La falta de asimilación de la equidad, causa de nuevas formas de manipulación

Hace años el rol de los hombres, en su gran mayoría, tenía dos facetas complementarias y vistas como un todo; por una parte, ser proveedores principales en la familia y, por la otra, el sentido de protección material y moral que iba relacionado casi de forma inextricable.

De esta manera, al hombre le correspondía un título popular cargado no solo de responsabilidad sino, hasta cierto punto, de estatus: “cabeza de familia”.

Al pasar los años, al darse el reconocimiento de las mujeres en la participación de los asuntos tanto concernientes a la Política como de actividades de carácter profesional-privado, promocionándose los derechos laborales y civiles que sirven de base jurídica para el cambio de actitud de forma conjunta en la sociedad, el mencionado rol que ejercían los hombres de manera preponderante se empieza a debilitar como una visión del todo, empezándose a fraccionar simbólica y realmente.

La visión que se tenía del hombre contenía las dos notas que indiqué al inicio, sin perjuicio de que se le pueden adjudicar otras. El fraccionamiento al que aludo es que el sentido moral de ser proveedor disminuye como un símbolo por efecto de la identificación de roles entre el hombre y la mujer; roles que pueden, de acuerdo a su naturaleza de complementariedad, ser asumidos por ambos, aunque una parte del feminismo y de la Filosofía de género resalta la negación de la complementariedad al imponer una especie de agenda de igualdad franca que anula el sentido metafísico-ontológico y antropológico del ser humano, haciendo caso omiso a las diferencias que da cuenta una análisis filosófico de la realidad humana.

La fracción del hombre como un elemento proveedor de la familia deja de ser básico para la sobrevivencia de ésta, por eso lo distingo como elemento real, porque la oferta y demanda de oportunidades de empleo se empieza a disparar al concedérseles equidad a las mujeres, como un proceso de reconocimiento valorativo gradual. Tal fracción en la imagen del hombre, como un rol masculino, se empieza a distinguir de lo que antes conformaba una sola imagen. La protección que brindaba el hombre vinculado con la imagen de proveedor era una idea inherente que aparentemente se va debilitando porque, en realidad, el poder simbólico de la protección que da el proveedor no logra ser sustituido por completo.

Las personas aceptan que el modelo o tipo ideal del proveedor como el “hombre de la casa”, la “cabeza de familia” se ha desgastado, pero no se percatan de que el rol integral no ha quedado completamente disuelto en la faceta del “protector” al menos en la parte inconsciente de actuación cotidiana.

Las mujeres están pasando, todavía al día de hoy, por una serie de fases de transición por el cambio de mentalidad en la asignación de roles o funciones de proveeduría que anteriormente le correspondían al hombre. Una etapa de influencia netamente familiar y escolar que, cuando es conjunta y coherente, hace consciente a la mujer de su capacidad de ser proveedora de sí. Otra etapa de contradicción se presenta cuando la familia nuclear inculca valores diversos a los promovidos por el ámbito educativo, donde se hace evidente que los roles le “pesan” porque son una mezcla entre lo anterior y lo nuevo, entre la idealización de la pareja, la boda, la luna de miel y el perfil profesional esperado, y qué decir de quienes piensan ejercer el rol de madres, el sistema político-económico de varios países pone en una situación dilemática falsa a las mujeres, pero comúnmente aceptada: “o quieres ser mamá o quieres ejercer tu profesión”, aparentemente el sistema pone las soluciones al dilema que provoca, decidiéndose ellas por posponer el primer rol.

En la primer etapa de coherencia entre el grupo familiar y el educativo, la señalo con influencia mayor de la escuela sobre el grupo primario, de tal forma que la familia pudo ser “tradicional” en el enfoque de los roles pero, aun así, no se inmuta ante la presión social del sector educativo que impone una visión al rol de la mujer como profesionista.

El problema es pensar que si los roles tanto de los hombres y las mujeres ahora son y pueden ser compartidos, concretamente el de ser proveedor, entonces el sentirse protegido va a ser inherente a la función de la proveeduría. Al observar una parte de la realidad, me he percatado de una disociación entre los dos elementos que no resulta ser tan evidente o, por mejor decir, consciente.

Este fenómeno está acompañado de una cierta clase de vulnerabilidad para las mujeres que no han procesado la pérdida de la imagen paterna como protectora, aunque a pregunta expresa puedan decir que han superado la faceta de la proveeduría relacionada con el rol del padre o, en algunas otras familias, con el hermano. Tal expectativa vinculada con la protección familiar, que puede ser considerada como normal de derecho, se traspasa a la imagen del amigo o del novio, como expectativa que originalmente se encontraba en la familia nuclear.

La vulnerabilidad no se expresa en aquellos círculos o ambientes en los que tanto a los hombres como a las mujeres se les presiona para que den una imagen de “independencia”; término que alude a una característica psicológica reduccionista si consideramos única o preponderantemente la función económica que identifica a un adulto. La presión por ser adulto demostrándolo es mayor que en años anteriores aunque sea calificada esta etapa, irónicamente, como más retardada en su aparición, llegando a etiquetar de “adolescentes” a quienes están en el umbral de la tercera década de vida.

La ausencia de identificación entre la proveeduría de sí con la protección personal tanto física como moral, tratándose de las mujeres, se traduce en un hueco en la autopercepción que produce vulnerabilidad porque dicho hueco puede ser llenado por alguien que represente el ideal de protección, aun y cuando, repito, se trate de mujeres que no dependan económicamente de nadie más que de sí mismas.

