De los primeros principios

Escribo sobre este tenor animado por ciertas circunstancias que, en la actualidad y en el terreno ideológico, tomado en sentido general, han motivado una respuesta al relativismo en muchos ámbitos de la ciencia principalmente en las de contenido social, por lo que he de recordar algunos de los supuestos en que descansa la ciencia en general, sin particularizar en alguna en especial puesto que dichos principios son de carácter filosófico-metafísico, es decir, son entes de razón fundamentantes de las demás áreas de conocimiento.

Esta información ciertamente se puede encontrar desarrollada en libros de Lógica, Crítica –Teoría del Conocimiento- Gnoseología y, por supuesto, Metafísica, fuentes donde se puede consultar con bases fehacientes y sólidas, ¡claro! Aquellos que niegan esta última parte de la Filosofía pues, tal vez, se puedan contentar con tratados de Lógica no-tradicional sino netamente empírica; dadas estas circunstancias aún para los detractores propongo una interpretación complementaria con mis propias aportaciones sobre los mentados primeros principios, el objetivo radical es eliminar rastros de relativismo en aquellos que apenas se inician en la labor de interpretación de la ciencia y, por supuesto, en la Filosofía.

Comienzo con citar el concepto de “principio”, según el que conviene de la Real Academia Española: “Cada una de las primeras proposiciones o verdades fundamentales por donde se empiezan a estudiar las ciencias o las artes”. Tal implica hablar de “primeros principios” en plural y en concreto.

El primer principio que se debe de estudiar antes de aprender aquéllos concernientes a alguna ciencia en particular es el de “Identidad”.

El Principio de identidad dice así “El ser, es; el no ser, no es”, otra fórmula para enunciarlo: “Una cosa es idéntica consigo misma”. Históricamente se debe la aportación al filósofo Parménides y, consecuentemente, fue desarrollado más tarde por la Filosofía primera –Metafísica- Aristotélica junto con varios de sus complementos y aportaciones, posteriormente es adaptado por la Filosofía perenne.

La interpretación del sentido de la frase es como sigue: “El ser, es…” corresponde a la primera parte del enunciado, la cual es una oración completa porque expresa los datos mínimos de sujeto –el ser- y de predicado –es- la cuestión medular de la Filosofía es la investigación del ser como verbo en aquellos seres o entes, dándose la cuestión ¿en qué consiste el ser como verbo? O, en otras palabras, ¿en qué consiste el acto de ser?, ¿qué es lo que hace que una cosa sea lo que es?, etc., muchas preguntas inquietantes que los filósofos, entre ellos Aristóteles, han formulado en torno al tema. Obviamente no voy a desprender la Metafísica aristotélica en este ensayo, sólo me limito a expresar una interpretación si influida pero, no por ello, impersonal.

Independientemente de los aportes dados por Aristóteles en torno al problema del ser desprendo la aplicación concreta de la primera parte analizada del enunciado de la forma que sigue: “El ser, es…” se refiere a la identidad perfecta entre el ente particular y el acto de ser tal ente, la identidad se muestra ejemplificada en el ser existente, caso concreto, “esta silla es”, me estoy refiriendo a que el ser –sustantivo- llamado silla está actualizándose, es decir, se ejerce de alguna manera el acto de ser –verbo- de la silla, mi mente reconoce que tal objeto es, actualizándose a través de mi memoria, lo que me permite describirlo en estas breves líneas pero distinguiéndolo de un simple concepto de silla y del ser concreto de esta silla. Si digo “esta silla es” no puedo pensar en lo contrario, es decir, no puedo ver al tiempo la silla y afirmar que “no es”, lo cual sería una falta de adecuación de mi mente y sentidos al objeto. De ahí la definición clásica de “verdad” como acuerdo de la mente con la realidad.

