¿Cuál es la relación entre la Semana Santa y la Filosofía?

Estamos en Semana Santa, la cual sabemos que forma parte de uno de los rituales cristianos más importantes pero, a parte de lo obvio, existe otra faceta que se puede encontrar en las personas tanto creyentes de esta religión como no creyentes en general. Me refiero al tiempo destinado para tal evento y que no deja indiferente a un buen número de personas.

Así planteo la pregunta ¿qué relación existe entre el tiempo de la Semana Santa y la Filosofía?

Para los cristianos practicantes, concretamente los Católicos, el tiempo de Semana Santa y, dicho sea de paso, el tiempo de Navidad, es una oportunidad para pensar y replantear no solo objetivos a mediano y largo plazo como sucede cada que se acerca el fin de año sino la reflexión de lo que significa la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. ¿Qué tiene de filosófico esto? aparentemente nada, pero solo es una apariencia. Desde el punto de vista de la Ética es sano contar con un tiempo de reflexión para cuestionarse y responder sobre los motivos de la vida, de aquello que nos hace vivir, actuar con bondad o maldad solo o con otros, de esta manera el tiempo de la Semana Santa ayuda al re-planteamiento ético de los que somos creyentes y tendemos a practicar alguna religión. Para cuestionarse la forma de vivir, de existir o de ser, es necesario que exista el tiempo para la pregunta, el tiempo para la correspondiente reflexión, el tiempo para la aceptación de la propia circunstancia en consonancia con lo que se cree, se practica, se dice. La Semana Santa representa eso, la necesidad de tener un tiempo. Aquí es donde opera una conjunción entre la Ética, como rama de la Filosofía, y una tradición cristiana ¿para qué? para motivar la reflexión. Según lo anterior, no es necesario plantearse los presupuestos básicos, o teórico-teológicos, de la creencia sino los presupuestos prácticos de ella, aunque no falta quien tenga necesidad de explicitarse, recordarse a sí o a otros, la razón del porqué se cree.

Algunos son cristianos no por convicción sino por simple tradición y se definen a sí mismos como no-practicantes. Cabría preguntarse si hay grados de practicidad de la religión en general, del cristianismo en particular, etc., pero no entraré a esto aquí.

Para los cristianos no-practicantes la Semana Santa es un periodo vacacional más; es una oportunidad para salir a pasear con los familiares, amigos, etc., aunque algunos sí se dan el tiempo de practicar algunos rituales cristianos como la visita a los templos, por ejemplo. También a ellos se les presenta la oportunidad, en medio de las vacaciones, de reflexionar sobre sí mismos. La evasión mercadotécnica de las vacaciones se deja sentir más en quienes son creyentes pero no practicantes pero, aún así, el tiempo ya sea de una o las dos semanas plantea algo, qué es ese “algo”; un reto de comprensión y de recogimiento que el lado practicante plantea como opción, como posibilidad todavía no tan alejada. Los no-practicantes pueden tomar una postura de franco rechazo para “disfrutar” de las vacaciones; de aceptación intermedia del reto de la reflexión en medio de la vacación o, en su caso, la vuelta al redil. Cuando una situación que aparenta imposición normativa o jerarquía de autoridad se nos presenta ocurre la oportunidad de reflexión filosófica y tomar una posición al respecto aunque el concepto de “vacación”, tal y como se nos presenta en la generalidad cargado de hedonismo y consumismo al por mayor, no suele estar acompañado del cuestionamiento aunque se apodere más de la potencialidad y actividad de la libertad que el ritual normal.

Para aquellos que se dicen creyentes en un Dios pero no religiosos autodenominándose simplemente espirituales, parece que la Semana Santa puede acomodarse como un tiempo abstracto en el que la soledad puede ser aliada y motivadora de la reflexión filosófica. Aunque es un hecho que a quienes se consideran a sí mismos como espirituales una forma de ser se les impone y es conocida como New Age haciéndolo de manera bastante cómoda dando la impresión de ser libre en la interpretación de lo real partiendo del sí incomprensible para el otro, por no tener la suficiente “consciencia” para lograrlo. La tentación del New Age es que da la ilusión de aceptación libre de una forma espiritual pero minimiza, a la vez, el papel del pensamiento y del discurso racional importando rasgos de individualismo enajenante del sí mismo. No puedo generalizar, es posible encontrar personas que crean en un Ser superior pero que por sus propias fuerzas discursivas y no enajenantes tiendan un puente en esta semana para con la sociedad y el contexto en el que se encuentran inmersos aprovechándolo para la reflexión personal e interpersonal.

Para quienes se dicen a sí mismos agnósticos, la Semana Santa motiva la reflexión indagadora, cuestionadora, pero respetuosa de la diversidad cultural de los demás. Al no afirmar o negar la existencia de un Ser Superior, al no desconocer los aportes y la historia cargada de actos humanos que tratan de identificar un mensaje salvífico puesto en un contexto cultural, los agnósticos tienen una expectativa de conocimiento, de comprensión abierta al otro, de aceptarlo como es sin rechazarlo pero sin afirmarlo expresamente.  El agnóstico puede preguntar y re-preguntar sobre cualquier aspecto de la realidad percibida por los demás, lo que causa, en veces, incomodidad que no significa ausencia de explicación. La reflexión filosófica es natural en el agnóstico, interpretándolo como alguien que busca, o bien, que habiendo percibido, pregunta. El reto del agnóstico es tratar de entender el contexto de los demás sin olvidar las limitaciones propias, por eso esta Semana puede ser aprovechada por él para poner en movimiento las preguntas filosóficas.

