Cuando el peligro es inminente, ante la masificación de la evasión a la muerte.

Cuando empezaron a darse las primeras notas periodísticas sobre la terrible enfermedad del ébola, el fenómeno se podría tomar como ajeno a las circunstancias de la mayoría de los países, a pesar de que por el simple hecho de hablar de la misma ya implicaba, hoy más que nunca, cierta seriedad en el trato.

En la situación en la que se encuentra el fenómeno en la actualidad es imposible ocultar la evidente preocupación de una buena parte de la sociedad, en general, y de los gobiernos en particular de diversas latitudes. Esta va a ser seguido con mucho cuidado por los diversos actores que tienen el potencial de proveer soluciones materiales para la atención de la problemática.

Lo que me preocupa es una cara, una faceta que está ahí, se puede evidenciar pero el plano netamente material de la muerte de un buen número de personas lógicamente impide su visualización. Me refiero al respaldo espiritual que nuestra sociedad occidental tiene, o proyecta, en la atención de esta enfermedad.

Dos aspectos que se bifurcan en forma de cuestiones: ¿cuál es el sostén psicológico o espiritual que tienen las personas ya infectadas en aquellas latitudes originales como para enfrentarse a este tipo de problemas? otra ¿cuál es el sostén que nuestra sociedad de Occidente puede brindarse a sí misma ante la inminente propagación seria y severa del ébola?

Por mi ubicación, no puedo saber con certeza cuál es la respuesta a la primer pregunta que me he planteado; lo que me queda es el conocimiento que obtengo de los medios masivos de comunicación, lamentablemente no conozco en directo a alguien que me pudiere contestar la interrogante planteada. Pero lo que sí puedo hacer es responder a la segunda de mis propias preguntas y puedo decir, con más o menos seguridad, que no tenemos, como cultura occidental, un sostén claro para enfrentar anímicamente o, dicho de otro modo, espiritualmente este tipo de problemas.

La ayuda material fluye pero ¿qué sucede con el soporte, con la ayuda de tipo espiritual entre nosotros, los que tenemos el inminente riesgo de contagio?

Me atrevo a contestar que el sostén por el que cuestiono es débil, porque nos hemos encargado, a través o con el pretexto de la democracia, de minusvalorar los aportes culturales de las instituciones que pueden brindar soporte moral. El gobierno se encarga de dar directrices con un acento meramente descriptivo, pragmático, de lo cual no se espera más dado que no tiene el compromiso de ser un “formador” social o un renovador moral dado su carácter economicista, calculador que asume al tomar decisiones políticas. De las demás instituciones que pueden ser intermediarias con el gobierno no esperamos más sostén que el que, de acuerdo a sus posibilidades cuantitativas, están dispuestas a dar, como especie de gesto gracioso y compensador.

El individualismo que de forma soberbia se rebela contra las instituciones que promueven los discursos prescriptivos ha logrado cuestionar tanto el fenómeno de autoridad y jerarquía que ahora, en medio de un posmodernimo que tira y arrastra a quien se deje y tensa a quien no, provoca el aislamiento, la individualidad dicha en toda su expresión, debilitando los discursos de personas morales perfectamente identificables pero, ante la expresión democrática retadora que pide “saber” a medias solo para juzgar y con el ánimo oculto de la sobreprotección netamente individual, la respuesta ante la problemática es en la esfera privada aislada, solo se expresa como despiste el compromiso y solidaridad de “dientes para fuera”, en veces con un simple “like”.

Este panorama que es someramente planteado no nos va a permitir, a muchos diría yo, que nos formulemos el tema de la muerte sin evasión ante la inminente llegada masiva de la enfermedad. Algunas personas sí están preparadas para recibir anímicamente la misma, independientemente de las condiciones materiales y económicas, pueden estar preparadas para morir pero, ¡ojo! cuántos, muy pocos.

Nuestra sociedad se ha encargado de menospreciar la idea de la muerte a través de la evasión vital placentera, no es ni siquiera el antiguo hedonismo griego el que se impone, sino uno de tipo parcial y retrógrado que aisla al individuo como sujeto del placer y evasor de sí mismo en su muerte. Es más, la frase heideggeriana de ser-para-la-muerte del ser-ahí le va lejos y, tal vez, ni siquiera le llegue.