Puedo formular el principio, como de hecho se suele hacer, de acuerdo a la matemática, incluso es más sencillo: a = a, esta forma de expresarlo concuerda con dos de los enunciados que puse en primer lugar. La “a” que se encuentra primero al leer la sentencia matemática se expresa así: “a” es igual que “a”, en dos partes, “ ‘a’ es”, aquí se repite el principio de identidad con un franco reconocimiento, la existencia de “a”, la actualización de este primer término gracias al acto de ser, por eso, con toda autoridad, puedo expresar la primera parte diciendo: “ ’a’ es”, menciono sujeto y predicado en tan solo dos elementos, una letra y una palabra, no hay cosa más sencilla que esta. La fórmula completa a = a “ ’a’ es igual que ‘a’ ” concuerda con el principio de identidad en su versión derivada o extendida: “Una cosa es idéntica consigo misma”, pero la simpleza original es la que primeramente se ha citado. De hecho, el signo “= “ es la razón expresada matemáticamente de lo que se llama igualdad, es la razón para llamar a una expresión matemática ecuación. Donde la ecuación o igualdad se da entre un objeto consigo mismo, en primer lugar, porque la igualdad entre varios elementos que van más allá del sí mismo, del ente tal cual, la llamaría identidad derivada, no original.

Ejemplo sencillo de la aplicación del principio de identidad en su formulación matemático-algebraica puede ser como sigue: 2a+2b+4a+7b = 6a+9b; el principio de identidad se muestra en sus dos facetas tanto en la original como en la derivada, la original nos hace pensar que “2a” es idéntica consigo misma, que existe y es representada por virtud del acto de ser, el citado principio aplicado de forma derivada permite pensar en la identidad de sumar “2a” mas “4a” para que, de forma derivada de “el ser del ente” dé como resultado después del signo igual la cantidad de “6a”; por lo tanto, no es concebible ni siquiera como posibilidad pensar que “2a” puede ser y a la vez no ser, cosa que más adelante se tratará, ni mucho menos que “2a” puede ser también “7b”, porque si pensáramos que podrían ser uno el otro y viceversa se estaría violando, primero, el principio de identidad en su carácter metafísico, en el ser opuesto al no ser, que evidentemente no puede negarse el ser a sí mismo y tomarse como la ausencia en virtud de la teoría del acto y de la potencia a la que me remito en las consideraciones aristotélicas y de la Filosofía perenne. Es preciso que la mente se afiance en la afirmación o en la negación pero sin pretender siquiera que las dos posibilidades, es decir, la presencia o ausencia, el ser y el no ser, se encuentren juntos.

También es de reconocer que las Matemáticas son una ciencia sumamente estricta en cuanto a la aplicación del principio de identidad, no por nada han sido el modelo a seguir de varios pensadores como pauta para desarrollar todo un sistema y metodología filosóficos.

Regresando a la ecuación, se ve la aplicación concreta del principio de identidad respaldado por un signo simple que la supone contenida: “= “, las ecuaciones, como seguramente recordaremos, se refieren a datos que están correspondidos tanto de un lado del signo como del otro, a parte de que la palabra “ecuación” se refiere a igualdad. Si negásemos lo anterior, sería imposible resolver cualquier operación matemática, ni siquiera existiría la palabra ecuación o la palabra igualdad y, en otros ámbitos tampoco se hablaría de equidad o justicia.

La segunda parte que falta por analizar del principio de identidad es: “… el no-ser, no es” la frase total parece obvia y hasta pudiera llegar a pensarse que hasta ridícula en la manera en que se escucha y en su formulación, pero no, como puede desprenderse de lo anterior es una frase llena de sentido y con una trascendencia impresionante. Pues bien, esta segunda parte indica ya una negación doble, por un parte la primera negación niega precisamente el ser como sustantivo, el ente concreto, y la segunda negación, por coherencia, niega el ser, es decir, la acción o actualización del ente particular, el acto de ser. En la primera parte de la frase total se afirma al ser sin incluir la partícula “si” solamente se menciona “el ser es”, pudiendo afirmarse así “el ser, sí es” lo cual no resulta necesario porque el ser como sustantivo ya lleva implícita la acción de ser, no es necesario más que suponer que lo que existe está existiendo, actualizándose, siendo, por lo menos mientras existe. Lo anterior nos puede llevar a la cuenta de la bondad como presencia o como ser y presumir la ausencia como un no-ser, es decir, lo común es considerar la presencia, el ser que es, y no la ausencia, lo cual refleja nuestra propia naturaleza insita en el ser-humano, la bondad, la presencia que no necesita demostración, sino que la negación necesita demostración y hasta explicación; esta interpretación por supuesto que rebasa los límites de este ensayo porque va más allá de lo metafísico y se extiende a lo ético y pudiendo ser hasta el plano teológico donde, a través del principio de identidad, se puede presumir la existencia por la afirmación implícita en el ser y lo que tenga que demostrarse es por lo explicito de la segunda parte del principio de identidad, el no-ser, es decir, cuando se habla de Dios los ateos tratan de recibir explicaciones de su existencia, cuando el principio de identidad hace patente y obvia la existencia pero pide comprobar la no-existencia en su formulación, entonces la no-existencia de Dios es algo que lo ateos deben primero de comprobar, según ellos, que los creyentes en su existencia.

