Ella y yo – Incursión en el camino de la Filosofía. Tercera parte.

Voy a abordar ciertos aspectos relacionados con la docencia, los cuales considero importantes para el desarrollo de la filosofía personal. Podrán, tal vez, servir de prevención para quienes pasen por experiencias similares al tratar con la Filosofía.

La docencia, como ya había dado a entender en la segunda parte, ofrece todo un abanico de posibilidades que van desde el plano teórico-filosófico que motiva la investigación o actualización de los contenidos sujetos a enseñanza, así como los constantes cuestionamientos que los jóvenes hacen y que reflejan, entre otras cosas, su propia cosmovisión del mundo en su intento de cierta independencia, la cosmovisión de sus familias y la forma de pensar, por inducción, de los grupos sociales, de las clases y los estatus a los que pertenecen.

La docencia ofrece, como profesor, la oportunidad de expresar la propia interpretación del mundo, el honor de tratar de poner “un granito de arena” en la construcción de estructuras mentales que influirán, hasta un cierto rango, en la actuación de los discentes en pro de la sociedad que les toca o tocará vivir. Esto se puede apreciar en cualquier clase de Ciencias Sociales, Ética, Filosofía, Arte, etc., de quienes, a mi juicio, tienen el perfil idóneo no solo en el manejo de tales grupos de conocimientos sino en el proceso de enseñanza-aprendizaje. La adecuación es doble: tanto en el campo de la profesión como en el de la docencia, de ahí su complejidad.

Pero aún hay más, sobre todo tratándose de la materia de Filosofía (incluyendo obviamente la Ética), existe la posibilidad de que las explicaciones de ciertos temas dados en el aula reflejen un pensamiento doble, primero, el de los temas que explícitamente se comparten y, segundo, la interpretación del docente. En mi experiencia, casi a la mitad de mi corta trayectoria, me he dado cuenta de este problema que para nada debe de considerarse menor. Estas dos facetas se expresan el uno de forma objetiva, como contenido a tratar, y el otro como contenido mediado por alguien que ya tiene, o está formando, su propia cosmovisión, es decir, el docente.

Desde mi corta experiencia voy a desarrollar las dos facetas. Empiezo con la primera, es decir, la que tiene que ver con el desarrollo de los temas filosóficos en el aula tal y como son o como deben ser considerados de forma “objetiva”.

El hecho de que me guste filosofar no significa que pueda dar clases de Filosofía. Tal distinción no la tenía muy clara sino hasta hace relativamente poco tiempo. El tiempo que requiere tomar tal asignatura para prepararla es algo totalmente distinto de sentirse dispuesto a afrontarla en un salón de clase o, más allá, a un grupo destinatario.

Empecé joven a dar clase, la lectura de la Filosofía se centraba en libros de Historia de la Filosofía, alguna que otra lectura como la que he comentado antes, Marx, Rousseau, etc. Pensé que mi gusto por el cuestionamiento y por el pensamiento que yo decía “profundo” era suficiente, pues nada de eso. En el lugar en el que comencé a dar clase de esta materia los alumnos no daban muchas muestras de interés más allá de lo que yo les comentaba, esto me provocó que me sintiera en una zona de confort debido a la poca o nula exigencia de los estudiantes quienes, a propósito, se contentaban con los resúmenes de los resúmenes que ya tenía, solo que se los presentaba en un formato distinto para que no advirtieran el mismo libro que me servía de base.

La improvisación tuvo mucho que ver en esta etapa. Sin haber leído los Diálogos de Platón, por ejemplo, yo daba parte de las interpretaciones que aparecían en mi libro básico y, además, agregaba comentarios propios como si fuera todo un conocedor. Si a ellos los engañaba, por supuesto que a mí no tanto, aunque si me lo llegué a creer y lo confieso.

Después de leer varios libros que decían, más o menos, Introducción a la Filosofía, Historia de las Doctrinas Filosóficas, Nociones de Filosofía, La Filosofía en sus Fuentes, etc., me empecé a preocupar verdaderamente por el contenido concreto, por el aporte de cada filósofo, por escuchar lo que directamente me tenían que decir los muertos, pero ¿cómo empezar? esa era mi duda. En aquél entonces todavía no existía tanto libro en Internet, así que la posible solución iba a salir algo cara en sentido pecuniario, en realidad no lo fue o no lo ha sido tanto.

Empecé a leer por orden cronológico, al menos así comencé, pero no respeté tal designio, lo cual ha sido uno de los errores más importantes que he cometido y que ahora pienso en términos de “faltarle el respeto al tiempo” y a las cosas o, mejor dicho, personas contenidas en él. Entonces, leí los Diálogos de Platón entre lágrimas, risas y muchas reflexiones. Las últimas son por propia naturaleza, las risas fueron ocasionales y las primeras por la famosa muerte de Sócrates. La seriedad que para mí representó esta obra, porque la leí por mi mismo sin que fuera una instrucción externa, además la gravedad que significaba por ser la primera, al menos así lo pensé.

