Las costumbres y el factor económico

¿Cuáles son los elementos que influyen en el cambio de las costumbres? Por supuesto, algunos tienen que ver con factores psicológico-sociales y también con otros que más adelante trataré de explicar.

En primer lugar, describiendo lo psicológico social en cuanto a las modificaciones de ciertos patrones, en términos generales, costumbres, son causadas por la decisión, cuando es consciente, de los hijos de perpetuar o no determinadas pautas de conducta que en algún dado momento se consideran deseables en tal o cual sentido. La decisiones de las generaciones posteriores de aplicar lo anterior puede ser influida por diversos factores uno de los cuales es el económico. Me explico, el factor económico o estructura económica, en la línea de interpretación de izquierda, es uno de los elementos preponderantemente influyentes en la conformación no sólo de la superestructura compuesta de instituciones jurídico-políticas sino además de la llamada “ideológica”, a la cual pertenecen las costumbres como una de sus formas de expresión.

Antes que nada apunto que no tomo en cuenta la influencia recibida de forma inconsciente por la “masa”, es decir, por el conjunto de personas que dicen “vivir” su vida de forma rutinaria y escandalosamente pasiva en cuanto al pensamiento, justificación de una cierta clase de zona de confort para evitar las penas que provoca el libre pensamiento. Precisamente, me avoco a la explicación de lo que “supongo” en personas pensantes tiene acogida el tema que estoy dilucidando porque, en última instancia, se trata de personas que van a influir conscientemente en otras, aunque estas últimas lo tomen como la “masa” descrita o, mejor aún, sean capaces de poner en reflexión lo recibido.

Sin aterrizar totalmente en la interpretación marxista, me parece que los mecanismos por los cuales las costumbres se modifican son complejos donde diversos actores influyen en las personas para que apliquen otros criterios conductuales que varíen a favor o en contra de otras en las pautas reiteradas de conductas, es decir, las instituciones.

Los elementos que se pueden descubrir en la variación de las costumbres son dos, como mínimo: 1) las personas destinatarias del cambio y 2) aquéllas que se imponen a través de diversos medios para promoverlo. Haciendo la distinción de que en las del primer grupo podemos ubicar a los que “digieren” conscientemente y a los que no lo hacen de esta forma pero, no por ello, pueden considerarse víctimas. Lo anterior en cuanto a los sujetos porque el objeto, como tercer elemento, viene siendo la costumbre en sí misma considerada pero no vista de forma aislada sino a la manera heideggeriana de concebirla como un “útil a la mano” o como un elemento cargado de un “horizonte de significatividad”, lo cual se traduce en que la tradición concreta se aprecie en relación a las personas y un contexto si bien tempo-espacial pero además puede ser temporalizable, es decir, en el lenguaje común se capta el contenido de la costumbre en un tiempo y espacio determinado pero sin que ello obste para que la misma se pueda ejecutar en otro tiempo aunque en distinto espacio y por diferente sujeto.

Uno pensaría que las costumbres tienen por fuente principal la familia, pero el error de esta forma de considerar a la familia no radica en la falsedad porque de facto la premisa es verdadera, sino en el hecho de considerar a esta institución social como la única o casi exclusiva fuente de referencia en donde recae el supuesto poder de transmitir contenidos consuetudinarios. La consecuencia de pensar que las costumbres y consecuentemente los valores implicados en ellas recae únicamente en la responsabilidad familiar en relación con su instrucción y práctica hace pensar que la responsabilidad comunitaria es una pérdida y la responsabilidad gubernamental es cuestión del esperado “paternalismo”.

Cuando se habla de ausencia de la observancia en determinados valores no es referirse a la desaparición de los mismos sino al cambio de enfoque y preferencias valorativas, es decir, una falacia es pensar que los valores ya no se cumplen sino simplemente es el cambio en la jerarquía o en el descubrimiento de otros. Los valores encarnados en las costumbres no dependen del círculo familiar exclusivamente como lo he comentado con antelación porque la base y esencia misma de las costumbres se refieren a un elemento comunitario que va más allá de una familia.