Siguiendo con el análisis de la segunda parte del principio en comento, observamos una relación de negación en un orden determinado: “…el no-ser, no es” es preciso comentarlo por el orden dado porque, en primer lugar, se niega el sustantivo y sólo así es posible negar el verbo que precisamente lo hace ser. El sustantivo es, si niego “algo” obviamente que no hay un verbo que se vaya a aplicar a un sustantivo si precisamente no hay sustantivo, en este caso el verbo fundamentante de todo es el verbo “ser”. Por lo tanto, si niego el sustantivo, niego el verbo, específicamente el verbo ser, pero ¿qué pasa si sólo niego el verbo ser?, entonces también niego el sustantivo concreto, porque no tendría en sí misma la acción de ser, o sea, no existe. Lo anterior se aplica de forma indistinta tanto diciendo “…el no-ser, no es” como expresando no es, el no-ser”. Como quiera que sea que el único verbo que define la existencia del ente es el verbo “ser” la relación es recíproca si no hay verbo fundamentante no hay sustantivo fundamentado, si no encontramos éste, tampoco aquél. Todo esto concuerda con la primera parte del principio de identidad y que brevemente he analizado. Todas las demás modalidades del ser se pueden expresar con los demás verbos como, por ejemplo, saltar, correr, salir, etc., donde el principio de identidad es útil sólo en el orden original, en su segunda parte: “el no-ser, no es” porque como ya no estamos hablando del verbo fundamentante sino de un verbo que bien podríamos llamar “accidental” es preciso señalar que la negación del ser, es decir, el no-ser importa la negación de cualquier verbo accidental, puesto que si se niega el sustantivo se niega cualquier tipo de acción que realice y obviamente al verbo fundamentante pero, si se niega el verbo accidental no quiere decir que se esté negando el sustantivo, porque si no corre ese algo, entonces, permanece, está saltando, etc., pero se trata de un ser que es, o sea, me refiero al verbo fundamentante. Entonces, la frase que designa el principio de identidad, cuando se trate de negar verbos accidentales tiene que formularse así: “el ser, no es esto o aquello”, si, en cambio, negamos el sustantivo, puede simplemente formularse como: “no-ser” ya que automáticamente se negará lo demás, o bien, se puede utilizar una palabra que señala la ausencia que puede ser total: “nada”, aunque es más común recurrir a la negación directa y concreta.

Contrariamente a lo que se piensa de la Metafísica, y por lo que se acaba de ver, ésta no consiste en investigar seres extraños, sino al revés, investiga el fondo, lo intrínseco, en los mismos entes u objetos que nos rodean, pero esta revista se hace de forma muy especial. Cualquiera se puede percatar de la verdadera Metafísica que es estudiada en Aristóteles o Santo Tomás de Aquino y no la falsa forma de conciencia que se oculta con la apariencia que muestra la palabra aludida –más allá de la física- y que otros hábilmente explotan en los ingenuos, llamando así a un conjunto de ideas que rayan en la superchería implicada en la mezcolanza de lo que hoy día se llama New Age.

En otra ocasión hablé del principio de identidad pero aplicado al plano existencial ***vivencial del hombre a lo cual me remito para tomar en cuenta otra faceta distinta de su planteamiento.

Ya concluí someramente el principio de identidad, donde dejé entrever otro que se desprende de él y que comúnmente se la llama “principio de contradicción”, hay quienes suelen llamarlo “Principio de no-contradicción” porque precisamente es el objetivo de su formulación, no tanto porque sea posible contradecirse y mucho menos comprobar tal verdad, sino porque el principio choca con la designación corriente y general.

Este principio tiene dos formas mínimo de plantearse: “Es imposible que una misma cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto” o, de forma gramatical: “Es imposible afirmar y negar un mismo predicado de un sujeto al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto”.

