camino de la Filosofía. Segunda parte.

Hay otro dato un tanto paradójico que no quiero pasar por alto, a propósito del profesor de Seminario de Filosofía. En uno de los cursos, en el que hacíamos prácticamente lo mismo, hubo un breve momento en el que se paró y escribiendo en el pizarrón, algo que nunca antes había hecho, puso lo siguiente: 1- Primer Motor; 2- Primera Causa; 3- Ser Necesario; 4- Ser Perfecto; 5- Ordenador Supremo del universo. ¿Qué significaba esto? El mismo profesor que nos dejaría leer los Manuscritos Económico Filosóficos de Marx y que era de tendencia de izquierda, nos había puesto las cinco vías tomistas para demostrar la existencia de Dios, haciéndonos repetirlas como si fuésemos niños de primaria. Esto me causó extrañeza. ¿Quién era este profesor, en realidad?

Este acontecimiento me sirvió para muchas cosas, una de ellas fue confirmar una ligera sospecha cuando le pregunte directamente al profe, al finalizar una de sus clases ¿es usted ateo? Su respuesta fue negativa. Yo estaba abrumado porque, en realidad, no quería que la respuesta fuese afirmativa, sería como una especie de broma de mal gusto que un “comunistoide” nos enseñara las vías tomistas como si esperara el punto exacto para burlarse de quienes somos creyentes, pero, afortunadamente, no ocurrió así, sino que, simple, era alguien que no era completamente socialista-marxista, la creencia en un ser superior se lo impedía. Otro aspecto que fue de utilidad, sacándole provecho a la lección anómala de una partecita del contenido de la Suma Teológica fue la suspensión, al menos en la época hasta entrada la etapa universitaria, de una de las preguntas más importantes de la Filosofía: ¿Existe Dios? Antes de contestar esta pregunta mi vida tenía que resolver otros asuntos ahora filosóficos.

En esta etapa -preparatoria- cuya parte final se acercaba, yo pasaba por dos situaciones que, tal vez, influyeron en lo que después escribí: una, la toma de consciencia de que mi situación pecuniaria estaba empezando a hacerse difícil; la otra era una actitud de timidez que venía cargando desde la niñez, con ciertos rasgos peculiares en la secundaria y de cierta libertad en la preparatoria, ya que trataba de embonar en algunos círculos de personas, pero no fue muy fructífero mi intento. A pesar de que me concentré más en los estudios no fui un “ratón de biblioteca”.  Es posible que estas dos cuestiones me hayan influido para interpretar “mi mundo” pero, en ese momento preparatoriano, lo que más podía era mi situación académica inmediata: terminar sin reprobar e inscribirme en la universidad.

Justo a la edad de 18 años estaba a punto de hacer dos cosas: el servicio militar y la inscripción a la universidad. El servicio militar me permitió conocer lo que en un futuro sería, sin haberlo pensado en ese momento, mi espacio de desarrollo: la docencia. Así es, estando en tal servicio di clases de secundaria a personas que me doblaban la edad, todo por un acuerdo intersecretarial de la SEDENA (Secretaría de la Defensa Nacional) y la SEP-INEA (siglas de la Secretaría de Educación Pública y del Instituto Nacional de Educación para Adultos, respectivamente). Dar clases fue sencillo, hacer que pasaran los exámenes y que estudiaran no lo fue tanto, pero esta experiencia fue la clave para un futuro desenvolvimiento en el mismo terreno. Como se puede apreciar, este punto coincide con lo que exige la Filosofía, según mi punto de vista, me refiero al espacio académico, aunque en ese instante bastante burdo y al momento no consciente de él.

En la universidad me inscribí a la carrera de Derecho. Pensé que mi cualidad de “ser juicioso” era el camino que me conducía hacia este tipo de estudios. Excluí estudios de Filosofía porque, en primer lugar y en aquél entonces no había en mi localidad centros que la impartieran, el único que había pertenecía a un sector de la Iglesia Católica, pero se decía que la validez de sus estudios estaba en entredicho, aunque mucho después averigüe que ya habían reestablecido relaciones el Estado Mexicano y el Vaticano reconociéndole personalidad jurídica en nuestro país; en segundo lugar, el cambio de localidad me dificultaba pagar una renta y conseguir trabajo a la vez del estudio y, por último, no tenía claras mis expectativas a largo plazo, solo pensaba en salir del problema pecuniario y estudiar. Debo confesar que me idealicé demasiado en la licenciatura en Derecho con la clásica imagen que, aunque suene paradójico, ya empezaba a detestar: el traje, la corbata y hablarle a la gente, pero disimulé y empecé a estudiar una carrera que, siendo cuatrimestral, prometía tiempo para trabajar a la vez. ¿En dónde trabajé? Empecé en algo que ya no me era ajeno: la docencia. Con esto me pagué algo de mis estudios, a la vez que obtuve beca durante la mayor parte del trayecto académico.

