De la libertad como premisa  para explicar un hecho de efectos negativos

La interpretación que voy a plantear está relacionada con quienes son destinatarios generales de una noticia en la cual se usa la palabra “libertad” atribuida a un sujeto que causa un acontecimiento cuyo efecto es negativo. Para esto voy a servirme, a título de ejemplo, de lo ocurrido con el avión de la compañía Germanwings que se estrelló el 24 de marzo presumiblemente  por un acto deliberado del copiloto.

Antes que nada, deseo expresar que se trata de un hecho lamentable tanto por la causa como, obviamente, por el efecto. Mi objetivo se centra más en un aspecto psicológico-filosófico (ético.)

La causalidad pura que aparece ante el primer conocimiento de la noticia,  planteada como interrogante, apunta a dos direcciones preliminares: a) falla técnica del avión o b) accidente, debido a causa humana.

La primera opción es interesante como intento de explicación del acontecimiento, pero, inmediatamente, la segunda fue manejada en el discurso ante los medios. Quizá la falla técnica del avión tiene tras de sí ciertas consecuencias económico-políticas que provocarían un escándalo en una dimensión distinta a la manejada como “accidente” provocado por el copiloto. No tengo elementos para hablar de esta opción, solamente expreso que el comportamiento de los destinatarios de la noticia que no tienen intereses económico-políticos directos sería quizá de forma similar a la imposición de la segunda explicación, ya que tiene la misma finalidad: Acallar la inquietud sobre la causalidad de tal acontecimiento a través del manejo de la información ante dichos medios.

De la noticia que le ha dado la vuelta al mundo se desprende, según la información dada entonces a conocer, una causalidad humana voluntaria, por tanto, sostengo que es totalmente incorrecto predicar de este hecho el término “accidente” si nos referimos al concepto que contempla la acción involuntaria.

La noticia en comento incluye otro elemento añadido a la causalidad humana que fue responsable de tal acontecimiento, refiriéndome al estado de salud psicológica del copiloto quien,  al quedarse en un momento dado a disposición total de la aeronave, decidió estrellarla. Tal estado lo han denominado los diversos medios como “depresión”.

Pero existe la opción “c” como explicación causal que es, digámoslo así, impensable, o sea, no surge al instante en que nos imponemos de un hecho como este. Esta última opción, no tan evidente, hace que queramos buscar una explicación que dé cuenta de las circunstancias que orillaron al copiloto a estrellar el avión, es decir, no se plantea de forma directa porque se espera una causa de la cual imputar cierta responsabilidad al copiloto para que, de alguna manera, sea excluida la generalidad de personas que no se encuentran en la situación causante.

La explicación masificada, manejada públicamente para acallar o calmar la consciencia, tiene que ver con un sentido moral, con un juicio valorativo que naturalmente tenemos cuando nos percatamos de hechos cuya causalidad es humana. No estoy diciendo que sea falsa, sino que la forma en la que manejamos la información quienes somos destinatarios de ella tiende, por decirlo de alguna manera, a justificar un cierto contexto relacionado porque nos topamos con un gran problema que contempla la libertad humana: El mal o, concretamente, el mal moral.

La versión pública, sintética y manejada masivamente es: “… el copiloto se encontraba en un estado de depresión y decidió estrellar el avión…”.

De la expresión anterior nos topamos con dos elementos: 1) depresión y 2) la “decisión”.  La segunda tiende a ser calificada por la primera por parte de la generalidad como “mala”, de esta manera la decisión de estrellar el avión es explicable causalmente debido a la depresión del copiloto. Así, la generalidad de juicios sobre el acontecimiento se desmarca de la situación concreta, dejando tranquilas las conciencias tanto por el lado explicativo como por el lado moral. El primero por la curiosidad explicativa simple que cualquier persona tiene ante un hecho o acontecimiento que se le aparece como “nuevo” y que puede ser el detonante tanto de la investigación profunda, filosófico-científica, como por la curiosidad malsana e inmediata: morbo. Por el lado moral, las personas se deslindan del acontecimiento porque la libertad del copiloto fue condicionada por un padecimiento, por tanto, todos quienes no lo tengan como accesorio pueden válida y valorativamente juzgarlo porque la libertad de los juzgadores la piensan como sana.