El individualismo no puede destruir la familia, sea ésta considerada como un producto de un joven capitalismo o pre-capitalismo al nacer la propiedad privada de los medios de producción y considerada en su prístino significado como “esclavo doméstico” o ya que se considere como un producto natural dentro de la evolución del ser humano. De cualquier forma, es el último reducto social al que los individuos pueden aspirar para, en primer lugar, vivir biológicamente y para que, en segundo término, tenga resguardo moral en tal institución.

El individualismo, unido al capitalismo y liberalismo le hacen creer a la familia y a la sociedad entera que las consecuencias en la desaparición de las costumbres y, por ende, en la observancia de determinados valores son imputables a la familia, donde de facto circula el cliché que dice que “…es la célula básica de la sociedad”.

No es exclusivamente el factor económico el que influye en la decisión de las generaciones subsecuentes de modificar los patrones recibidos que constituyen las costumbres sino que es una ideología, es decir, una superestructura cuyo alimento se encuentra en una “aparente” variedad de fines y de sujetos actuantes. Digo “aparente” porque, en el fondo, responden a una conservación de privilegios de orden económico principalmente. Tal criterio de actuación va en contra de la naturaleza social del hombre, o sea, si el hombre tiene un instinto gregario para con los de su misma especie es obvio pensar en que la dichosa “célula básica” no sea el primer y único componente social último que represente un escape; lo anterior, al menos desde el punto de vista no-práctico porque la realidad es que la tantas veces mencionada institución se las tiene que arreglar para poder sobrellevar la educación y procreación de los hijos incluidas las costumbres en su propagación.

Así las cosas, lo que explica la desaparición de las costumbres es el pensar que lo verdaderamente importante son las cuestiones de orden económico como la principal fuente de solución a los diversos problemas que tiene y que rodean al ser humano. Las costumbres tienden a desaparecer porque las discusiones se centran en el presente, en el instante, y lo que se planea, si es que se hace, es el futuro económico, es decir, ya no se piensa en trascender la vida al estilo clásico –religión, por ejemplo- sino que las personas le toman más importancia al factor económico porque es lo que les puede salvar inmediatamente del sentimiento de vulnerabilidad que no son capaces de enfrentar.

Las autoridades que representaban los ideales a los que se pretendía llegar a través del cumplimiento de las costumbres van perdiendo fuerza al integrarse a la misma dinámica social de preponderancia en la toma de importancia del factor económico no ya para sobrevivir sino para la labor del pensamiento mismo. Por tanto, es más factible ver en los programas de televisión, por ejemplo, que se trate de temas del orden de lo inmediato y fáctico que de aquellos que involucren una reflexión que sea a mediano o largo plazo. Y no solo los medios actúan de esta forma obedeciendo económicamente al rating sino los más variados actores sociales y grupos de presión.

Los temas económicos y los directamente relacionados están en boga por la evasión de la crisis existencial que muchos padecen en relación con la muerte, una evasión del sí mismo y su realidad, donde psicológicamente no se acepta el azar, y porque también las instituciones que representaban ciertos ritos o costumbres en la sociedad han perdido poder a través de su inserción en el fenómeno político económico designado con la palabra “democracia”, hoy día una exigencia derivada incluso de la “globalización”.

Los valores fomentados por la “democracia” llevan sí a un ideal de tolerancia por las diversas manifestaciones culturales y costumbres, pero la misma “tolerancia” siendo representada supuestamente por la clase política y determinados grupos de poder como son los medios de comunicación aniquilan la posible influencia positiva o negativa de las costumbres, ya que en un país que se precie de “democrático” no existe la legitimación para que unas costumbres se superpongan a otras, al menos en el orden teórico porque en los hechos parece que hemos entrado al negocio de romper clichés y tabúes como si fuese una actividad común y cotidiana sobre todo en los círculos de intelectuales y científicos en las áreas sociales, acentuándose de forma exagerada en los medios masivos de comunicación.