La Semana Santa es un reto no tanto para el agnóstico abierto a la experiencia, a la confrontación con lo real, sino para el creyente practicante que evalúa su coherencia, el no practicante que evalúa sus convicciones en general, y el espiritual que replantea los términos de su búsqueda con el Ser Divino.

Para quienes se dicen ateos. Concibo dos clases, el ateo conciliador y el beligerante (antiteísta). Ante un acontecimiento cristiano como el de la Semana Santa las reacciones son distintas.

El ateo conciliador muestra extrañeza, cierto asombro por el ritual y quienes lo practican, científicamente trata de recopilar información para denunciar abusos y reconocer rasgos positivos acerca del fenómeno lo que objetivamente también puede, o debería, de hacer un creyente practicante y no fanático. El ateo conciliador en su visión de grupo tiende al cuestionamiento de forma normal, como grupo minoritario plantea filosóficamente interrogantes en torno al fenómeno social, político, económico de la religión en general y de la Semana Santa en particular, es algo que le va como normalidad. El ateo conciliador, sin dejar de ser quién es, puede hacer una mancuerna estupenda con el creyente practicante no fanático, de esta manera es posible reconocer aportes mutuos en relación con la ciencia y la misma religión, depurándola a través de la crítica científico-filosófica. Son varios los filósofos que pueden dar cuenta de la relación entre los ateos y los creyentes, aunque en última instancia filosófica sí resultan irreductibles uno al otro pero ambos, en sintonía con los valores democráticos, pueden convivir en ambientes religiosos y netamente laicos a la vez.

Lo anterior no sucede con el ateo beligerante quien se comporta como antiteísta, con cierta radicalidad que nos transporta a una especie de fanatismo. El beligerante asume como derecho no solo el menosprecio sino la franca ofensa para quienes no son como él: ateos, amparándose en una supuesta libertad de expresión extraída de un contexto democrático, pero exhibiendo un comportamiento que carece del valor de la pluralidad; esta contradicción revela una actitud utilitaria por obtener de los valores de la democracia solo lo que conviene. La existencia del ateísmo como sistema es una exigencia con plena validez político-jurídica en un ambiente democrático, lo es para el ateo beligerante, aunque este mismo no acepte tal derecho para la existencia de la creencia en un Dios personal o de la religión, calificandose a sí con cualidades que rayan en lo óptimo y calificando despectivamente a quienes son creyentes. El ateo beligerante tiene algo en común con el creyente fanático: ambos no reconocen las virtudes del otro, solo las propias; así, mientras uno se ampara en Dios para rechazar sin análisis previo al otro; el ateo beligerante desconoce, como si ese fuera su dogma, cualquier aporte de la religión en general, comportandose como todo un fanático, pero ateo. Si le hablas de pluralidad o tolerancia el ateo beligerante primero ve los errores de los creyentes y después ofrece el diálogo pero condicionado a la renuncia de la creencia. La Semana Santa es para los ateos beligerantes una especie de insulto manipulatorio de su tiempo y de su espacio, los puentes de comunicación con los creyentes son ausentes o, a lo mucho, fingidos; las observaciones de los ateos conciliadores sobre los aportes positivos de la religión son minimizados y los de cualidad negativa son maximizados. La tendencia esnobista de este tipo de ateos es mostrarse bajo la fachada de una jerga de autenticidad que implora por una autoaceptación a partir de la ruptura que se quiere evidenciar, de hecho lo hace, a través de las redes sociales virtuales. El ateo conciliador, maduro, no necesita de estar poniendo a cada rato pruebas de su ateísmo, no necesitar quitarle la venda de los ojos a los demás como necesidad de autovalidación; similar madurez la encontramos en el creyente no fanático, porque el fanático necesita autovalidarse a través del insulto porque no comprende la diversidad de enfoques y las preguntas de quien es distinto le aterran.

Como ustedes pueden apreciar la Semana Santa es una oportunidad de reflexión filosófica para todos, para reafirmarse, modificarse o plantear interrogantes de sí y de los demás. La percepción de lo complejo, de la imposición y, por ende, del alejamiento, no está en quienes son creyentes-practicantes no fanáticos para los que el contexto religioso de esta semana resulta estimulante para generar la re-comprensión filosófico-teológica; tampoco está para los ateos conciliadores atentos al fenómeno digno de estudio en el ámbito científico social y filosófico, hasta en tanto no se plantee el debate principal ontológico-teológico; ni tampoco el reto está en los agnósticos para quienes siguen buscando respuestas. El verdadero reto es para los cristianos no practicantes que evaden su realidad con el concepto de “vacación” y toda la maraña mercadotécnica hedonista, a la vez que el reto es para quienes se dicen ateos (beligerantes) pero son cerrados al diálogo fraterno, utilizando un sistema dual de interpretación del mundo similar a los creyentes fanáticos: si eres ateo como yo, entonces, acepto tus argumentos, si eres creyente de plano sabré, a priori, que no tienes razón en lo que digas sobre tus creencias.

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