La opción “c” no aparece como intento de explicación porque la “libertad” pura no suele ser cuestionada en un contexto positivo, solo el negativo al que se le añade la nota en este caso de la “depresión”. Esta opción se constituye por la calificación pura de la libertad del copiloto sin esperar una condicionante de tal ejercicio, es decir, el enunciado sería como sigue: “… el copiloto decidió estrellar el avión” así, sin más notas calificativas del actuar.

Si algunas personas no soportan el azar tratándose, sobre todo, de acontecimientos negativos que la involucran como simple causalidad desconocida solo en su aspecto activo, buscando resolver la explicación achacándole la responsabilidad a quien originalmente se presenta como víctima, dando la impresión de manipulación –afectiva- del hecho por su conocimiento, entonces, en una situación que se ofrece al espectador en que la causalidad humana es plenamente conocida en su parte activa, es decir, como causa agente y en su parte pasiva como efecto que comprehende a otras personas, se presenta la impotencia de soportar la causalidad humana en términos de libertad sin calificadores negativos, debido a que la ausencia de ignorancia sobre la causalidad activa no permite al observador victimizarse en el acontecimiento culpando a la víctima real con expresiones como, a título de ejemplo, “te lo dije” (“… para qué tomabas ese avión”.), y así tratar de delegar la culpa sobre el hecho, por lo que procede a culpar directamente al polo activo de la causalidad pero agregándole una nota accesoria a la libertad (como la depresión, en nuestro caso); parece que, a como dé lugar, en la explicación de la causalidad de ciertos acontecimientos que se muestran dañinos o negativos al espectador, existiese una cierta lógica de explicación a través del encuentro de los polos de la causalidad. La impotencia de deducir la causalidad activa sin calificar la libertad con atributos negativos puede serle más fácil al observador si no es una víctima real o relacionada con las directamente involucradas es el caso, por ejemplo, de un simple lector de noticias de periódico porque busca, tal vez de forma inconsciente, el ingrediente accesorio a la decisión del causante de la catástrofe y conocido en su papel activo, dándose el desmarque total de sí con respecto al acontecimiento; de esta manera, la “depresión” empieza a tener un papel relevante en la explicación no como elemento accesorio sino como definitorio causal de la decisión. La calificación negativa de la libertad se puede agravar y, de esta manera, comparar análogamente con lo sucedido en el caso del azar si el lector de la noticia tiene un vínculo directo o cercano con la víctima, ya que la culpa aparece como si tal hecho fuese prevenible, entonces, tanto el observador como la víctima real pueden sentirse culpables, claro, esto depende de cuál es el grado de afectación y de relación interpersonal.

Si consideramos como causa pura la libertad así, sin más, como la única o, por mejor decir, la principal causa en medio de las circunstancias, volviéndose insoportable como única fuente de explicación de un acontecimiento negativo, donde no es el azar evadido de conocimiento y de atribución de responsabilidad dirigiéndosela a la víctima sino que se presenta la noticia con las dos caras, la causa y el efecto, francas ante el espectador y destinatario, entonces, luego-luego, éste como hemos visto busca una explicación que dé cuenta de una calificativa que lo distinga de sí, como potencialidad de obrar mal, del contenido en la nota que se le impone como noticiosa con reconocida causa, es decir, el destinatario de la noticia no quiere tener nada que ver, en común, con la causalidad humana ejecutante de un acto “malo” o negativo, por eso acude a una escala de valores bipolar: “yo soy ‘normal’ porque no tengo depresión y tú (en este caso el copiloto) estás mal porque no te atendiste, o no se preocuparon los demás de tu situación”. Repito que tal juicio se complica cuando el observador está vinculado directamente con la víctima.