Ahora se presentan dos cosas, que los veo como problemas: la docencia y la carrera. En cuanto a ésta, de lo primero que me percaté al entrar a esa universidad fue que yo era de los menores en cuanto a la edad, la variedad de estudiantes fue impresionante, lo cual es una fortuna: casados (as) divorciados, solteronas, un médico, un biólogo y director de escuela, un docente licenciado en Filosofía, etc., había personas con estilos de vida distintos entre sí que constituían un grupo “muy preguntón” al que le tenían respeto. Esta carrera me desilusionó, pensé que me iban a poner trabajos más arduos, pero fue al revés, la comparación con la dificultad que tuve en la preparatoria no cesaba en mi mente; la carrera me desmotivó porque no era “humana”, tomaba lo que rara vez había hecho antes: el dictado ¿cómo es posible que en Derecho nos dictaran? ¿acaso esa era la forma de mostrar la incapacidad ante las posibles preguntas de los alumnos? Claro que estaba de mi gusto por la Filosofía, me refugié en las materias que tenían, o simulaban a través de los profesores, contenido filosófico: Sociología, Economía, Teoría General del Derecho, Derecho Civil I, Derecho Constitucional, Filosofía del Derecho. Pero los profesores eran necios, más que yo, en inconscientemente desmotivarme, en ver la carrera como si fuera “cuadrada” y, para colmo, empecé a desarrollar una toma de consciencia de sí distinta, no sé si era por la Filosofía o por una rebeldía tardía que apenas se manifestaba. ¿Cuándo me sucedió esto? Casi al finalizar la carrera. Tuve mi primera crisis existencial, que no se la deseo ni aún a mis peores enemigos.

La Filosofía marxista que conocí en la preparatoria me había preparado el terreno para identificar el proceso de desmitificación de la carrera. La empecé a hacer pedazos, desde la imagen “clásica” del abogado, el sistema de estudios, la nula capacidad intelectual de los docentes los cuales, dicho sea de paso, se repartían entre diversas instituciones entre las que “compartían” sus conocimientos, las expectativas falsas que tenía de ella y que eran compartidas por buena parte de mis compañeros y, sobre todo, la incapacidad de mostrar a la sociedad la altura de una ciencia como esa.

Al hacer fragmentos a la carrera y con el afán de pensar “a fondo” y filosóficamente, no estaba tan avisado de que yo también me hacia pedazos.

La posible causa de la pedacería radica, entre otras cosas y según mi entender, en un concepto marxista que leí en el libro ya mencionado, pero no es tan evidente: la “conciencia de clase”.

El marxismo o, más concretamente, Los Manuscritos Económico-Filosóficos de Marx, se pueden interpretar desde dos caras, una bien cómoda y la otra no tanto: la primera es una faceta de interpretación de la realidad en la que no es necesario salir de la “burbujita”, o sea, de nuestra zona de confort: estructura y superestructura, capitalismo vs socialismo, plusvalía, dictadura del proletariado, revolución, etc., estas palabras pueden ser predicadas por alguien que se dice socialista “de dientes para afuera”, bebiendo una cerveza “de marca” a la vez que lee a Marx. Interpretar así, de esa manera, el socialismo y la historia es muy cómodo. Situación en la que yo no estaba. ¿Por qué me enseñaron a Marx directamente, cuando estaba en preparatoria? Es una pregunta que ahora la uso para recriminar o para justificarme. Debería de haber una especie de tutoría filosófica para evitar pérdidas intelectuales por evasivas o por una incorrecta profundización.