Del panorama citado, al individuo no le queda más que comportarse estrictamente como tal: como individuo, y pensar no ya solamente que la familia es el único sostén de costumbres sino que la fuente de ellas es él mismo, pero ante la oferta tentadora de los “rompe clichés” se da a la confusión y prefiere evadir a través de medios de “recreación” su realidad ofrecidos por los mismos grupos de poder. El círculo se acentúa todavía más ante la crisis económica que provoca la desaparición de la clase media polarizando las relaciones económicas de tal forma que el círculo de posibles intelectuales se va a manifestar en un “caldo de cultivo” previo de índole económica que raya, en muchos casos, al subempleo y la actividad reflexiva disminuida por las ataduras de la rutina sofocante.

Para pensar y hacer arte se necesita “voluntariamente a fuerzas” del tiempo que sendas actividades requieren, del cual no disponen quienes solamente viven al día en realidad o aquellos que piensan que su tiempo no es libre por miedo al ocio. El ocio ha sido objeto de un cliché que sí conviene romper y está relacionado con la palabra “ociosidad” y con la palabra “vicio” de tal forma que se emplea una frase “la ociosidad es la madre de todos los vicios” la cual no refleja ingenuamente una simple frase o refrán popular sino, al contrario, una complejidad de pensamiento inserto en el inconsciente de muchas personas y que impide la labor de la reflexión creativa y del arte. El problema del ocio está relacionado con la posición económica de las personas que les permita de manera desahogada encontrar su tiempo, a la vez depende de la capacidad crítica que las personas tengan en relación con el tiempo dedicado a ellas mismas y no solamente que tiendan “hacia afuera”, lo cual representa otro obstáculo para la manifestación y práctica de las costumbres porque los sujetos implicados las relacionan con un concepto despectivo del “ocio” que interfiere supuestamente con su propio campo de acción personal, así, por vía de ejemplo, solamente acuden a “actuar” dentro de una celebración –costumbre- cuando “les nace” o son socialmente requeridos y hasta cierto punto forzados pero, cuando desaparece la mentada espontaneidad del “me nace” o la obligatoriedad social (ejemplo: el “padrino de bautizo”) las actividades de costumbre suelen considerarse como una intrusión al espacio de libertad de las personas, y cuando son practicados forman parte del ocio de aquellos que “…no tienen nada que hacer”.

Los clichés y tabúes que fundamentan las tradiciones se rompen hoy día principalmente a través de los medios de comunicación, también lo hacen los intelectuales pero estos no tienen el suficiente poder como para explicar y sacrificar la calidad de sus razonamientos ante millones de personas a través de los citados medios, porque tal comunicación no es rentable a juicio de estos últimos aún y cuando pregonan la incoherencia al decirse defensores de los valores pero transmiten programas cuyo contenido es contradictorio con la supuesta misión, no así con la verdadera visión y objetivos.

Ante la desaparición de las tradiciones y de motivos de refugio para las personas surge un tipo especial que contraría el espíritu de la democracia: los fanáticos, aquellos creyentes conservadores y seguidores de costumbres que, al ver la indiferencia de los demás en tales y aunado a la crisis económica y existencial por muchos vivida no queda de otra más que tomar como grupo social de referencia positiva y fuente de auto-evaluación exclusiva a los integrantes y grupos sociales que encarnan dichas costumbres tornándose en verdaderas fuentes de intolerancia y rebelión porque el grupo de referencia negativo es concebido como la sociedad que no practica tal o cual y percibida como si fuese una mayoría en un ambiente de pesimismo perenne. El fanático trata de recuperar terreno de identidad que cree perdido por lo que “explota” ante la supuesta provocación dada a cualquier fundamento de sus tradiciones, es la expresión misma de la sinrazón en un mundo que se precia de la razón en la democracia pero que, desgraciadamente, no privilegia el diálogo sino a través de los grupos de poder que tienen sus propias finalidades.

Es necesario recuperar la discusión de la permanencia o no de determinadas instituciones y su influencia en las costumbres como fuente de cohesión social que busque incluso fomentar bases firmes para la democracia.

Para trascender se requiere pensar, lo cual lograría la trascendencia netamente personal; pero una trascendencia comunitaria y, en algún dado momento, nacional, solo se puede hacer por vía de las costumbres.

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