Por cierto, las aerolíneas van a revisar los antecedentes psicológicos de los pilotos antes de encargarles su misión y, además, propusieron protocolos de seguridad en los que nunca se presente la situación de dejar a uno de los copilotos solo, y de forma excluyente,  en la conducción del avión. Alivio explicativo para quienes juzgan los acontecimientos como lo he comentado arriba.

En síntesis, buscamos que la libertad carezca de un componente moral adicional superior a ella cuando nos conviene, como en el caso de la respuesta a ¿por qué lo hiciste? donde resalta la libertad absoluta sin calificativas, por ejemplo, “porque así lo quise”, “fue mi decisión” y similares expresiones; pero cuando el ejercicio de la libertad involucra efectos nocivos se busca una calificativa a la misma de orden superior que, de alguna forma, la explique como sucede en el caso que nos ocupa donde tiende a interpretarse en términos de “depresión crónica” como factor que posiblemente determinó (mejor decir “influyó”)  la “decisión” del copiloto de estrellar el avión.

Aquí me surge una interrogante ¿qué hubiera pasado si no hubieran encontrado los antecedentes psicológicos del causante? (copiloto, en nuestro ejemplo) ¿Cómo hubiéramos procesado la noticia si no encontramos esa “falla” que esperamos en el ejercicio de la libertad, sobre todo cuando ésta nos afecta por su negatividad?

Podemos conceptuar la libertad de dos formas, a) capacidad y ejercicio de elección o, añadiéndole un elemento de valor, b) capacidad de elección con responsabilidad, aunque se le pueden añadir más notas que involucren una idoneidad para tanto el ejercicio de la facultad como el contenido a elegir.

La forma en la que conceptuamos y actuamos la libertad nos puede dar cierta pauta para intentar comprender el fenómeno que estoy tratando de explicar.

Dando respuesta a la pregunta que formulé antes, parece fácil encontrar una explicación por la ausencia de pruebas psicológicas o psiquiátricas reales que den cuenta del padecimiento del causante. Si, a como diera lugar, la prioridad hubiese sido dar una explicación sobre el acontecimiento, entonces, se presentan las hipótesis abiertas de la falla técnica del avión y de la causalidad humana en forma general. La invención de pruebas en uno y otro caso no se haría esperar con tal de tener una explicación en donde haya responsables con la correspondiente seguridad jurídica, política, económica y, de paso y trasfondo, psicológica. Aunque, en realidad, la noticia se difundió atendiendo a la causalidad humana que ya he explicado antes.

Si las personas han aceptado de buena gana la explicación dada en los diversos periódicos sobre tal hecho es debido a lo que he comentado antes; al menos, es lo que he captado a mí entender. Pero, según lo que antecede, discrepo de tal interpretación, lo que hace que me haya planteado ciertas cuestiones relacionadas con la causalidad en su parte activa.

En los diarios se mencionó, reiterando, la depresión crónica como un estado que influyó en la decisión del copiloto. 1- ¿existían las pruebas de tal estado o las fabricaron? Cuestión que no puedo resolver satisfactoriamente porque no tengo los medios para allegarme de tales pruebas que imputen o desmarquen al causante y a quienes están laboralmente relacionados con él ya que no soy parte en el proceso judicial y no tengo las influencias periodísticas para tal efecto; claro, podría serme fácil atribuir, de buena fe, la cualidad de “verdadera” a la información mencionada por los diarios y presumir, en la misma medida, que el copiloto tenía depresión crónica y de esta manera desmarcarme psicológicamente de la noticia en la forma en que he descrito antes.

Nota: la pregunta y la respuesta anterior se pueden plantear por cualquier espectador de algún acontecimiento negativo que sea objeto de información noticiosa con tal de que la nota aluda a una expresión libre de la voluntad. (Siguiendo con el ejemplo: El piloto del avión fue atendido por 41 médicos sin dar señales de alarma ¿quién busca desmarcarse?)