La faceta moral-afectiva de protección puede ser más fuerte que la satisfacción de saberse autosuficiente económicamente, si no se hace consciente la necesidad afectiva de protección.

Si la sociedad en general, sobre todo a nivel educativo y empresarial, no pone en evidencia la falta de adecuación de las dos facetas y suponga, como la han venido haciendo al día de hoy, que la adquisición de proveeduría lleva consigo el sentirse protegida, está promoviendo expectativas irreales de autorrealización, las cuales buscan ser recompensadas con mayor trabajo laboral, queriendo, como se dice popularmente, “tapar el sol con un dedo”; problemática sencilla y afrontable que beneficia a un sector que promueve el consumismo como aspecto hedonista y supletorio que, en general, se puede considerar una “fun morality”, si atendiéramos a excepciones únicamente, pero no se trata de comportamientos fuera de lo común, sino al revés, por ello la búsqueda implacable por ser feliz termina acaparando directa o indirectamente la consciencia de sí como un punto de obsesión identificada con una serie de valores que indican un estado de actividad constante, una justificación de búsqueda como inercia, amparada en frases que se utilizaron en contextos de producción y que ahora se introducen en la vida personal, valores netamente empresariales que cambian de contexto y parecen adaptarse con el pretexto de la globalización económica. No es casual que la insatisfacción aumente al registrarse un mayor número de mujeres que se proveen a sí mismas en un ejercicio de un rol nuevo.

El hueco que provoca la ausencia del sentido de protección en las mujeres que ingenuamente identifican con la función de proveeduría de sí, pone al descubierto varias cosas preocupantes: 1. La falta de asimilación de la equidad entre los hombres y las mujeres, donde sistemáticamente los comportamientos guiados por estereotipos no logra llegar a descubrir el alcance de las potencialidades de ambos; 2. Los estereotipos cargados de costumbres anteriores a la aplicación del concepto de equidad provocan todavía al día de hoy una idealización de los hombres (y de éstos de ellas) 3. El hueco se traduce en la ausencia de poder por quien tiene que cargar con la imagen de sí y del otro sin haber sido cuestionada como parte integrante del auto-concepto. Es este nivel en el que el estereotipo se hace presente con toda su fuerza, sometiendo a la mujeres a través de la manipulación, bajo la creencia de que se trata de la propia decisión, a tratos que bien pueden ser considerados por cualquiera que utilice el sentido común de indignos o, de otra manera, impersonales o alienantes en sentido ético, lo cual sería sencillo de calificar si no fuera porque aquellos que tienen el control publicitario presentan con grandes artificios imágenes sofísticas de la realidad indigna aparentemente justificada por la combinación entre lo nuevo con lo viejo, lo horrible con el suspenso, lo feo con lo artístico, lo degradante con lo romántico, poniendo como vehículo imágenes de hombres y mujeres con historias o marcas que parecen justificar el falso discurso. Son estas combinaciones las que hacen dudar de la legitimidad de lo aprendido previamente a nivel moral en la familia y lo inculcado en la escuela como proceso de democratización y reconocimiento de los derechos más elementales que complementan el concepto de persona y de su dignidad; pero tales dudas afectan a mujeres y hombres que están en búsqueda de sentido de pertenencia, rol o papel social, es decir, en la formación de su personalidad o identidad.

El sistema capitalista actual sin duda ha avanzado en el proceso de la democratización de la consciencia, aunque pueda ser calificado por sus detractores como simplón o liberal. El reto es incrementar la consciencia del consumo como un motivo para producir mejores contenidos por un lado y, por el otro, ahorrar en gastos relacionados con la falta de productividad que puede estar vinculada con los problemas de exceso en las expectativas mutuas entre los hombres y  las mujeres. Es verdad que la venta de “x” producto se dispara con la imposición de mitos o estereotipos pareciéndole indiferente al sistema; no obstante, las reacciones negativas de aversión, duda o miedo hacen pensar que hay problemas en la producción de contenidos como no aceptados por ciertos sectores tras un escándalo, mismo que puede ser un enemigo serio de la producción.

No considero que sea válida la fórmula “si no lo has visto, no lo critiques” es como una invitación a caer en el error que otros han cometido. La consciencia de consumo va más allá del mismo en cuanto al ahorro, la productividad y demás elementos económicos. El consumo tiene que ver con el proceso de formación del auto-concepto, de la personalidad, de la propia ideología; sería muy ingenuo pensar que solo radica en el ahorro.

Si ya hemos descubierto el lado débil de nuestro sistema actual que se traduce en el manejo de la información, ahora nos falta la parte operativa de la información, la consciencia de su consumo y selección. No falta quien me responda diciendo que no escribo nada nuevo, pues contestaré por anticipado: el plano en el que actualmente se maneja la información es meramente intelectual y objetivante; no se está tratando la información que tiene que ver con el aspecto afectivo-emocional, como causa para llegar al reconocimiento de la auto-protección que ya he mencionado. La información objetivante nos ha ayudado, si se puede decir así aunque no lo creo, a desarrollar funciones y roles de acuerdo al concepto de equidad y su correspondiente marco legal-democrático, pero tal acumulación de información no pasa de ser un conjunto de datos que se tratan, en muchos casos, de forma automatizada en su recepción y en su uso; en cambio, la información de carácter afectivo-emocional, como actualmente se está descubriendo, puede dar la pauta para el reconocimiento y búsqueda de la auto-protección emocional y moral de sí por el cuestionamiento de la información objetivante pero en colocación de perspectiva de un sujeto que quiere, no solo que piensa o procesa.