Después, leí varios libros que me encontré en un puesto ambulante: Como Filosofar a Martillazos y Ecce Homo de Nietzsche, Discurso del Método y Meditaciones Metafísicas de Descartes, Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres y Lo Bello y lo Sublime de Kant, entre otras obras que sinceramente ya no recuerdo. Esta forma de leer, pasando de un filósofo a otro sin la mayor reserva, sin el mayor respeto por la época creí que era algo justificado, por el gusto de la Filosofía, por creerme un autodidacta en ella. Confundí el ser autodidacta, lo que en efecto soy, con la forma en que uno de tal carácter debía al leer, pensé que yo tendría la suficiente capacidad para asimilar de pronto a Descartes y a Nietzsche, que después de que en la preparatoria me habían puesto a leer algo serio como los Manuscritos de Marx, automáticamente tenía la capacidad de soportar tales lecturas, no sabía que estaba cometiendo un craso error.

Mi prueba de fuego, por lo cual tuve que recapacitar, al menos en el pensamiento ya que tal vicio no lo he dejado totalmente, es cuando creí que podía leer varios libros al mismo tiempo y como no leía novelas ni por gusto, entonces, compré el libro de Ser y Tiempo de Heidegger y lo empecé a leer alternándome medias horas, o días, con el de Metafísica de Aristóteles. Los leí, ahora creo yo, porque mi paciencia se acababa, quería no sentir que me faltaba tanto y tanto por leer, como si los muertos no pudiesen esperar un poco más para ser leídos en sus obras. No entendía ni a Heidegger ni a Aristóteles, a la mitad del camino de la lectura tuve que suspender la obra de éste y fijarme en que Heidegger tenía su propia forma de hablar y no la mía, solo fue así como lo pude entender, solo fue así como la traducción de José Gaos dio resultado en mi cabeza loca. Después de llevar más de la mitad, el libro me resultó claro que no me dejaba ni dormir ¿cómo rayos voy a salir del Uno? ¿será suficiente lo que hago para no caer en la existencia inauténtica? Estas y otras preguntas que ahora de vez en cuando me rodean, antes eran persistentes porque se trataba de justificar, a como dé lugar, el estilo de vida que había empezado a escoger, quería justificarme que la decisión de ser sería la correcta. Fue cuando comprendí que para entender a Aristóteles es necesario pensar de forma sencilla, hacer a un lado el significado previo de las palabras con las que se topa uno en la Metafísica, una vez que lo logré me dije: Aristóteles es, en realidad, muy sencillo, fácil de entender, al menos a primera vista fue lo que pensé después de leer tal libro. En aquél entonces solo vislumbraba unas cuantas briznas de quien fue uno de los cimientos más importantes de la Civilización Occidental, tema que ahora me preocupa bastante.

Aprendí que a los filósofos se les tiene que dar su tiempo. No es posible leer a Nietzsche en tres días, como sí lo hice, sin perder la valoración de la importancia de tal autor. A Heidegger no se le puede leer sin sentir algo que provoca en la interioridad, al menos yo sentí doble culpa: la de no respetarle su espacio y tratar de combinarlo con Aristóteles y, la otra culpa, pensar que yo no era más que alguien que verdaderamente era un charlatán navegando en la ambigüedad de lo leído y dado a conocer por entendido.

Cómo daba mis clases, en medio de ciertos conocimientos que aprendía por mi propio esfuerzo, como las lecturas comentadas, pero salvando los huecos de ellas a través de los libros que hacen síntesis de diversos autores. La justificación era, ahora: me estoy preparando, toda una vida para seguirlo haciendo.

No es justo enseñar Filosofía sabiendo únicamente un contenido limitado a los resúmenes que se publican en forma de libros de texto, la baja exigencia estudiantil o institucional no alcanza a justificar la ignorancia en la Filosofía, por lo menos en la función de la docencia. Si ese es el camino, pues entonces, no queda de otra más que irse especializando en ella y leer directamente a los autores. El problema que surge es que la Filosofía pregunta por todo y de manera profunda, la pregunta supera al libro de texto y puede perdurar incluso más allá de la lectura completa de alguna obra que, aparentemente, la resuelva. Ese es el peligro de enseñar Filosofía, donde se puede tener control del contenido de la respuesta, pero no del ahínco con que se queda la pregunta en la mente de quien interroga. Es posible dar una explicación profunda a la pregunta ¿por qué estamos aquí? En la que, digamos, cumpla con ciertos parámetros su respuesta, pero la inquietud filosófica de algún estudiante, o hasta del mismo docente, puede quedar en pie si no es que intacta.