De cualquier manera, si no tengo la capacidad técnica-científica para comprobar la verdad de tales pruebas lo que puedo hacer es hacerme la pregunta en el sentido psicológico/ético, es decir, bajo la hipótesis de su inexistencia real o supuesta. Real porque es posible que técnica y científicamente no existieran las pruebas para calificar al causante con el padecimiento mencionado; supuesta, en la hipótesis de que no existiere la necesidad de fabricar, o inventar, las pruebas para satisfacer a los destinatarios de la noticia ya sea este supuesto por descuido o por plena conciencia; si fuese este último caso, es decir, que no exista la necesidad de inventar pruebas psicológicas para imputar responsabilidad al causante, entonces, las líneas de investigación serían sobre las fallas técnicas del avión, cosa difícil de creer por sus implicaciones en diversos órdenes de realidad político-social, pero si esta ausencia de necesidad explicativa fuese verdadera, entonces, la descripción que he puesto sobre el comportamiento psicológico del observador con relación a la víctima, en su intento de comprender la causalidad en un hecho afectado negativamente, carecería de sentido.

Para ser coherente con la descripción que he mencionado, pregunto: 2- ¿Sería posible establecer la libertad pura del agente (en este caso del copiloto) como causa principal de un acontecimiento que afecta negativamente al simple observador?,
3-¿hay una relación que se nos revela en la necesidad psicológico-social de atribuir a la libertad un defecto accesorio que la califique?

Psicológicamente se nos ha hecho creer en la actualidad, tal vez sea por el fenómeno polifacético del Postmodernismo aunado al auge de la Psicología, que la felicidad es un término cuyos componentes únicamente tienen sentido bajo la explicación de la conducta humana profesional en el sentido horizontal (psicológico) dejándose de lado la interpretación vertical filosófica o, incluso, teológica-moral en el planteamiento de la realidad humana “globalizada”, por lo menos, en Occidente. La libertad es reconocida por este orden explicativo como un componente de la felicidad de forma tal que ocupa, o tiende a ocupar, la cúspide de importancia en la jerarquía de valores personales y tiende a cuestionar las jerarquías tradicionales, por decirlo así, intergrupales para transformarse en una bandera en sí misma que representa, casi a la par, a la felicidad.

La interpretación psicológica de la felicidad con el componente de la libertad, también delimitada, supone afirmativamente el correcto funcionamiento del ser humano en las esferas corporal, intelectual y emocional a nivel personal e interpersonal imprimiéndole, de esta forma, funcionalidad; entonces, cualquier forma de disfunción social y personal es conectada con el concepto de libertad en términos de disminución atribuida profesionalmente y masificada a través de los medios de comunicación, por cierto, no de manera tan profesional bajo la forma de conciencia (ideología que va más allá del alcance de la Psicología) cuya importancia radica en aumentar la libertad a través de las siguientes notas que enuncio, no de forma limitativa: culto al cuerpo, salud, placer, éxito y diversas formas banalizadas del amor, amistad (redes sociales virtuales) etc., valores de tipo económico que condicionan el juicio de independencia como componente de la libertad y este, a su vez, de la felicidad.

4- ¿Por qué debemos depender de los juicios psicológicos a nivel profesional para atribuir un correcto ejercicio de la libertad? Normal de hecho es la dependencia explicativa, por eso he tratado de describir el comportamiento del observador de la noticia, pero mi duda es si esa dependencia es normal de derecho.