De paso cito el principio de “tercero excluido” o de “tercero excluso” que prácticamente se formula igual pero se añade un dato más, para quedar como sigue: “Es imposible que una misma cosa pueda ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto sin que haya término medio”. Es decir, “aquí no hay medias tintas, como comúnmente se dice.

Regresando a la explicación del principio de no-contradicción. Como dejé entrever cuando hablé del de identidad, si concretamente digo “ ’a’ es” me estoy refiriendo a que el sustantivo “a” ejerce la acción de ser, por lo tanto digo, repitiendo, que “ ‘a’ es”, o sea, es una afirmación de la actuación que le corresponde a un ser, la actuación dada por la relación entre el verbo y el sujeto actualizado. No es posible afirmar al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto que ‘a’ es y que a la vez no-es. No es necesario demostrarlo porque precisamente no lo puedo demostrar, porque la verdad de este principio resalta en la obviedad; no se puede hacer una demostración discursiva que vaya más allá de la obviedad porque al mismo tiempo que la quiera demostrar, con solo querer ya lo estoy demostrando, como las líneas que escribo y que se refieren a afirmaciones, al mismo tiempo no pude haber escrito otra cosa que lo niegue tal cual.

El principio citado se puede dividir en dos partes, primero: “Es imposible que una misma cosa…” aquí se cumple cabalmente con el principio de identidad, porque gracias al reconocimiento del objeto por parte del ser-humano es que se le puede asignar la palabra “misma” y así estar en el conocimiento de que una cosa es la misma, es decir, es igual, dato que nuestras capacidades cognoscitivas no pueden negar porque forman parte del proceso del conocimiento y que permiten delimitar dentro del tiempo y del espacio, lo intra y extramental, los diversos objetos cognoscibles.

Otra parte de la frase “… pueda ser…” aquí se hace alusión a los conceptos que de acto y de potencia expone originalmente Aristóteles y la Filosofía perenne. Sólo por vía de ejemplo explico que la potencia es esa capacidad para actualizarse por sí o a través de otro, capacidad para hacer o capacidad para recibir la acción y por ende actualizar algo de lo que “se puede” actualizar, de acuerdo a la naturaleza del objeto en cuestión, capacidad también para ser o –disyunción- no ser. Aunque todo lo que es, existe absolutamente, de lo contrario no habría correspondencia entre existir in concreto y el acto –verbo- de ser, lo cual se extiende conforme al principio de identidad “… al mismo tiempo…” si no fuese esta precisión se tendría que aceptar la existencia de todo y la ausencia del tiempo dividido corrientemente en “presente, pasado o futuro” o, aristotélicamente hablando, “anterioridad y posteridad” pero las cosas no cambian al mismo tiempo, lo que permite hablar de la existencia de un objeto, de un ser, en un momento y de su inexistencia en otro instante, mas no la inexistencia y la existencia de un objeto en concreto al mismo tiempo, también salvamos otros datos dado por el filósofo como la presencia y al ausencia, la negación y la privación, etc., hecha la aclaración antecedente.

La parte del principio que expresa: “…el mismo aspecto” se refiere a la utilización de los términos con los cuales asignamos la existencia o no de cualidades en el ser que ejerce el acto de ser, aquí es donde entran las palabras unívocas, equívocas y análogas, problema evidente tratándose de la palabra “ser” pero que aquí se ha tratado de delimitar, por lo menos; por ejemplo, la palabra capital se puede referir a algo relacionado con lo económico o también se puede referir a lo que se designe como lo principal, lo relativo a una población, etc., remitiéndome a la definición que de tal palabra muestra la RAE –Real Academia de la Lengua.

Si en una conversación utilizamos palabras equívocas fácilmente caeremos en la falacia de considerar lo contrario al principio pluricitado como verosímil, no obstante, es sólo una apariencia que si nos contentamos con ella, es porque en realidad somos frívolos en la conversación, luego, al inicio de la conversación es mejor aclarar los significados.

El principio de no-contradicción constituye un refuerzo mental del principio de identidad. Los principios se aplican desde dos puntos de vista, el cognoscitivo y el metafísico.