La religión es la que originalmente en Occidente, y de forma independiente de las consideraciones filosóficas, es la que puede dar cabida ante la resignación de lo inevitable en el plano material, aunque en el espiritual siempre cabe la fe y la esperanza; pero, dado el panorama actual de desgaste de la institución religiosa como consigna posmoderna, aunque suene contradictorio porque dicha instrucción no es cuestionada sino admitida en pos de la autenticidad y plena “libertad”, el papel de la religión es bastante limitado en nuestras democracias, que se precian de ser laicas o respetuosas de las diversas confesiones. Por otra parte, a los creyentes “de hueso colorado” les es dable afrontarse cara a cara con la muerte, venga de donde venga, porque la religión les da para estar preparados, pero su justificación interior en nuestra sociedad es débil en su posible masificación debido al insistente cuestionamiento del incrédulo que busca, a como dé lugar, ser dizque auténtico al negar las jerarquías, actuando con una mentalidad francamente adolescente ante problemas vitales o, por mejor decir, mortales que invitan no solo a la acción, al acto, sino a la contemplación y proyección del futuro; por ello, no es extraño que en nuestra cultura se tengan que hacer descuentos especiales en el “mes del testamento” porque la respuesta a la muerte en el sentido de evasión se hace presente ante el primer motivo, sobre todo si éste está cargado de un cierto tono festivo que implica dicha evasión. Por otro lado, los cuestionamientos de los que se dicen ser libre-pensadores buscan respuestas previamente condicionadas y narcisistas detrás de la fachada aparente y exigente de la ciencia que pretende buscar explicaciones por la vía inductivo-deductiva y no logra comprender a quien de forma personal está preparado ante lo mortal porque la masificación está limitada por dicha búsqueda ¿qué va a generalizar quien pide muestras de lo individual? recordando la afirmación parafraseada de Aristóteles: “solo se hace ciencia de lo universal” así que, la ciencia o, por mejor decir, algunos libre-pensadores solo le hacen el juego, aparentemente inteligente, al sistema capitalista-hedonista, solo con explicaciones aparentemente cargadas de razonamientos y con ínfulas de superioridad moral, que comprenden la contradicción antes de buscar la forma en la que el creyente busca la solución, queriéndole hacer tropezar y contestando como si la ciencia fuera prescriptiva cuando ellos mismos relativizan la moral y ética al limitar los juicios a lo comprobable.

Por lo que se puede apreciar la experiencia individual solo es tomada en cuenta cuando procura placer y el mismo es posible de masificar sobre todo porque el interesado es el receptor del mensaje, pero cuando la experiencia individual no es placentera sino que cuestiona el placer y la estancia o inercia del presente proyectándose en el tiempo es vista con sospecha porque no promete nada hedónico, solo razonar y cuestionar el presente, dando a entender que solo la ciencia, para quienes se creen inteligentes, es la única capaz de cuestionar y de mantener a raya la necesidad de control que tienen los seres humanos, divinizándose a sí misma como si estuvieramos en cierta forma en la época de la mal llamada Ilustración y no hubieramos sufrido el desgaste de las dos Guerras, una visión ingenua positivista o, mejor dicho, neopositivista, y esto lo digo para los que pretenden seriedad explicativa porque el New Age es, de plano, para aquellos que les da pereza mental acogiéndose a una especie sincrética que perdona la vida o, por mejor decir, la muerte en vida de forma por demás barata y superficial en su intento de explicación.

¿Cuál es el panorama ante la inminente llegada de la enfermedad?

El caos, como último recurso previo a las teorías del complot que ya empezaron a surgir. Me llama la atención que las teorías del complot responden a una respuesta, primero individual de quien la formula y que espera transmitir esa seguridad de haber encontrado “el hilo negro” y explicativo de “x” fenómeno, dándole un sentido al mismo bajo un rango de superioridad que le da la explicación que lo legitima como posible líder; en segundo lugar, las teorías del complot llenan el hueco de posible explicación ante el peligro inminente; una respuesta masiva que no tolera el azar y que busca culpables a como dé lugar en una especie de gesto de sobreprotección de sí haciéndose la víctima de las circunstancias manipuladas por “alguien poderoso” a quien, a costa de sacrificar la propia libertad que se amplía en el sentido del sufrimiento, se le echa la culpa de la propia suerte, ocultando la impotencia que no se puede encarar y dándole autoridad de comprensión de la problemática al nuevo líder que está detrás de la interpretación de la realidad manipulada y, por fin, descubierta, una apariencia de verdad que, en realidad no desvela el temor ante la muerte, más bien, si se presentare la muerte es por un motivo “inmoral” de un “alguien” que manipuló la realidad y donde el yo del ingenuo no se hace responsable de su posible porvenir, aún y en medio del sufrir.

En México, cuando aconteció lo del virus de la influenza AH1N1 varias personas me decían que se trataba de una manipulación del gobierno mexicano, que esa enfermedad no existía, que no había pruebas suficientes y que los medios de comunicación estaban siendo manipulados. Esto corresponde a lo que escribí arriba, el temor a la muerte no se enfrenta, antes hay que buscar culpables para no enfrentar la carga de la responsabilidad de la propia muerte. ¡Vaya!, y eso que somos un pueblo que jugamos con la idea de la muerte haciendo nuestras calaveritas estilo Posadas, lo que me hace recordar, de nuevo, a Octavio Paz.

Ante las declaraciones de los incrédulos yo les preguntaba: ¿y si es real la mentada Influenza? el necio no se detenía en su propio dictámen previo, con una seguridad aplastante; en cambio, el dudoso, por lo menos, se planteaba a sí mismo una especie de relación costo-beneficio ante la posible pandemia. Aunque los discursos victimizadores no se hacen esperar.

No estoy cuestionando la intervención gubernamental material sino la respuesta anímica, psicológica o espiritual ante el peligro inminente de perder la salud y la vida que puede representar una pandemia a nivel social comunitario. Aunque, siendo realista, la intervención del elemento estatal sí puede modificar una respuesta psicológica pero, francamente, veo que los alcances son limitados, probablemente estoy siendo muy drástico pero espero equivocarme.