Reconozco el auge de la Psicología y su importancia en diversos contextos como el familiar, empresarial-laboral, educativo, etc., no cabe duda que está rindiendo frutos, mismo reconocimiento le debo a la Sociología como una ciencia que, a pesar de que en ciertas latitudes sigue siendo tardío tal reconocimiento, no deja de observar la realidad en sus diversas facetas; pero la cuestión es si es conveniente dejar a la Psicología o, mejor dicho, los juicios de esta índole sean la primer referencia ante la explicación de un hecho cualificado con el término “libertad” en el sentido en que previamente he afirmado. 5- ¿Dónde está el aporte de la Filosofía, concretamente de la Ética en la explicación del hecho? 6- ¿Dónde está la expresión del sentido común de un pueblo o de los destinatarios de la noticia concretada en su sentido de moralidad?

Nos estamos acostumbrando a definir palabras de índole originalmente filosófico y, en ciertos casos, teológico, acudiendo a una ciencia de carácter horizontal para dar cuenta de un acontecimiento que produzca el efecto de “normalidad” en el simple observador quien, como decía, se desmarca considerándose a sí como libre y, probablemente no tan consciente, feliz porque “funciona” en sí y socialmente de forma “correcta”. ¿Correcta, ante quién?, 7- ¿qué ideología le puede decir a alguien que funciona de forma correcta? Digo ideología porque los términos empleados en las investigaciones científicas parten de una realidad conceptual binaria: término y su correspondiente significado cuya concreción no se precisa de forma aislada sino en conjunto, formando una serie de conceptos que describen o tratan de describir la realidad, es decir, la realidad es interpretada, pero tal cosmovisión no es igual ideológicamente en los diversos sujetos que interpretan.

De hecho, hay una serie de palabras que están siendo catalogadas sin tomar en consideración su origen, no por decir etimológico, sino contextual-histórico y filosófico, por ejemplo: caridad, perdón, coherencia, ciudad, democracia, libertad, felicidad, etc., y otras que actualmente se encuentran en el centro de la discusión pero que no mencionó para no evadir al lector.

Quién iba a pensar que la palabra “perdón” sería destinada a sí mismo y no, como originalmente es, un valor relacional, de una persona a otra; de hecho, es común encontrar personas que aconsejan “perdonarse a sí mismo”. Sirva lo anterior como ejemplo sobre el uso y abuso de ciertas palabras.

En cualquier libro de Ética general podemos encontrar un reconocimiento expreso a los aportes de la Psicología tratándose del tema de la libertad, in concreto los diversos obstáculos limitantes, por ejemplo, la violencia, neurosis, desajustes psíquicos, el miedo, etc.,  pero se trata el tema no como dependencia directa de la libertad sino como limitaciones influyentes (no determinantes.) Me explico, la libertad de un individuo en el ámbito de la Ética es una característica humana condicionante necesaria de la imputabilidad o responsabilidad; de esta manera, sin libertad no existe responsabilidad, en términos generales. La libertad pura tal vez no exista, pero eso no obsta como para considerar que con cualquier desajuste se elimine por completo como para dejar en un estado de inimputabilidad al causante material de un hecho negativo; por eso, en este orden de ideas, cabe plantearse la pregunta en el caso del copiloto 8- ¿otra persona con el mismo padecimiento hubiera actuado igual? La respuesta no puede ser categórica en ningún sentido porque suponemos la libertad influida y no totalmente condicionada por el padecimiento. La otra interpretación, la cual se estuvo dando a conocer, es que el copiloto que estrello el avión “decidió” hacerlo teniendo depresión crónica, en el sentido de catalogarla como causante de la toma de decisión, interpretando la relación como necesaria y en contradicción con la palabra “decisión” si asumimos que este término resulta de la aplicación de la “libertad”. Esta interpretación es la que permite el desmarque total y, en cierto grado, inconsciente que es a la que me referí como miedo a la libertad franca sin calificativas por parte de un simple espectador de la noticia.