Desde el punto de vista metafísico el principio por excelencia es el de identidad en su primera fórmula que incluye las palabras “ser” y “es”, este principio indica, ya por vía de razonamiento discursivo la existencia de entes intra y extra mentales, y también nos puede dar a entender la existencia de una realidad, exigencia plasmada en el concepto mencionado de la palabra “verdad” en plena consonancia con el principio en comento y como exigente a un sujeto aprehender las características esenciales de un objeto, no porque el sujeto cree el objeto en su mente o imaginación sino porque el objeto existe en la realidad independientemente de él como ente cognoscente. Donde el ser y la forma de ser con captados como conocimiento intuitivo en veces, discursivo y evidente en otras –sin excluir la Fe como otra forma de conocimiento-.

Los seres no pueden ser y dejar de ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto, independientemente del sujeto cognoscente, lo cual sería la interpretación de la formulación metafísica del principio tantas veces aludido, aunque de forma encadenada podemos entender el principio formulado de manera metafísica con los aspectos críticos o cognoscitivos –Teoría del Conocimiento- en la parte que dice “… el mismo aspecto” porque los aspectos o formas de entender algo, le van a sí mismo a un ente que tiene la capacidad de distinguirlos, a un sujeto que conoce, lo cual tampoco significa que el principio aludido no tenga validez si no hubieren seres con la capacidad cognoscitiva, es decir, humanos, -al menos aquí, en este mundo- tal principio de identidad es válido independientemente del género humano aún y cuando la formulación directa y derivada de dicho principio la haya hecho un ser humano y adolezca de la imperfección propia de este ser; es obvio que “el aspecto” de algo sólo puede ser juzgado por alguien y no por algo, ese alguien bien puede ser un ser humano pero no es indispensable que exista el ser humano en general porque el principio le obedece en su formulación pero en su contenido total, va más allá de él.

Si la palabra “tiempo”, que está implicada en el principio tantas veces citado, se refiere a la medida del movimiento, no se infiere que porque la medida de algo deba de ser impuesta por alguien, no significa que la validez del contenido de la afirmación del principio dependa del sujeto cognoscente. Es más, lo único que hizo un sujeto cognoscente concreto, hombre en general, es formular en pocas palabras “algo” que descubrió y que le pre-existía y que, además, le sobrevivirá.

Según, de lo que se desprende de lo anterior, el contenido del principio de identidad y, por ende, de contradicción se aplica metafísicamente, es decir, a los seres, independientemente del aspecto cognoscitivo que concentra el ser-humano. Así, el hombre puede equivocarse en el último aspecto señalado al afirmar la existencia de un ente y querer negarla, al afirmar de un ser tal o cual predicado o categoría y, de pronto, negarlo, lo cual no significa que, en realidad, el ser haya cambiado de forma de ser o haya dejado de ser, recordemos el verbo fundamentante. El error proviene del escaso tiempo, en veces, con el que se cuenta la información. En efecto, cuando en un intervalo extremadamente corto de tiempo –pero al fin y al cabo, tiempo- en el que se observan cambios en tales o cuales fenómenos se tiende a pensar que estos cambian a calidades contradictorias, en extremo como decir que existe y a la vez no existe, o en sus accidentes, afirmando que su manera de ser, de acuerdo con ciertas categorías o clasificaciones, tan pronto como son de una forma de ser, cambian o muestran a la vez una forma de ser contraria a las primeras categorías de clasificación. Lo que sucede es de orden metodológico y no de orden metafísico, es decir, el hecho de que tan pronto creamos que un ente es y no es de determinada forma no significa que sea verdad, es decir, que lo afirmado por nosotros corresponda a la realidad ya que el caso puede referirse a cuestiones de interpretación, de sentido, de método, de clasificación o categorización. En última instancia, cuando cuestionamos la forma de ser de un objeto alegando que tan pronto es de una forma como contradictoriamente lo es de otra, no estamos negando el ser, no estamos afirmando el no-ser, no hablamos de la nada, sino que nos referimos a algo que es, pero cuya manera de ser es discutible; así las cosas, no se plantea metafísica sino otra rama de conocimiento, porque no se niega el ser sino a la forma de ser, que es distinto; que si un objeto tan pronto aparece –fenómeno- como uno con sus respectivas características, como otro, con las suyas, estamos hablando del ser, de lo existente, no de la nada, del no-ser, por lo tanto el sujeto cognoscente debería de cuestionar las categorías o especificaciones con las que asigna a los objetos, en vez de cuestionar el principio de identidad y, consecuentemente, el principio de no-contradicción y el de “tercero excluido”.