Me tocó interpretar a Marx en su aspecto existencial, la parte de tomar “consciencia de clase”. Este es un concepto que suele ser obviado, pero, en realidad, no es el caso. Trátese del concepto clave para “vivir” e interpretar la realidad, el mundo pues. Mi consciencia de clase había empezado a despertar, no solo era la pregunta por el ¿quién soy? que se puede responder usando simplemente a Aristóteles o algún cursillo de Psicología como en aquél entonces: “Un ente bio-psico-social”. El marxismo no está para salvar a nadie de la contradicción, menos a mí. A la pregunta por el quién soy, le siguen ¿qué hago? ¿por qué y para qué? Cuestiones que no solo son para pensarse a sí, sino a sí mismo y con el mundo.

  • ¿Qué estudias? Me preguntaron
  • Derecho – con una falsa sonrisa y con hastío interno, respondí.
  • Órale ¿en dónde estás trabajando?
  • Estoy, por el momento, dando clases. Contesté
  • Después te vas a pedir trabajo en algún bufete o algún corporativo para que empieces a …
  • Así es … – (bla-bla-bla) pensaba asintiendo con la cabeza el resto.

Era un hecho, la docencia en el nivel medio era lo que me quedaba como “anillo al dedo”, al menos ese es mi consuelo psicológico. No quería, pero tuve que confrontarme con medio mundo. A punto de terminar la carrera, estaba harto de tanta palabrería hueca de personas que decían “Protesto lo necesario”, “Sufragio Efectivo No-reelección”, frases que ni siquiera quienes las decían sabían lo que significaban, mucho menos las “excepciones y defensas”, enseñadas en algún Derecho Procesal, puestas en latín de quienes ni siquiera habían tenido un mini-curso de etimologías greco-latinas del español.
En ese contexto me saqué la siguiente frase de la manga, haciéndome el filósofo: “El que no está consciente de su condición, odia la diferencia”. Pues lo primero que hice para tener consciencia de clase, lo que tenía y debía de hacer, aparte de contestar las preguntas que puse arriba, era cuestionarme sobre el estatus y la clase social tanto propia como la de los demás. Fue una perdición el proceso, el final lo encuentro todavía a medias. Aquí coincide la otra faceta que mencioné de la timidez, pues empieza a tener sentido, aunque, ahora, ya no es justificación bastante ni de forma remota.

¿Quién es capaz de juzgar? Me repetía esta pregunta a la vez que me contestaba utilizando una frase que me habían enseñado en el ya comentado Seminario preparatoriano: “El hombre es el yo y sus circunstancias…”. ¿Quién iba a vivir por mí? ¿quién moría por mí? Yo he de vivir y morir, aún en vida biológica me haré cargo, a mi modo, de lo que me ha tocado ser y elegir. Esto es, al menos, algo de lo que pensaba, en medio de una especie de guerra con los demás, con quienes se forman expectativas así, de forma automática o, mejor decir, autómata. La guerra, no por parte mía, era con mi familia, padre y madre, amistades cercanas, tíos y primos entre otras personas. Lo más extremo que pudiera pasarme era que me corrieran de la casa por elegir la docencia y no litigar, por elegir el camino del pensamiento constante y aislarme, por no hacer sin preguntar muchas cosas, pero, “si lo hacen … jamás regresaré”, era lo que me repetía en mi cabeza. La cuestión estuvo ahí, durante un tiempo. La posibilidad de quedar mal con quienes tenían expectativas de confianza en el desarrollo profesional era latente hasta que, un día y gracias a la intercesión de mi madre, después de tantas y tantas discusiones sobre la forma de vivir de cada quien, llegamos a un arreglo tácito: me dejarían vivir, o sobrevivir, según mis convicciones.

Empecé a escribir creyéndome con la capacidad. ¿Qué me puede pasar si escribo mi pensamiento? Nada. De la noche a la mañana hice mini ensayos, así les llamo.

Empecé a escribir desde los veintitantos, como a los 21 o 23. Salían escritos de la noche a la mañana; gracias a la computadora que me estuve pagando con la docencia. Esta me daba, hasta la fecha, mucho que pensar y cuestionar, gracias a los aportes de los estudiantes y de las materias que preparaba. En este ámbito veo una gran parte de representación social, el futuro y el presente a la vez: la juventud, ahora sí, como dice en veces mi madre “divino tesoro”.

Continuará…

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