De las anteriores dos interpretaciones el Derecho ha actuado conforme a la primera, a través de la modificación de protocolos y, quizá, de la revisión de las relaciones de trabajo. Tal actuación o puesta en marcha de la maquinaria jurídica sería más evidente si el hecho hubiera quedado solo en grado de tentativa, caso en el que el copiloto estaría seguramente en prisión y sujeto a proceso en espera de una resolución judicial. En este contexto, me llama la atención la similitud con el caso del asesino de Noruega a quien se le hicieron peritajes de orden psicológico y psiquiátrico dándolo a conocer de forma similar, es decir, el multihomicidio fue causado por alguien con paranoia esquizofrénica; siendo el efecto de esta otra noticia similar a mi descripción sobre el comportamiento y juicios de valor de un simple observador de noticias.

Vuelvo a preguntar de otra forma 9- ¿debemos de atenernos a la espera de las explicaciones de orden psicológico para darnos cuenta de la maldad de un acto humano? La pregunta cabe hacia los dos casos, el del asesino y el que inicialmente mencioné, y los demás que de forma análoga encuadren.

Mi respuesta es negativa. No debemos de esperar que “alguien” nos explique con  bases científicas (que en la mayoría de los casos no se van a evidenciar totalmente por estar sujetos a proceso judicial) el comportamiento de una persona cuyas consecuencias son negativas socialmente. No debemos esperar una explicación que el simple sentido común, cargado de cierta consciencia histórica juzgadora, puede dar ante cualquier o, mejor dicho, la mayoría de acontecimientos de por sí juzgables. 10- ¿Acaso no tenemos una base ideológica cuya historia es reconocida en el Mundo Occidental anterior al fenómeno del Postmodernismo capaz de ser el punto de partida de la cosmovisión general personal e interpersonal y, por tanto, de la actividad juzgadora? 11- ¿Acaso no podemos poner en orden lo que el Postmodernismo ha puesto en duda?

Nos hemos vuelto atenidos hacia un sector de la ciencia horizontal, no solo nos dicen “científicamente” que debemos de tener tal o cual estilo de vida en diversos órdenes como, entre otros, el alimenticio, entretenimiento y, sin expresamente mandarlo, el consumo; también se ordena la esfera íntima (sexual) bajo la defensa de la libertad excluyente de la preocupación social, pero bien que socialmente se juzga sobre un aumento en dicha libertad lo que es un contrasentido. Juzgándose la libertad solo desde el punto de vista psicológico y no moral ya que ésta es relativizada y reglamentada para ser objeto de consumo o, de plano, absorbida por la globalización (pretexto)

Nuestra sociedad Occidental tiene los cimientos ideológicos capaces de basar los juicios de valor sin necesidad de esperar el pragmatismo que rodea la explicaciones de índole psicológica pero, lamentablemente, el Postmodernismo globalizado en esta parte del Globo absolutiza la libertad cuando el individuo (individualismo) ve que le conviene el resultado de su proceder inmediatista donde no tiene duda sobre su proceder, ya que el mismo está explicado por alguna ciencia particular (horizontal) que le puede decir, con ánimos lucrativos, qué hacer sin necesidad de acudir a un simple conocimiento por sí mismo. De esta manera, las explicaciones psicológicas tienden un puente de comunicación reconstruyendo lo que el Postmodernismo ha roto, es decir, en medio de la incertidumbre de la que es presa el que vive de forma individualista y enajenada del sentido histórico, surge la explicación psicológica o seudo-psicológica capaz de darle consuelo y comunicación con una realidad que le permita, en cierta medida, ser tolerada.