Planteadas así la realidad y la existencia de seres que se distinguen como sujetos y objetos en una relación llamada conocimiento, llegamos a la característica que se llama “objetividad” por oposición a la subjetividad sostenida por algunos y que, bajo la forma extrema de “relativismo”, son capaces de negar la metafísica y, lejos de afirmar una realidad la dicen, incluso, inventar.

Pasando ahora a la interpretación del principio de tercero excluido, la fórmula concreta es: “Nada puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto, sin que quepa término medio”; por si quedaba alguna duda sobre la aplicación original o derivada del principio de identidad, el principio de tercero excluido viene a rematar contra dicha duda o incertidumbre recalcando que no se puede existir a medias, es decir, cualquier cosa desde los dos puntos de vista, ya sea metafísico o gnoseológico, o existe o no existe en sí mismo o con relación al ser humano –aspecto gnoseológico-, no es posible existir a medias, o sea, existir a medias y no existir a medias. La nada es la negación del ser, pero es una negación absoluta ya sea de un ser substancial o de uno accidental.

Este punto es totalmente distinto en su aspecto a lo que comúnmente se dice: “…no todas las cosas son negro o blanco, hay gris, distintos matices que pueden tomar los hechos”; frases como esta suelen decirse principalmente cuando se trata de análisis de tipo moral o ético, donde la validez de tal afirmación es discutible porque es probable adoptar un criterio que convenga a ella pero, volviendo, en cuestiones de carácter metafísico, es decir, real e independientemente de la apreciación humana resulta ser, incluso, una contradicción en sí misma pensar en la existencia o inexistencia de algún ente “a medias” y no se diga de lo que hace su actualización, es decir, del ser como verbo. Lo anterior se aplica también al hablar del aspecto gnoseológico como cuando un sujeto cognoscente afirma que tal o cual objeto existe “a medias” lo cual no implica la existencia o no del objeto sino más bien un problema de clasificación, categorización, análisis, deducción, etc. El problema se desarrolla no a partir de cuestiones ontológicas sino a partir de problemas críticos, los cuales se desenvuelven, si no son solucionados con las debidas bases, a otras ramas de la Filosofía como, por ejemplo, la Ética. Así, desde el punto de vista de esta rama, es posible admitir diversas posiciones ideológicas que, en sentido general, sostienen divergencias graves sobre la naturaleza de los antes llamados “valores”, su forma de conocimiento, etc., donde, a mi modo de ver, muchas de estas cuestiones y su falta de soporte metafísico provoca uno de los males filosóficos que yo más acuso, en coincidencia con otros por supuesto, que es el concerniente al relativismo, subjetivismo radical, etc., posiciones encontradas obviamente con el realismo y el objetivismo que tienen como punto de partida la afirmación de los principios no solamente mencionados como cuerpo principal de este ensayo sino de muchas de las consecuencias que desencadenan en el plano metafísico y que aquí sería óbice mencionar por la brevedad de este escrito.

Bien, voy a mencionar el último de los primeros principios, no porque tenga una relación tan directa con el de identidad sino porque corresponde también con el título de este escrito, me refiero al principio de “razón suficiente”.

El principio mencionado dice: “todo tiene una razón suficiente de su existencia”. Alguien podría haber dicho el principio así: “todo tiene una causa”. Precisaré las diferencias en la formulación.

En primer lugar, la palabra “razón” mencionada en el principio original, es de contenido más amplio que la palabra causa. Me explico, la palabra causa significa “todo aquello que produce o determina a un ser”, pero la palabra razón explicaría el sustento de “todo aquello que produce o determina a un ser”, es decir, se ubica en un plano anterior porque para saber la causa de las cosas muchas veces es necesario, primero, dar cuenta de los efectos y, en variadas situaciones, la explicación solamente conduce al conocimiento de las causas condicionado al conocimiento de los efectos; tal impedimento, si así lo vemos, no se presenta con la palabra “razón”, donde no se esperaría considerar las cosas como en su acto de producir o determinar a un ser, o como causa y como efecto, ya que algunas cosas se pueden “razonar” sin esperar que tal o cual ente se manifieste como productor o determinante, es decir, en su papel de causa.