En la docencia me percaté de ciertas reformas educativas propuestas en el sexenio de Felipe Calderón y que afectaron definitivamente al Nivel Medio Superior. Sin ahondar en detalles, tales reformas trataban a las materias filosóficas como si fuesen “de relleno”, refiriéndome a la Filosofía misma, la Ética, la Lógica y el Arte, si no es que varias organizaciones como, por ejemplo, el Observatorio Filosófico de México (OFM) denunciaban tal arbitrariedad la cual se subsanó haciendo pequeños cambios en los artículos transitorios. Muchas personas allegadas tanto a la docencia como a la Filosofía compartían su indignación, decían, como todavía lo hacen, que el gobierno tenía la intención de formar personas para que fueran simples obreros calificados, en otros casos decían que querían formar a puros “autómatas”. Me percaté del problema al estar en un curso de Competencias Docentes, donde confirmé lo que tanto decían en las redes sociales y lo clarifiqué al ver la ausencia de un marco conceptual claro que, a la fecha, considero que tiene serias inconsistencias lógicas, y esto es lo menos.

Ser autodidacta en la Filosofía no es fácil. No es posible compararse con un filósofo de formación, con un licenciado en Filosofía. La metodología para estudiar, la asesoría y conversación entre profesores y pares no es fácilmente sustituible. Por ello, los licenciados en Filosofía tienen razón en decir, a propósito de la discusión de las reformas mencionadas, que se requiere de un perfil mínimo y necesario para cubrir las vacantes de la docencia. Así es, y escupo para arriba, tienen razón los profesionales mencionados, ellos son los indicados para dar clases de Filosofía, Lógica, Ética, Metodología de las Ciencias, Metodología de la Investigación, en general. Todavía estoy en un país en el que se piensa que los licenciados en Derecho lo saben todo, por eso hay varias escuelas en donde les dan hasta más de cinco materias diferentes: Taller de Lectura y Redacción, Lógica, Ética, Historia Universal, Introducción a las Ciencias Sociales (asignatura) por poner un ejemplo ¿acaso un docente puede especializarse mínimamente con tal variedad de materias, con tal carga de trabajo? Por consuelo, de lo menos peor de la reforma comentada es que pone un poco de énfasis, junto con el OFM, en la defensa de ciertos perfiles para integrar la planta docente.

Al ser profesor de Ciencias Sociales también debería de leer libros directos y no solo resúmenes, ese fue el objetivo, entonces leí libros de Sociología, Economía, Antropología, etc., los de Derecho no era indispensable, por la carrera estudiada, y los de Política (nociones) los tomaba de ella. Al hacer esto y formarme un panorama de las Ciencias Sociales se me abrió el contenido por la pregunta. Esta es otra cara de la Filosofía que no solo se colma como docente sino como quien se siente, o es, filósofo. Se debe saber de cultura general de modo que la pregunta surge de ella y el filósofo se ve inclinado por un área del saber que le auxilie en las respuestas filosóficas que busca, de esta manera la Antropología puede auxiliar para hablar de Religión, a la vez que ésta lo hace para entender de Teología, la cual ayuda para entender Teodicea, solo por poner un ejemplo bastante burdo.

Si ya he dicho que el profesional de Filosofía es quien originalmente debe de dar clases de la misma, por qué sigo siendo autodidacta. A lo que ahora respondo: he leído en directo los libros de ciertos filósofos, sinceramente no quiero leerlos de nuevo, tal vez esto jamás me igualará al aporte temático que haga un profesional, pero hay algo que si lo hace: el interés genuino, al menos así lo creo, por filosofar, por la actividad de preguntar y resolver preocupado por el hoy y ahí, no solo de mi yo sino de mi circunstancia, sobre todo social. Sírvame esto de consuelo, barato para alguien más. Seguiré preparándome y espero que Dios me ilumine y me ayude a filosofar encontrando respuestas tanto para mí como para quienes me rodean; reconozco que vivo en tiempos difíciles de los cuales me hago cargo en lo que personalmente atañen, pero me preocupo por el presente y el futuro de este mundo que, en cierto sentido, es mío también. Nadie me ha pedido que lo piense pensándome, nadie me ha pedido ayuda para comprenderlo, pero, sin que nadie me lo pida, criticaré sin cesar, plantearé preguntas que me siguen incomodando y que incomoden a los demás, dependiendo de la circunstancia no las haré a quien creo, como ahora lo veo, que no puede dar razón suficiente de sí por su vulnerabilidad mental. Por eso escribo en este blog. Alguien me leerá, si lo hace completo, pues qué bueno, si no va más allá de unas cuantas líneas, qué me queda.

Luego hablaré, en la siguiente parte, de la otra faceta de la docencia: la subjetiva y del peligro que me parece representa tanto para quien es docente de Filosofía como para los estudiantes de preparatoria.