Así que a la pregunta general: 12- ¿hizo mal el asesino fulano de tal? La respuesta con tendencia común es: “sí, ya que se demostró que el asesino padecía de…”. Diversa es la respuesta anterior al surgimiento, (o dicho de forma políticamente incorrecta: “comercialización”),  de la Psicología por las razones que he apuntado: “¡Vaya, qué pregunta! La vida es sagrada, nadie tiene el derecho de quitarla…”. La primera respuesta es la que últimamente se está utilizando como pretexto de actuación ¿quién te autoriza para hacer o no hacer? Es el juicio psicológico el que pretende abarcar todas las esferas de la vida humana; pero, en cambio, la segunda respuesta, que solo ejemplifiqué sin que sea necesaria esa fórmula, no está sujeta a alguien “autorizado” para dar cuenta de un hecho sino que, por ese sentido común que mencioné teniendo un componente histórico, se vierte con un contenido inculcado consuetudinariamente formando parte de la estructura básica de la cosmovisión personal. La primera respuesta puede ser objeto de prueba, de una recalificación o, en última instancia, rechazo con el pretexto hecho cliché “en la ciencia no hay verdades absolutas” como si la cosmovisión de una persona estuviere siempre en una duda por sí y como si se tratase de un objeto científico y de un sujeto de pruebas, hablando del destinatario de la noticia. La segunda respuesta nos ofrece estabilidad en la cosmovisión personal con la correspondiente seguridad de emisión de opiniones acordes con el sentido común histórico.

No estoy rechazando la labor explicativa de la Psicología sino la aparente anulación del sentido común interpersonal marginándolo hacia situaciones que se piensan menores con el pretexto de que una ciencia puede dar justificaciones éticas y sociales al comportamiento personal e interpersonal. No es necesario mencionar que existe relación entre la emisión de juicios científicos y los fenómenos de poder que, en muchos casos, obedece a factores cuya índole se escapa de la valoración psicológica misma. Nosotros no podemos “tapar el sol con un dedo” y pretender creer que la emisión de opiniones científicas de diversa índole, ya sea económicas, sociológicas o, en el caso que nos ocupa, psicológicas, son imparciales y no están influidas por intereses mezquinos.

Ante todo esto 13- ¿qué podemos esperar?

Termino diciendo que la inercia va a seguir siendo de dependencia en la explicación psicológica masiva  dirigida hacia los destinatarios de noticias socialmente negativas. Pero esta inercia en la explicación “científica”, justificadora de la conducta en general y explicativa de casos particulares como los que ejemplifiqué, se va a topar con un gran tabique, por decirlo de algún modo, refiriéndome a la cultura del Medio-Oriente, concretamente a ciertas expresiones relacionadas con la religión que ya se está empezando a hacer notar por una discordancia de actitudes, valores y, en general, como dos cosmovisiones que a algunas personas les provoca cierta atracción por, tal vez, una peligrosa idealización que desdeña el Postmodernismo o, como en mi caso, que dé vuelta a ver las bases sobre las que se ha asentado la Civilización Occidental.

La apreciación del bien y el mal moral corresponde con una capacidad innata del ser humano de enjuiciar lo que a la conciencia compete, lo cual es por un sano y natural sentido común, lejos del cliché “…es el menos común de todos los sentidos”, tanto la Lógica le llama, valga la redundancia “lógica natural” y la Ética llámale “conciencia moral”, influenciada históricamente tanto por la religión como por la Filosofía y las ciencias horizontales, sin embargo, dicha influencia es en la forma de existencia y, por ende, de expresión, más no en su esencia como capacidad humana. Tal capacidad es innata aunque en potencia se desarrolla, se actualiza.

La apreciación del bien y del mal debe ser una prioridad en la educación, entendida como dirección valorativa y con una jerarquía acorde con los fines intrínsecos analizados a la luz del realismo ontológico y del humanismo, bases estas de la cultura en la que vivimos y que comporta graves riesgos de identificación cuestionarlas como lo hace el Postmodernismo sin ofrecer posiciones mejores limitándose tanto a “poner en duda a la autoridad” como a la absolutidad de la libertad individual, sirviendo de caldo de cultivo para una especie de consumismo capitalista despersonalizante.

Atenerse a los aportes de las ciencias que estudian la conducta para explicar y en muchos casos justificar la propia tanto a nivel individual como colectiva es dejarle una tarea y carga ajenas a las mismas que las personas por sí mismas deben de colmar pensándolas como auxiliares pero no como sustitutas de la propia cosmovisión.

 

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