Según lo anterior no es posible igualar las frases: “Todo tiene una razón de su existencia” a “todo tiene su causa”, por las razones ya apuntadas, además de que el principio original de razón suficiente alude a los entes existentes, lo que en cierto aspecto conduciría a pensar en que lleva la nota implícita de la causalidad pero, como hemos visto, va más allá de ésta pues podemos pensar en Aquél Ente que actúa y es existente, en cuanto a su razón, no tanto en las consecuencias de su actuación sino en la esencia de tal Ente, lo que después desencadenaría entonces, y sólo entonces, el pensar en la causalidad en cuanto a los efectos pero, después de analizar la causalidad como potencia y acto no en sí mismo –Creación- de un Ente que no haya sido causado y que, por lo tanto, no por no tener una causalidad que explique su existencia no por ello no va a haber una razón que lo explique en su esencia de Acto Puro.

Además, el principio de razón suficiente es la base para que en materias filosóficas y científicas, en general, no exista el pretexto de explicar las cosas suponiéndolas sino que tal principio es una franca invitación, si así se quiere ver, a pensar en las explicaciones de los hechos, circunstancias, fenómenos, etc., que nos rodean y no tomar la actitud conformista de quedarse “con los brazos cruzados” y en una pura tentativa de conocimiento.

De hecho, hay personas que, con tal de no buscar explicaciones y quedarse en una zona de confort que invita a seguir en la pasividad, justifican un hecho diciendo esta frase: “… no cabe duda de que, por algo pasan las cosas”, la frase invitaría a reflexionar en ese algo pero, lamentablemente, tal es una justificación para actuar contrariamente, es decir, se menciona la frase para precisamente dejar de pensar en las razones y en las causas de las cosas suponiendo que hay un orden fuera de nuestra existencia que las explica sin que nosotros tengamos derecho de acceso sobre tales puntos.

También es de lamentarse que solamente queramos explicar las cosas que nos suceden en nuestra cotidianeidad cuando nos son adversas y cuando estamos en estados de ánimo que fácilmente favorecen una explicación llena de prejuicios y de falacias soportadas por la parcialidad ante la situación. Me refiero a la frase que dice: “…solo Dios sabe por qué hace las cosas”, aunque tal frase es incontrovertible, o sea, aquél creyente que tiene conciencia de que su Creador actúa en este mundo no puede ni dudar que, en efecto, Él sabe por qué hace las cosas; pero la frase se utiliza cuando, en la vida cotidiana, nos sucede algo con cierto punto de desagrado y, automáticamente, buscamos una base de apoyo psicológico que nos sirva de sustento a la situación para, tal vez, encararla mejor –o evadirla- haciendo compatible lo desagradable de la misma con la explicación teológica de ella, o sea, como si nosotros nos quisiéramos librar de la carga de la explicación o porque, simple y sencillamente, no soportamos lo aleatorio de las situaciones, el azar en nuestras vidas porque pretendemos que las podemos controlar, aún y cuando no queramos explicarlas en su conjunto sino solamente en atribución, como efecto, al Creador.

Lo peor de todo es que se suponen las respuestas más crudas cuando las experiencias en la realidad son extremas y, entonces, se pregunta la persona directamente involucrada y con relación a su Creador ¿por qué a mí? Suponiendo que todo actúa y debió actuar en su contra, una especie de complot cósmico que no la dejó ser feliz y que termina en una pregunta que recrimina a Aquél a quien en un inicio debió de mostrar, antes que nada, agradecimiento.

La necesidad de preguntar y de encontrar una respuesta está plenamente justificada en el principio de razón suficiente cuya formulación original se debe al filósofo Guillermo Leibniz pero nuestra cultura, prejuicios, necesidad constante de control a medias de nuestras propias situaciones, de echarle la culpa a otros cuando los percances de la vida nos abruman, etc., hace que solamente nos preguntemos el porqué de las cosas cuando éstas nos son desfavorables. El cambio de mentalidad sugeriría, a mi modo de ver, que las cuestiones resultan ser respondidas con más imparcialidad motivada por la serenidad cuando nos las preguntamos en aquellos momentos que anímicamente se muestran ecuánimes y en los diversos casos sí desfavorables pero también, por justicia, aquellos que nos hagan sentir bien, idóneos en el soporte de este mundo.

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